La palabra lo dice todo. Los conocedores sostienen que proviene del gaélico uisge beatha, por lo cual uno tiene que deducir que la pronunciación de esa noble lengua podía ser letal para una laringe desprevenida. Pero esa denominación inicial no es ni mucho menos original: para la época en que se comenzó a conocer por ese nombre, a finales del siglo XVI, todos los licores europeos solían llamarse por su equivalente en latín: aqua vitae. O “agua de la vida”, lo que habla muy bien del sentido de la misma que tenían las personas en esas épocas de tan escasas comodidades.

Pero bueno, cuando el trago de whisky finalmente acaba su corto recorrido hacia el vaso, la segunda pregunta es inevitable: ¿cómo lo tomas? En ese momento los estereotipos, que siempre están a la caza de un instante de debilidad, pueden atacar. “Solo, porque no vamos a dañar el trabajo centenario de los buenos escoceses”, dirá alguno con aire mundano. Craso error. Los habitantes del norte de las islas británicas no sólo le ponen un poco de agua, sino que lo consideran necesario para ‘desarrollar’ las potencialidades del licor. “Mucho hielo, en las rocas”, dice el más sabido. Pues tampoco los dueños del whisky lo hacen así. “Si acaso le agregamos uno o dos cubitos, si el clima está muy caliente”, me dijo Jim Cryle, master distiller de Chivas Regal en Keith, Escocia. Y cuando el clima está tibio en Escocia los bogotanos no nos atrevemos a meternos en la cama sin medias. “Hay que ver que hay quienes le ponen hasta Coca–Cola”, podría comentar otro, con ironía. Nada de eso, el whisky se toma de muchas formas y sirve para cocteles, le contestaría Cryle.

En ese aspecto habría qué decir que hoy en día los cocteles con whisky van mucho más allá del conocido sour. El scotch se toma de mil maneras diferentes, y ningún escocés se escandaliza por ello. Con ginger ale, para un excelente cooler, con amaretto, para ‘El Padrino’, con Drambouie para el ‘Rusty nail’, con bourbon, Angostura y azúcar para el ‘Old Fashioned’, y en otras formas sólo limitadas por la imaginación del bar–tender.

Pero bueno, de cualquier manera ya está todo listo y los vasos chocan en un tintineo musical. La conversación puede derivar hacia cualquier parte, y un buen gracejo sobre el origen del whisky puede venir bien en cualquier momento (así como no llegar nunca). El tema puede ser acerca de las condiciones de Escocia, su agua, su clima y su suelo, que se juntan allá en forma irrepetible para propiciar la creación del legítimo scotch. O que el equivalente producido en Estados Unidos, el llamado bourbon, se llama whiskey, así, con la ‘e’ en medio. O que la destilería más antigua en funcionamiento es Strathisla, en la región de Speyside, y pertenece a Chivas.

Por si acaso nada de lo anterior ha logrado elevar la temperatura de la charla, este dato puede ser descrestante: dado que los árabes fueron los primeros en conocer la técnica de la destilación, es muy posible que los caballeros participantes en las cruzadas hayan regresado con ese conocimiento crucial. Lo cual significaría no sólo que esas empresas religioso–militares finalmente sí tuvieron sentido, sino que una costumbre tan deliciosamente ‘depravada’ y occidental como el whisky tiene su origen remoto en la interacción de las culturas. Con ese detalle, ya el descreste es total. Osama: tomamos por cuenta de ustedes. Y sirvámonos el segundo Chivas.

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