No sabemos si Thomas Parr ya salió en "aunque usted no lo crea" de Ripley o en alguno de los libros de "Guinness World Records"; pero lo que sí está claro es que hizo los suficientes méritos para hacerlo, como supuestamente haber vivido 152 años con nueve meses por allá por el siglo XV. Él no solamente pudo vivir mucho, sino que también fue respetado por su sabiduría y madurez, razón por la cual los hermanos James y Samuel Greenless, años después, no dudaron en bautizar con su nombre al whisky que crearon para resaltar la calidad que se ha transmitido de generación en generación. Y este prestigio se manifiesta en su proceso de elaboración. ¿El lugar? Cragganmore, donde está la mejor y más famosa destilería escocesa. ¿El procedimiento? Una dedicada mezcla de 40 whiskies provenientes de las mejores maltas y los más finos granos individualmente seleccionados. ¿Y el almacenamiento? Toneles especialmente diseñados para guardar las bebidas más finas y así desprenderles un compuesto aromático de madera que realza su sabor, suavidad y madurez. Como toque final, el whisky tiene que acabar en el mejor envase: una botella
de color marrón, textura agrietada, gruesa y chaparra  reconocida en todo el mundo y que con el retrato del inmortalizado "Viejo" Parr motiva a brindar con el mejor whisky y desear, literalmente, "¡salud y larga vida!".

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