Solo el humor puede convertir un defecto en un atributo. Yo fui el único de mis tres hermanos que salió feo, orejón y belfo, pero también el único que ha sido famoso y que ha hecho reír tanto a los colombianos. Mi mamá me decía que fresco, que eso no importaba, que no les parara bolas a los chinos que se burlaban en el colegio. Era la década del 50, y en ese entonces sí me molestaba que me pusieran sobrenombres como 'Carracas', que se rieran por la forma en la que hablaba o que me dijeran belfo. Por eso, cada vez que tenía nuevos compañeros me tocaba limpiar el terreno a puñetazos. Mi corpulencia me permitía siempre salir airoso, les dejaba el ojo morado a varios, se acababan las burlas, pero me metía en problemas con la rectoría, a donde solía ir a parar. Un día descubrí que la mejor arma era el humor. Cambié la violencia por la risa. Eso me dio licencia para reírme también de los demás y terminé siendo el que más la montaba en clase. El payaso del curso. Hacía muecas, imitaba a la gente y molestaba tanto, que terminé echado de varios colegios por indisciplinado.

A los quince años empecé a hacer fonomímica, una actuación humorística que andaba muy de moda en esa época. Me paraba frente al público y simulaba que cantaba mientras sonaba un disco de Antonio Aguilar o de cualquier otro ídolo musical del momento. Exageraba los gestos, estiraba aún más el mentón y todos se morían de la risa. Impulsado por el éxito cómico que tenía gracias a mi físico, me presenté para contar chistes en un programa de televisión en Colombia de Pacheco que se llamaba Operación Ja Ja y ahí me quedé. El programa luego se convirtió en Sábados felices y ahí conocí a otros grandes humoristas a los que admiro mucho y que también hicieron de sus defectos sus mayores atributos: la Gorda Fabiola, el Mocho Sánchez y el Flaco Agudelo.

Fue en 1974 o 1975, no recuerdo bien, cuando gracias a ser belfo fui bautizado por segunda vez, con el sobrenombre por el que todos los colombianos me conocerían de ahí en adelante: Mandíbula. Íbamos a grabar un sketch donde salía un hombre muy feo —que iba a encarnar yo—y le estábamos buscando nombre. La idea fue del equipo creativo de Sábados felices, que por ese entonces lo integraban Óscar Meléndez, el Topolino Zuluaga y Alfonso Lizarazo. Había un personaje de una película de James Bond como de dos metros y diez centímetros de alto que tenía los dientes de metal y una quijada generosa como la mía. De ahí se inspiraron para ponerme Mandíbula y en ese momento supe que mi nuevo "nombre" iba a pegar muy duro y que había hecho bien en no haberme operado para desplazarme la mordida. Al fin y al cabo, ser belfo nunca fue un problema de salud, sino de mera estética.

La operación para el prognatismo, como llaman los odontólogos a este mal menor, es terriblemente dolorosa. Lo duermen a uno, le rompen los huesos del maxilar inferior con una fresa, le desplazan la mordida hacia atrás, le ponen unos tornillos y le amarran con alambres o cauchos los dientes de arriba con los de abajo. Así se queda uno por un mes, por lo menos, y en ese tiempo no puede comer, ni hablar, solo tomar líquidos con pitillo y arriesgarse a una desnutrición. Como si fuera poco con todo eso, le toca a uno dormir sentado pues si llega a trasbocar corre el riesgo de ahogarse. Mucha vaina por la que no pienso pasar jamás.

Lo único que sí me ha tocado hacer es mandar a quebrar los espejos de donde me encuentro para no mirarme, pues no me voy a tragar el cuento ese de que el hombre entre más feo más hermoso. Al contrario, digo siempre: el hombre entre más feo, peor para él... Y peor si es belfo.

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