Aunque estamos hablando del trago más exquisito de cuantos hayan sido inventados por el hombre, de entrada podemos hacer distinciones entre el whisky de malta, el whisky de grano y el whisky blended. Todos son hechos de lo mismo: trigo, cebada y maíz fermentado. La diferencia radica en que el de malta tiene los granos germinados y el segundo no; el blended es el resultado de la combinación de diversos whiskies de malta y de grano, con diferentes mezclas y tiempo de añejamiento.

El whisky de grano es el más escaso, porque se utiliza más para hacer blended que para ser consumido directamente. Sin embargo, el Cameron Brig, fabricado en las Tierras Bajas escocesas es, con todo, el más delicado y fino de ellos. Entre los whiskies de malta, el abanico se abre entre el Cardhu de las Tierras Altas, el Talisker de las islas y el Lavagulin de la región de Islay. El blended es, sin duda, el más exquisito de todos, pues es la alquimia perfecta de entre treinta y sesenta whiskies diferentes.

Mucho se discute sobre la forma en que debe tomarse el whisky. Contrario a lo que algunos piensan, un poco de agua libera los aromas y sabores, además de potenciar los matices de la mezcla. La soda, en cambio, neutraliza el sabor. Sobre echarle hielo o no, eso depende del efecto que se desee: no siempre está uno para catar, a veces lo que se busca es el efecto refrescante y embriagador del whisky en las rocas. Los españoles, sin embargo, bastante desvergonzados para hacer las mezclas, se lo toman con colas oscuras (y, sin pestañear, le llaman güiscola) y con ginger. En fin, la conclusión sería que el whisky es como un cinturón negro: combina con todo.

Con hielo o no, con agua o sin ella, el whisky seguirá siendo tan elegante como James Bond, que aunque sea inglés tiene el inconfundible sello del más escocés de todos: el inmortal Sean Connery. Salud.

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