Navego con orgullo por la autopista de la calvicie frontal hasta la coronilla desde antes de terminar el hippismo, cuando no había para mí nada más apetecible que un hongo. Nunca tuve por señas de que había comenzado a perder el pelo, enredos en el peine de nácar —pues me peinaba con los dedos— o hebras delatoras en la almohada impoluta. Prefería utilizar para reclinar la cabeza suculentos perniles o nalgatorios sudados donde no quedaba pegado ni un solo pelo. Vinieron a servirme los inocentes síntomas iniciales para almorzar gratis en todos los restaurantes, pues sin causa aparente encontraba en cada oportunidad un pelo en la sopa, que señalaba iracundo al mesero como proveniente del chef. Con disculpas me perdonaban la cuenta.

Alarmado por el inminente deterioro del cliché, durante los primeros meses me sumergí en tricóferos y ampolletas, me hacía champú de orines y hasta me peinaba en petróleo. Pero debía decidir entre parecerme a mi padre o al Indio Amazónico. Tomé partido por la herencia paterna. Y cuando comencé a ver desmecharse mis sueños de ser un clon de Elvis Presley —de lo cual alcancé a tener atisbos moviéndome al compás del reloj—, o de Tony Curtis columpiándose en el trapecio, entronicé como nuevo ídolo en mi billetera al Yul Brinner de El rey y yo, y como complemento al Telly Savalas de Kojac. Y me resigné a irme convirtiendo en la imagen insigne, que no insignificante, todo un oxímoron, de un Beatle desentejado.

Cuando el problema resultó irremediable, dejé de considerarlo problema y encaré sus ventajas. "Mientras más peludo, más bruto", decía mi padre que no tenía un pelo de tonto, parodiando a Schopenhauer. En la escuela me pintaban al torpe hombre de las cavernas con una melena salvaje y un garrote en la mano, que era el arma que esgrimía para convencer del connubio a su compañera. En cambio, en las películas y las revistas científicas, al hombre del futuro —incluso al procedente de evolucionadas galaxias— se le representaba inteligentísimo y calvo, condición inmanente como factible dueño del universo. Podemos comprobar que la mayor parte de los científicos son cabecipelados —con la notable excepción de Einstein— y la mayoría de los guerrilleros, peludos —descontando a Otty Patiño.



Una calva en la camilla (1)

Me quito toda la ropa y me pongo la bata de cirugía, inclusive una tanga de material desechable. La asistente del cirujano plástico es toda una muñeca de carne, como tradujeron al español la película Baby Doll, con Carroll Baker. "Cirujanos, ¿queréis la cabeza del poeta Jotamario? Aquí la tenéis", les digo, parafraseando a un ilustre patriota. Me someto a la inspección detallada del cráneo falto de pelo. El doctor Andrade traza con un lápiz los límites del territorio a reconquistar. Son las nueve de la mañana cuando las manos láser del cirujano me aplican una tanda de punzadas de avispa de xilocaína. ?

Un galán de mediopelo

Hice parte de la horda de bárbaros casi párvulos que asaltó las sagradas instituciones melena en ristre, riéndose de los calvos y los gotosos que cuidaban la moral y el idioma. A pesar de que hicimos papilla de estos valores, heredamos la gota y la calvicie de sus guardianes. Y a la fecha, con bastón pero sin peluca, mantenemos la risa comiendo naco. No es extraño que por cuestiones de karma, cada vez que escribo en la prensa algo que no le gusta a algún cavernícola, demuestre su brillantez escribiéndome por Internet el epíteto "calvo h.p."

Hace algún tiempo me acorralaron en la televisión dos aguerridas periodistas sin pelos en la lengua ni en los sobacos, para inquirirme por las causas de mi alopecia feroz o escasez de pelo, como si ello fuera una enfermedad más no un privilegio. Tuve entonces oportunidad de expresarles mi testimonio, donde avalo el axioma que no se tragan los sicólogos de que los calvos son unos desaforados en los recovecos del sexo, a diferencia de los frígidos cabellones, pues algo va de Henry Miller y de Picasso a Salvador Dalí y a Sansón, quienes se quedaron dormidos al primer polvo.

Y no es solo por su probada ardentía que las mujeres los prefieren calvos. Es porque, por lo general, son más acomodados, pues cuando el hombre comienza a perder el pelo se preocupa por conseguir lana. Y solamente un calvo saca otro calvo.

En mis épocas de piernipeludo y de joven de pelo en pecho y de remolino en la frente, dispuse de una melena mesiánica que para lo único que me sirvió fue para despertar el chillido de las beatas, el anatema de los profesores y los bolillazos de la Policía. A pesar de que consideraba el copete parado una muestra palmaria de virilidad, a muy pocas mujeres rendí con ese recurso.

Desesperado con mi mala pata sensual, celebré un pacto con la mujer del diablo —una de las pocas que me hacía caso—, para que me permitiera, a cambio de algo que no fuera más de la mitad de mi alma, ser un hombre exitoso con el sexo opuesto, capaz de emular en literatura con Casanova y con Tenorio. Ella me prometió que ninguna mujer que llegara a desear de verdad se me resistiría —salvo las brujas—, pero en canje iba a perder un cabello por cada dama poseída, dos cabellos si era casada, tres si era virgen.

Valió la pena el sacrificio, que me ha ocupado 40 años dejando un promedio de seis pelos diarios en la peineta. Sin embargo, en los últimos tiempos —desde mi relación rutinaria con mi última esposa y su marcación inclemente— he venido notando con preocupación que hasta la mujer del diablo se me ha zafado del llavero, que en la calva me trata de brotar pelo, y que estoy recuperando la parte perdida de mi alma.

Axioma. El único remedio efectivo contra la calvicie sería la abstinencia sexual, pues es la misma testosterona que tumba el pelo la que mantiene el mecho encendido. Pero ningún calvo estaría en disposición de asumirlo.

Una calva en la camilla (2)

Obedezco al impulso de rascarme y no siento la uña sobre mi cabeza ni la cabeza bajo mi uña. Como si al fin la hubiera perdido —y quién no con semejante belleza al frente—, o como si se tratara de la cabeza de la Victoria de Samotracia. Fotógrafo y camarógrafo hacen sus tomas sobre mi cabeza sitiada. Entonces exigen que me ponga boca abajo. Lo hago con algo de pudor. Hurgan en el pelo que no se cae porque es inmune a la influencia hormonal, el de la parte de atrás de la cabeza, y el bisturí comienza a cortar. Lo hace trazando un paralelogramo perfecto. Es como si me estuvieran cercenando la cabeza con un alfanje. La doctora me seca el sudor de la frente mientras yo aguanto las lágrimas y la sangre se esparce sobre mis hombros. Pienso en las amenazas anónimas que me han hecho y si alguno de los complotados habrá logrado infiltrarse en el panel de cirujanos. Pero antes de una hora de permanecer en posición tan comprometedora ya he entregado mi aporte a mi mejoría. Similia similibus curantur: con mis propios pelos tendré otros pelos. Extraño que este principio homeopático pueda aplicar a una ceremonia quirúrgica. Mientras la docta Carol me conduce de la mano a la sala de recuperación, vuelan con mi segmentación pilosa al laboratorio, donde será fraccionada al microscopio en pequeños tubos de 1 mm de diámetro con uno a tres folículos pilosos, los que serán injertados más tarde en la zona desértica a nivel dérmico, casi pelo por pelo poro por poro.

El cambio de un extremista

A pesar de que nunca me fumé un cigarrillo, he padecido por cuarenta años de una ronquera invencible, apenas mitigada por un carraspeo aun peor, lo que acaba de serme diagnosticado por el iriólogo como una rino-faringitis crónica, ocasionada entre otras cosas por la obstrucción de un tabique, producto sin duda del primer puñetazo que me aplicó uno de los instructores de boxeo en el Coliseo departamental, cuando pensé adoptar esa profesión al perder el sexto de bachillerato.

A consecuencia también de un golpe contra una palmera sanandresana cuando me dirigía ebrio de trementina y largos besos a tomar la lancha hacia el Johnny Cay, el párpado del ojo derecho me quedó ligeramente caído, lo que se acentúa en los momentos de éxtasis.

Por factores hereditarios, como pueden dar fe las fotos de las últimas 17 generaciones de Arbeláez de Rionegro, desde los 26 años empecé a perder el pelo a pesar de todos los tónicos bebidos y por beber, y de todas las resinas aplicadas con vigor en el cuero cabelludo cuando creía tener esperanzas. Así la calvicie no alcanzara a conquistar todo el terreno, no dejó de ser una frustración en este fervoroso fan del marido de Yoko Ono.

No me puedo quejar, sin embargo, de mis éxitos relativos con el sexo opuesto, tal vez por aquello de que el amor es un nudo ciego. Como carezco de perfil griego, me las tiré de amante latino. Nunca me conquisté una vieja con un poema ni con una serenata, con un ramo de nomeolvides ni con una caja de chocolates. Fui al grano. A lo que vinimos. No llegué a ser el Don Juan Tenorio que me proponía, resignándome a ser considerado en los fumaderos un Don Juan de la cosa. Tampoco pude ser el marqués de Sade de La filosofía en el tocador ni el Henry Miller de Trópico de Cáncer porque mi mujer me vigila. Me consuelo pensando que Quasimodo, con ser tan feíto, de tanto jorobarla terminó por tocarle las campanas a la gitana. Y Jessica Lange se prendó del gorila. María Félix, de Agustín Lara. Sofía Loren, de Carlo Ponti. Se sabe que en juego largo hay desquite, y como ya va para bastante largo mi juego, se están dando las circunstancias para convertirme en un hombre 10.

La medicina prepagada aceptó intervenirme el aparato nasal para desobstruir el tabique y acabar con la carraspera, pero de paso me dejará un perfilado apéndice a la manera de Steward Granger, el célebre protagonista de Scaramouche. Otro tanto hará con el párpado, para dar paso a una mirada de 180 grados a la redonda.

Y me dejé caer en la tentación

Pero el premio mayor de la lotería de la estética me llega por parte de la revista SoHo, donde hace poco publiqué una fantasía crónica titulada Si yo fuera millonario. Su director me dice que su publicación está dispuesta a dar cumplimiento a mi sueño descabellado, y que no solo eso, que de paso me propone hacerme poner cabello. En la Clínica del Chicó, el eminente cirujano plástico Ernesto Andrade, quien ha impuesto tantas tetas y culos a tantas reinas que gracias a sus manos peritas han coronado, me practicará un sofisticado implante de fina melena, con el propósito de que escriba mi experiencia con pelos y señales en tres crónicas sucesivas, remunerado con una tarifa exorbitante, y luego me dedique a exprimir los secretos de sus modelos encueradas sin ningún tipo de complejos. No acepté la otra opción quirúrgica que me ofrecía para no despertar envidias ni suspicacias, pero ante todo porque nunca he estado para agrandamientos sino para lo contrario, y para que no se crea que he desistido de la literatura por el sex shop. Eso lo dejo para mi colega Efraim Medina, con el fin de que mejore sus técnicas de masturbación y su sexualidad de pantera rosa.

El caso es que creí haber nacido para hacer la revolución y después de viejo la he cambiado por el fashion. Así son los tiempos que corren. He abdicado de Marx por Max Factor. Y voy derivando hacia esos comunicadores de los que decía Daniel Samper Pizano que no buscaban la primicia sino el primor. Al fin y a cabo nunca fui lo que se dice izquierdista, izquierdista, sino extremista. Y ahora que se impuso el glasnost por sobre el comisariado, tal vez a mí me convenga también un cambio.

Pienso en lo que dirán en mi patria chica cuando regrese hecho un churro, si es que regreso. Ya escucho los rumores de mis malquerientes y maldicientes. Que me torcí. Que traicioné la causa. Que volví a Cristo. Que hasta 'voltiado' me habré. Todo esto porque voy a hacer parte del sexo apuesto.

Nadie podrá negar que la transformación es total. ¿No están notando el cambio de estilo?

Continuará…

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