Colado en la playa nudista colombiana

Colado en la playa nudista colombiana

En Colombia hay playas donde se plantea una sola condición: estar desnudos. Pascual Gaviria no se aguantó las ganas y fue para ver quiénes son los ilustres turistas que dicen ser seguidores del nudismo.


Camino al Tayrona el taxista me regala la primera mirada maliciosa, un guiño cómplice y risueño por el retrovisor. La palabra nudista le ha despertado una alegría repentina, una memoria, una chispa de imaginación. Como turista desconfiado le pregunto por la verdad de tanta belleza y el hombre me responde con una gracia de cajón: "Hasta donde yo sé, ahí lo único que se puede usá e gafa".

Las preguntas repetidas por la verdad de la playa nudista muy pronto me entregan un aire pervertido. Mientras los visitantes de Arrecifes consultan las guías de fauna y flora, mientras se inclinan sobre las hormigas y se desnucan en busca del águila blanca, el reportero verde, que no ecológico, interroga por la especie de sus desvelos. Las recepcionistas me miran con recelo, entre divertidas y desconfiadas, y supongo que mi perfil está cada vez más cercano al de la famosa caricatura de Sigmund Freud, con el pubis oscuro de una maja desnuda haciendo de ojo, una de sus piernas sirviendo de nariz y el torso dibujando la frente amplia. Reincido. Le pregunto a un guardaparques por el prometido jardín de las delicias y obtengo una descripción de la playa: "Sí, es muy bacana, es una playa amplia, agolfada". ¿Agolfada? Tal vez sea el colmo de la obscenidad pero la palabreja me ha hecho pensar en la cuestión de género: golfos y golfas. Insisto en los pormenores y el hombre me despide con unas palmaditas en el pecho, comprensivo, como si estuviera calmando a un niño excitado frente a las aventuras por venir.

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Desde Arrecifes tendré que caminar algo más de una hora para llegar hasta la llamada playa nudista. Durante la travesía obtendré el último informe evaluativo, la más desprevenida de las reseñas. Mi acompañante se encuentra con dos amigas que regresan de las regiones prometedoras acompañadas de una niña de nombre Anastasia. Ante las preguntas, la zarina de siete años arrebata la palabra y comenta sus hallazgos como si hablara de monos aulladores: "Sí, vimos un señor empelota y parece que al final de la playa había más".

El Cabo San Juan y su camping numeroso es la antesala de las "playas nudistas", hasta allí todavía llegan los burros arrastrando cubos de hielo y cajas de cerveza, se ofrece minuto de celular a mil pesos y le ponen un pargo frito en bandeja. Hablo de "playas nudistas" en plural y les pongo un cerco de comillas para seguir la definición que entrega la página oficial de Parques Nacionales. "Playas arenosas extensas, el mar en este sector es más o menos movido y por su lejanía con el sector de Arrecifes se han convertido en las denominadas 'playas nudistas' Boca del Saco 1 y 2".

Un telón de rocas altas separa la primera Boca del Saco de las playas del Cabo San Juan. En el filo de los peñascos aparece un hombre de aires primitivos empuñando un palo, ha perdido el taparrabos y parece dedicado a vigilar los dominios nudistas desde su atalaya. Sin duda, es un Homo sapiens, un señor empelota, como diría Anastasia. ¿Implacable guardián del nudismo?

Ya en la pequeña ensenada que sirve de escenario a la Boca del Saco 1, una playa corta y estrecha que se recorre en cinco minutos, se desmiente la misión del centinela en cueros y se justifican las comillas de la página oficial de Parques Nacionales. Es cierto que la playa se aleja del bochinche de las acampadas y la llama perenne de sus hornillos, y que nadie ofrece arepas de huevo debajo de los Uvitos como sucede durante toda la ruta que lleva hasta sus quietudes, incluso se puede decir que su mar espumoso revuelca y empelota por parejo. Pero de nudismo más bien pocón. Casi todos sus huéspedes se apegan a la cultura "textil", para usar la palabra con la que los nudistas europeos desdeñan a sus pares en tanga y pantaloneta.

A mitad de playa aparecen tres samarias boca abajo, dedicadas al turismo solar, intentando que desaparezca el hilo blanco que atraviesa su espalda. Un topless digno del Rodadero. Y, sin embargo, miran de reojo a los caminantes, desaprobando su curiosidad sobre unos cuantos omoplatos. La susceptibilidad es una característica de las playas nudistas, sobre todo de las que lo son entre comillas. Toda mirada será una especie de perversión, una muestra de morbo pueblerino y una falta de lesa naturalidad. Pero un aforismo indiscutible habrá de desmentir a los desenvueltos cosmopolitas: "El ojo es necio".

Ya al final de la primera Boca del Saco, luego de ver lectores bien trajeados, parejas durmiendo en pijama de baño bajo la sombra y bachilleres desarrapados —pero vestidos— luchando contra las olas, la aparición de unas carnes al aire extendiendo una toalla al aire alerta mis sentidos, despierta mi obligada perversión de reportero. La mujer que se adivina desde unos cien metros es todavía una expectativa: un color y unas posturas que hacen prever algunos pliegues. A medida que me voy acercando se revela una mujer sentada en posición de loto: desnuda y pacifica, con los ojos cerrados y las piernas abiertas, repitiendo un mantra entre labios; la fronda agreste como telón y las tetas mansas, acostumbradas al sol, como otro par de ojos cerrados. Ahora su toalla parece una alfombra mágica. Semejantes vestiduras la han convertido en una discípula de los ascetas desnudos de la india, una jainista convencida a la que solo se podrá mirar con los ojos vegetarianos del buen Buda. Nudista en sus años de penitente desgarbado, según dice la leyenda.

El clic de la cámara no ha logrado sacarla de su nirvana. Pero el compañero más terrenal y más vestido que la vigila desde prudente distancia advierte la indiscreción del fotógrafo y nos regala la verga firme de su dedo corazón acompañada de una mueca de desprecio. La santa de la alfombra verde no se ha dado por enterada, su reino no es de este mundo.

El desnudo místico ha superado con creces al desnudo primitivo sobre los peñascos. La visita a la primera Boca del Saco ha mostrado desnudos en cada extremo, una plebe textil y adormilada en la mitad y un par mirones de oficio caminando de punta a punta.

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En el barrido por segunda Boca del Saco, una playa larga con escondites suficientes para el nudismo furtivo, los desnudos brillan aquí y allá, esporádicos e inadvertidos, con el resplandor rojo de los cangrejos que se atreven a exhibir sus tenazas. La playa acoge sin problemas a libertarios y recatados. Una familia modelo, con perro en camiseta, suegra con pava y espaguetis en bolsa preparados por el tío dueño de la carpa, se dedica a recordar las varadas del camino y a repartir advertencias mutuas sobre los riesgos de las olas y las bondades del bronceador. Es seguro que no saben que están en una supuesta playa nudista. Una caminada por fuera de los dominios cercanos a su trinchera de sombra implicaría un escándalo de bendiciones. El más joven de la tribu sale del mar y se cambia su pantaloneta mojada utilizando el parapeto de una toalla hasta los tobillos. Entre la familia púdica y algunos exhibicionistas púbicos no hay cien metros de distancia. La sagrada indiferencia y el pequeño coto de caza que satisface a cada grupo de bañistas, logra una armoniosa convivencia entre el retrato de familia y el desnudo con paisaje.

Muy pronto los hombres comienzan a hacer valer sus mayorías entre los audaces. Representados por dúos disparejos donde uno se atreve y el otro se abstiene. La escena se repite cada tanto. Un hombre algo inquieto, de cara al mundo, con su traje de bañista corriente, mira a izquierda y derecha mientras intenta demostrar una naturalidad sobrenatural. A su lado, el acompañante, acaso dormido, acaso escondido, toma el sol boca abajo, mientas usa la pantaloneta como almohada de ocasión. No sé si se trate de un juego en el que el vigilante y el desnudo se turnan sus roles o de un simple asunto de osados y tímidos, un alardeo entre parejas, una apuesta pactada en el camino. Normalmente la pareja textil-nudista disfrutaba de un círculo de playa libre un poco más amplio que los bañistas vestidos. En el Tayrona, la curiosidad primaria frente al desnudo es compensada rápidamente con un recelo de vergüenza, una distancia entre prudente y repulsiva. Así que para ganar territorio, impedir las visitas en busca de un cigarrillo o evitar las conversaciones del vecino sobre el estado de las carreteras, usted puede servirse del nudismo utilitario.

En la mitad del recorrido de la segunda Boca del Saco, cuando parecía que el nudismo de la playa más lejana iba a ser asunto de hombres, apareció una mujer luciendo un par de triángulos pálidos encerrando sus pezones. Tranquila, mirando el mundo con sus cuatro ojos atentos, acompañada de un lector vestido y despreocupado, sin rastros de celos vigilantes. Cuando llegó el grito del único paletero de la playa la mujer lo llamó con sus gracias y esculcó su cajón sin aspaviento alguno. El paletero, curtido según parece, la atendió tan serio como un médico y reanudó su marcha. Le pregunté por el trabajo en esa playa de sorpresas y me mostró sus caries con orgullo al tiempo que soltaba su escueta elocuencia: "Elegante". Luego de que le comprara una paleta me susurró una última recomendación: "Quédese que desde mañana comienza a llegar el material de guerra". No sé si hablaba de tanques o de infantes.

Tal vez ese par de monos hayan sido la pareja más desprevenida con algún viso nudista. Por algo en varios países de Latinoamérica para decir que alguien anda en pelota se dice que "anda a lo gringo". Y fueron los monos, venidos del norte o de Europa, los que convirtieron esas playas olvidadas en un pequeño mito nudista. Un cómic famoso de los años setenta en Estados Unidos trajo por estas breñas a dos hermanos marihuanos en busca de la María colombiana, es posible que The Freak Brothers hayan sido los pioneros del destape en el Tayrona.

Pero los naturales aprenden pronto. Al final de la playa una pareja del interior, blancas ovejas esquilmadas, exhibe sus aires desenvueltos. El hombre está leyendo una biografía de Fidel Castro sin atadura alguna, con su pera soberana al aire y su ceño fruncido frente a las hazañas del barbón. Mientras su mujer duerme el sueño de los justos, segura de que no distraerá a su compañero. Así son todas las escenas nudistas que se pueden encontrar en las Bocas del Saco: estacionarias, adormiladas. De cubito supino, las unas, y de cubito prono, las otras. Parece que nadie osa dar un paso en esas fachas, si acaso una caminata fruncida para buscar el mar como escondite. Y es que el nudista sentado o acostado siempre podrá defenderse con un simple cruzar de piernas.

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Al final de la playa, en el recoveco más vergonzante, una pareja de hombres analiza las posibilidades de un desnudo entre las ramas: revolotean, miran a lado y lado, escarban la tierra como un par de pajarracos. Luego de un ritual de bronceadores, toman valor y salen corriendo rumbo al mar. Desde la playa, un lector de la revista Semana, ocultando sus vergüenzas entre los mangles, mira el juego de los improvisados pelícanos entre página y página. Una escena digna de naturalistas.

Cuando las nubes y la brisa del final de la tarde habían impuesto la manga larga para friolentos e insolados, cuando ya los bañistas huían de la última playa para buscar una cerveza y gozar del famoso clásico futbolero entre los cocineros del Cabo San Juan, apareció un nudista desafiante parqueado entre dos palmas. Un flaco de solemnidad que jugaba al exhibicionista en la mitad de una playa con ínfulas libertarias. Nunca creí posible semejante contradicción, pero ahí estaba muy mondo y lirondo. Mirando a los caminantes con ojo insolente e invitándolos con un gesto orgulloso a contemplar su colección de costillas y su única carnosidad visible desde las orejas hasta los tobillos. Tenía un gran barillo entre los dedos y es seguro que ni los mismísimos Freak Brothers se habrían atrevido a pedirle un pitazo.

Es cierto que todavía muchos de nuestros nudistas lucen rígidos y recelosos, como si estuvieran en trance de superar un test psicológico. Y que la mayoría de bañistas de la playa nudista entre comillas van vestidos y se dedican a jugar frisbee, chupar paleta, recoger conchas y buscar a sus acompañantes con el ojo de una camarita. Pero, sin duda, los prefiero a los naturistas profesionales de otras latitudes, nudistas con discurso comprometido y carné de socios como traje de baño. Especie de rotarios en pelota. Un poco de pacatería aldeana nos permitirá siempre una mirada atenta y suspicaz. Y les regalará a las Bocas del Saco el gusto de una sonrisa malsana.

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