La primera vez que fui a un gimnasio, me quedé sordo. Literalmente. Un poco de abdominales, otro poco de bicicleta y alguna otra cosa más y salí a la calle y me encontré con que el mundo parecía presurizado como la cabina de un avión. Saqué un turno con una otorrino y me dijo:

—Tiene tapones de cera en los dos oídos.

—¿Y cómo puede ser si hasta ayer oía perfectamente?

—¿Empezó con alguna actividad física? —preguntó.

—Sí, estoy yendo a un gimnasio.

—Es lógico: la cera es como la transpiración. La actividad física la segrega. Le voy a tener que hacer un lavaje.

Yo creía, hasta el momento, que la actividad física me hacía bien y que mi vida sedentaria era la causante de mis malestares. Resultó que en realidad desconocía los malestares derivados de la vida del gimnasta. Dije que esa primera vez me quedé sordo pero no hablé de las pantorrillas, de los calambres y del espantoso dolor de cuello. ¿Cómo se llega a padecer el dolor de cuello sin que a uno lo ahorquen o lo degüellen? Es muy sencillo: uno se recuesta en una colchoneta e intenta hacer abdominales. Si los hace bien, le duele solo el estómago; si los hace mal, le duele, también, el cuello. Si a uno le duele el cuello, debe notificárselo de inmediato al profesor. Existe una manera de que el movimiento se haga automático: colgar las piernas como una res en un plano inclinado destinado a tal efecto. Cuando uno se somete a semejante humillación, el cuello deja de doler. El efecto sobre el estómago, en cambio se mantiene. Y parece, incluso, que tiene que ser así, que esa es precisamente la idea.

La segunda vez que fui al gimnasio, salí bañado en sudor, caminé los cuatrocientos metros que lo separan de mi casa y antes de pegarme una ducha ya me había engripado. Estuve una semana en cama, con picos de 39 grados de fiebre.

La tercera vez que fui al gimnasio —insistí, para respetar la prescripción médica— el profesor me dijo que no me asustara, que este tipo de cosas (los tapones de cera, la gripe) suceden siempre.

—Cuando alguien empieza a hacer gimnasia, siempre hay algo que lo tira para atrás. El cuerpo no quiere cambiar de hábitos.

Si el cuerpo es mío y no quiere cambiar de hábitos, me pregunté, para qué contradecirlo, pero no se lo dije al profesor.

La cuarta vez que fui al gimnasio, el profesor y un grupo de chicas que apenas me saludan y que parecen embobadas con el profesor —que tiene un cuerpo que solo pueden tener los tipos que se pasan las 24 horas en el gimnasio— estaban hablando de música. Es un decir: estaban hablando sobre la maratón de conciertos que dio Ricardo Arjona en Buenos Aires.

—Yo no sé cómo aguanta: hace dos conciertos de dos horas por noche —dijo una chica.

—No te olvides que el tipo se cuida mucho: hace dos horas y media de gimnasio, religiosamente, todos los días —dijo el profesor.

Así las cosas. Para la gente que va al gimnasio, el gimnasio es el centro del universo y la vida está para ser observada desde un punto de vista gimnasiocéntrico. Quiero decir: un artista es bueno o malo de acuerdo con la cantidad de horas diarias que pase en un gimnasio. No importa que Arjona sea una especie de Joaquín Sabina después de la lobotomía, en tanto su estado físico es admirable y no como el de Sabina, que tomó tanta cocaína que no está en condiciones de hacer dos conciertos de mierda en una misma noche como Ricardo Arjona.

La quinta vez que fui al gimnasio, el profesor me dijo que no me preocupara si engordaba un poco. Me llamó la atención, porque el médico me había dicho que hiciera gimnasia (como complemento de una dieta muy estricta), precisamente porque pretendía que bajara de peso. Se lo dije. El profesor me dijo que no me preocupara tanto por la balanza, porque iba a ganar en masa muscular. Le dije que gracias, y en verdad me causó gracia, porque en ese momento pesaba 106 kilos, que es un poco mucho cuando uno mide 1 metro 79, pero los profesores de gimnasia son tipos así: optimistas por definición. Al mío, por ejemplo, le gusta decirme bien, muy bien, te felicito, vamos, justamente cuando se nota que está todo mal, cuando parece que agonizo, cuando me pregunto cómo haré dentro de un rato para llegar caminando hasta mi casa, cuando grito como María Sharapova, pero con menos glamour y más desesperación. El profesor cree que me anima y es al revés: no hace sino señalar mi decadencia.

La sexta vez que fui al gimnasio, reparé en el hecho de que la bicicleta no se movía de su sitio. Entonces esto no es una bicicleta, pensé. ¿Qué clase de medio de transporte es aquel que no lo transporta a uno a ninguna parte? El esfuerzo por el esfuerzo mismo. Eso es el gimnasio. La bicicleta no avanza y no voy a llegar antes que nadie, porque no hay nadie compitiendo conmigo, porque lo importante no es llegar a la meta sino transpirar mucho y que a uno le duelan las pantorrillas.

La séptima vez que fui al gimnasio observé que hay otro aparato con el mismo espíritu de la bicicleta: la cinta, que sirve para caminar durante horas sin moverse de un mismo sitio. Vale decir: para neutralizar el sentido de un movimiento que habitualmente lo tiene. La cinta tiene un cuentakilómetros que acentúa la sensación de irrealidad.

La octava vez que fui al gimnasio, observé que no había allí ni pelotas, ni arcos, ni redes, ni aros. Lo que había, en cambio, era una serie de instrumentos destinados a la autoflagelación: nada más lejano del deporte, que cultiva la autoestima a través de la superación del rival. Y no me digan que levantar pesas es un deporte. Y no me nieguen que esos cuerpos deformes y atroces de los pesistas son, precisamente, la quintaesencia del gimnasio. Y no me digan que el talento de Maradona, de Ginóbili, de Agassi o de Ray Sugar Leonard (elijan el deporte que más les guste) tiene algo que ver con el gimnasio. No, señores: el talento y la transpiración son dos cosas bien distintas.

La novena vez que fui al gimnasio, me despedí del profesor. Le dije que me iba de viaje porque tenía que escribir una crónica para SoHo. El profesor pareció preocupado. Me dijo que tratara de buscar otro gimnasio dónde mantenerme en forma.

—Si vas a un buen hotel, seguro que tienen —dijo, porque para los gimnasiocéntricos, los buenos hoteles son aquellos que tienen buenos gimnasios.

He decidido desobedecerle. El profesor pretende que busque un gimnasio por la misma razón perversa que lo guía a subirme a la bicicleta o a la cinta: supone que, dondequiera que esté, si me encierro en un gimnasio lograré perder la noción de que estoy en otra parte del mundo. A simple vista, parecerá que me moví, pero en el fondo permaneceré en el mismo sitio.

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