Nunca nos ha gustado la geografía. No nos importa. El placer y la diversión no tienen límites ni fronteras, y quizá por eso cuando decidimos emprender una expedición a Marruecos —la puerta de África— pensamos que lo único que importaría sería la diversión del mismo viaje. ¿Por qué Marruecos? Primero: porque es blanca, muy blanca, demasiado blanca. Segundo: porque es indefectible no acordarse de la escena inmortal de Casablanca en donde el amor es un adiós sin regreso que nos duele. Y tercero: porque, estando en España, es una completa idiotez no dirigirse a la puerta del continente africano donde hay playas, y arquitectura que nos recuerda un pasado glorioso, y callejuelas donde todo puede ocurrir, así nunca lo queramos.

La bitácora del viaje —como todas las que hacen parte de un viajero— fue improvisada: de Madrid, en tren, por toda Andalucía, y de Andalucía, en ferry, por el Canal del Suez, hasta llegar a Tánger. De ahí en adelante… ¡bienvenida la vida!

A 33 kilómetros al sur de la seudo cosmopolita ciudad de Tánger, se encuentra Asilah, el paraíso africano que pocos extranjeros se atreven a vivir. Después de las publicitadas Rabat, Fez y Marrakesh, esta ciudad histórica guarda entre sus murallas el más grande espíritu árabe de toda África septentrional. Así, llegamos a esta especie de cielo blanco construido sobre la tierra, y sentimos la brisa de sus playas inmaculadas, y caminamos sus calles llenas de un glorioso pasado y observamos, a la distancia, el mínimo límite que separa el continente africano del europeo. Ambos tan diferentemente parecidos. Ambos tan diferentemente iguales.

Y es que Asilah, contrario a lo que se piensa, mantiene entre el vigor de sus murallas la nobleza y la calidez necesarias para cualquier turista. Sus platos típicos, hechos con base en mariscos de suculenta recordación, bastan para animarse a cualquier aventura. Sus calles llenas de formas y sugerencias mediterráneas, permiten que cada extravío conduzca a una sorpresa llena de vida: las mujeres que ocultan su rostro detrás de la prohibición, los hombres que, enfundados en sus túnicas, se presentan atentos ante la invasión de la vida occidental, los mercados donde los alimentos brillan, y sugieren, y le hablan a los ojos de un comprador cualquiera.

Pero, ¿ por qué emprendimos este viaje? Fácil. Porque a veces los pies andan caminos que ni siquiera habíamos contemplado. Porque los pies caminan y trazan su propio ‘camino’. Porque ya basta de Islas Griegas, o tardes en el Mediterráneo europeo. Porque, a veces, en una Medina como Asilah, se vive la vida con una mujer a quien amamos y es entonces cuando el tiempo se detiene porque tanta maravilla no podría caber en ese círculo tedioso que al final puede llegar ser todo reloj. Porque, a fin de cuentas, si no es Asilah, ¿qué recuerdos de haber vivido la vida nos quedarían? Quizá, ninguno.

ABRIENDO PUERTAS

Los 446.550 kilómetros de Marruecos son algo alucinante. Siendo apenas un poco más grande que el estado de California, sus paisajes van del desierto a las sierras nevadas. El rabe, los distintos dialectos de Beréber y el comercial y diplomáticamente empleado francés que hablan sus 30 millones de habitantes se asimilan al sonido del Atlántico estrellándose contra su costa africana. A pesar de tener preponderancia musulmana —y una proporción de casi dos hombres por cada mujer— los paisajes y la gastronomía de esta monarquía constitucional son un sueño para cualquier turista que, partiendo desde Barcelona, cuente con los 9.300 Dirhams($1’700.000) que cuesta una excursión de 12 días desde Algeciras hasta Hassie–Labied. Y todo, claro está, pasando por la paradisiaca Asilah., ¿por qué asilah? porque ya basta de grecia o del muy común mediterráneo europeo,

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