Hace apenas dos meses Valentina llegó a Bogotá para estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de los Andes. Ni bien había terminado de desempacar y la gente de Maroma ya la estaba llamando para que trabajara con ellos como bartender, jugada que debe calificarse como estratégica. Porque no de otra manera se puede explicar que tantos hombres la busquemos en la barra para que ella misma nos sirva un vodka tonic, el trago más vendido del lugar. Las razones, por supuesto, saltan a la vista: que un esbelto cuerpo de 18 años de edad y 1,65 metros de estatura tenga el valor agregado de bailar seductoramente toda la noche y decir "a la orden" con el no menos provocador acento paisa que tanto nos gusta, es suficiente para emborracharnos perdidamente con tal de que sea ella la que nos siga dando trago. Y mientras eso sucede es posible que se pierda el espectáculo circense de medianoche, al mejor estilo del Cirque du Soleil. No lo dicen los de Maroma, que son nuestros amigos. Lo decimos nosotros, y con toda la franqueza del mundo: el show es demasiado bueno pero, al lado de Valentina, no es imprescindible. Es mejor pedir una botella de aguardiente —su licor favorito— y verla trabajar. Con eso habrá justificado de sobra el haber salido esa noche.

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