El primero que me la recomendó fue Alonso Acuña, urólogo y sexólogo que luego se volvería autor de varios libros: "Usted tiene el prepucio muy largo, parece moco de pavo", me dijo. Corría el año 96 y Acuña no había publicado Yo, clítoris ni El honorable miembro, pero a juzgar por el símil ya tenía vena literaria. Unos años después vine a hacerle caso, cuando estuve convencido de que mi prepucio como moco de pavo me estaba haciendo la vida imposible.

Cuando se tiene un prepucio como el que yo tenía, las bacterias acechan todo el tiempo bajo su cobijo. Una meada mal sacudida o una hebra de toalla que se quedara por ahí me producían enrojecimientos, ronchitas, sarpullidos y esmegma, que es el nombre técnico del clásico requesón: coágulos blancuzcos sebáceos de penetrante olor, verdaderos caldos de cultivo para infecciones recurrentes. Entiendo el sexo como un delicioso intercambio de fluidos, y no hay como tirar un sábado por la tarde y quedarse arrunchado, entrepiernado, dándose besos, pidiendo domicilios y tirando sin bañarse, en ese gratín de olores y secreciones hasta el lunes por la mañana. Soy como el oso panda, que se toma tres días para el apareamiento. Cuando tenía el prepucio como lo describió cruelmente Acuña, yo no podía hacer esas gracias. Tampoco podía, por ejemplo, salir de la ducha y secarme de afán: debía detenerme y ser muy aplicado para no dejar la mínima humedad arropada por mi luengo y traicionero cortinaje de carne.

Para decirlo en términos médicos, sufría balanopostitis, que es una combinación entre balanitis, la infección e inflamación del glande, y postitis, que es lo mismo, pero en el prepucio. Otro caso que requiere circuncisión, aunque no era el mío, es la fimosis; para decirlo gráficamente, la fimosis se da cuando el prepucio viene "bota tubo" y no permite que la totalidad del glande salga a la luz. Sobra decir que hay prepucios fácilmente retráctiles y no tan largos como el que, según Acuña, yo tenía; hay hombres felices sin circuncisión. Por eso ahora no se practica a diestra y siniestra en todos los bebés, como se hacía antes; mi papá, que es urólogo, dice que según su experiencia una de cada diez personas necesita circuncisión, pero entre diez adultos que la necesitan, solo uno decide hacérsela. En todo caso, las estadísticas inclinarían la balanza hacia las bondades del sí: se ha demostrado científicamente que la probabilidad de sufrir cáncer de pene es doscientas veces menor en un circuncidado; así mismo, la circuncisión proveería un consistente efecto protector ante el sida, pues las células de Langerhans, ubicadas en la piel interior del prepucio, atraen virus, entre ellos el VIH. Los hombres no circuncidados tienen más del doble de probabilidad de contraer el Sida que los hombres circuncidados. Al margen de tantas justificaciones contemporáneas y científicas, la circuncisión es el procedimiento quirúrgico más antiguo que se conoce. Aunque sus verdaderos comienzos son desconocidos, hay datos del antiguo Egipto, plasmados en dibujos y escritos de cinco mil años de antigüedad. Para los judíos esta práctica se ha realizado durante muchos siglos, ya que para ellos es el símbolo del acuerdo eterno entre Dios y Abraham; todos los bebés judíos son circuncidados en el octavo día de su nacimiento, según mandato de la Torá, su libro sagrado. También entre los musulmanes ha sido ritual la circuncisión, desde Marruecos, el norte de África, Egipto, Palestina, Turquía, Irán, Irak, Afganistán, Pakistán, hasta Malasia e Indonesia. Se le considera un ritual de paso entre la infancia y la adultez. En Turquía se celebra la circuncisión con una gran fiesta entre familiares y amigos. Sin establecer una edad puntual, la

costumbre es que todo musulmán debe estar circuncidado antes del matrimonio. De igual forma, en algunas tribus de África, las islas del Pacífico y Oceanía, la circuncisión es un rito de paso hacia la adultez.

Pero volvamos al tema. Viajé a Cali para la operación, pues era mejor convalecer en familia y que me atendieran en la clínica de mi papá. De la operación no tengo recuerdos, pues la anestesia era general. Cuando desperté me sentía muy aturdido, como si hubiera sobrevivido a un accidente o a un bombardeo. Tenía el pene cubierto por una gasa y no sentía dolor en ese momento. Una enfermera chocoana, bajita y de voz cantarina, conversó conmigo acerca de cómo era la vida en Tumaco, mientras mi mamá venía a recogerme. Cuando me levanté de la camilla, sentí como si arrastrara unos cuatro kilos en la entrepierna, pero aún estaba anestesiado. Pensaba que cuando ese sobrepeso se tradujera en dolor, la cosa se iba a poner difícil, como en efecto pasó más tarde, cuando estaba tirado en una cama, con el cuerpo atiborrado de acetaminofén y el dedo en el control remoto del televisor.

La primera noche fue fatal. Solía dormir boca abajo, o de lado, con una almohada entre las piernas, pero por obvias razones tuve que dormir boca arriba y patiabierto. Pude conciliar el sueño a las cinco de la mañana. Desperté media hora después con una erección que hacía crepitar la gasa. A las ocho de la mañana, antes de bañarme, me la quité. Lo que descubrí tenía el color y el tamaño de una berenjena. Entré en pánico. Mi papá y mi hermano (también médico) estaban tranquilos, pero me recetaron unas inyecciones y unos antibióticos. Ese día, yo quería ir a fútbol. Me habían dicho que la operación era ambulatoria, pero estaba sembrado en la cama por el dolor y tuve que ver el partido en televisión, mientras trataba de detener la sangre que goteaba de vez en cuando por entre las costuras dilatadas de mi prepucio, encarnadas por culpa de la erección de esa mañana. El resto de mi familia sí fue.

Tres días después salí por primera vez de casa, con mi hermana y mi hermano Andrés. Fui nada más ni nada menos que al estadio. Pudo más la fiebre del fútbol que mis malestares. De todas maneras fue traumático, porque mi glande pendulaba debajo del bóxer y la sudadera causándome un dolor bestial en los catorce puntos de la cicatriz, que eran como un sanguinolento y punzante collar alrededor de mi adolorido animalito. Nos perdimos un gol, a los nueve minutos de empezado el partido, porque yo caminaba muy despacio; mi hermano, desesperado, decía "carguémoslo", yo me negaba y apresuraba el paso lo más que podía, que era poco. Cuando llegamos a la entrada, un policía se me acercó y empezó a palparme los bolsillos, yo grité que estaba recién operado. Mis hermanos corroboraron lo dicho, pero en verdad no hacía falta porque tenía una cara de operado grandísima. Mi paquidérmica llegada hasta nuestros asientos por poco hace que me apedreen.

Estuve tres días recuperándome de la caminata. No quería pararme de la cama y no lo hice, no tenía ganas de comer, no quería salir, no podía dormir, no quería vivir. Entré en una depresión profunda. Volví a Bogotá a la semana siguiente, cuando ya se me habían caído tres puntos, ya usaba calzoncillos normales, aún estaba adolorido y mi ánimo iba mejorando. En las tres semanas que siguieron, los puntos fueron cayéndose de uno en uno. El dolor brutal de los primeros días se calmó, dando paso a una leve sensación de malestar que me producía el glande desnudo contra los calzoncillos, a la que me acostumbré bastante rápido. En un mes largo ya estaba probando mi nuevo animal descapotable, lejos del Baycutén, el Lamisil y el Mycospor. Las consecuencias estéticas fueron bastante curiosas, pues la zona del pene que quedó a la intemperie tiene ahora un inmutable color rosáceo, como el de la mortadela económica, que subsiste a pesar de los años. La cicatriz, aunque tenue, se delata porque marca la frontera bicolor entre el falo curtido y el que estaba cubierto. Todavía puedo rastrear la marca de algunos puntos. Ya casi ni recuerdo mi prepucio antediluviano, no me hace ninguna falta. Tuve un cambio extremo, pues pasé de tener una vergonzosa trompa de elefante a poseer un saludable misil balístico. Creo que hasta me quedó más grande. Fue, y no exagero, como volver a nacer.

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