Hay algo por qué darles las gracias a los cálculos biliares. Ese algo se llama ginebra. Para combatir estas dichosas formaciones que como piedras en los zapatos se crean en los rincones del organismo produciendo dolores espantosos, Franciscus Sylvius, un químico y alquimista holandés de mediados del siglo XVII, inventó un remedio a base de cebada, centeno, maíz y bayas de enebro al que llamó Genievre. Al principio fue un destilado de vino de malta, pero por el mal sabor se le agregaron raíces, jengibre y el enebro, que dio origen a su nombre. Con el tiempo pasó lo mismo que con otros aguardientes y con la mismísima Coca-Cola: lo que era un jarabe medicinal para aplacar el dolor terminó convirtiéndose en una fuente de exquisito placer y en el motivo de que existan hoy en Bélgica más de 60 destilerías y 400 tipos de Genievre, la mayoría de ellas en una ciudad llamada Hasselt en la que también está un famoso museo con la historia de la ginebra.
El sabor del remedio de Sylvius resultó ser muy agradable y su olor aromático terminó evocando el de las mejores lociones. De los Países Bajos la tomaron los soldados ingleses, en Inglaterra la adoptaron como suya, le dieron el nombre de Gin, modificaron algunas de sus hierbas y mediante procesos de industrialización suavizaron su sabor hasta hacerlo neutro o afrutado, seco, semiseco o dulce y cambiaron su color de amarillo a transparente (la belga sigue siendo amarilla).
Un tiempo después, una especie de matrimonio etílico la terminó de lanzar al estrellato en el mundo de los licores. Otro gran hombre de ciencia, pero de origen alemán, residente en Ginebra y de nombre Johann Jacob Shweppe, descubrió la forma de introducir burbujas de anhídrido carbónico en el agua embotellada y luego decidió añadirle quinina y obtener así el agua tónica. La bebida por ser refrescante y servir como medicamento contra el paludismo también fue utilizada por las tropas inglesas en la India y fue allí en donde a alguien se le ocurrió mezclarla con la ginebra. Una ocurrencia que hoy se refleja en todas las cartas de bares del mundo y que junto a la de mezclar la ginebra para hacer otros cócteles señoreros, como el Tom Collins, demuestra que si bien el alquimista holandés al inventar la Genievre no encontró el elixir de la juventud sí descubrió una pócima ideal para robarse de forma casi imperceptible, suave y dulce la conciencia de las mujeres. O quién no ha convencido a una mujer de dejarse tentar por el sabor fresco y dulzón de una ginebra. Por eso y mucho más, y como los soldados ingleses, hay que ponerse la mano en el pecho y rendirle honores a la ginebra.

PROHÍBASE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD Y MUJERES EMBARAZADAS. Ley 124 de 1994. EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD. Ley 30 de 1986.

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