El día que me cuadré con mi ex novia sólo había gastado unos quince mil pesos en transporte durante todo el mes que llevábamos saliendo. El secreto era sencillo: gracias al puesto de su mamá, ella recibía todos los meses entradas gratis para cine, y yo, en un acto más de pobreza que de astucia, cada vez que la invitaba a salir le proponía ver una película. Llevábamos un mes montando en bus, y a veces yo, en un acto de fina coquetería, pagaba el pasaje de los dos. Pero sólo a veces. Y ese día tan decisivo, cuando ya iba siendo hora de formalizar las cosas, le dije que no soportaba más que todas nuestras salidas me resultaran gratis; y en un acto digno de toda burla y perdición, la invité a un helado. Pedí el mejor de todos. El que tenía todas las salsas. El que tenía más de una bola y se abultaba delicioso sobre un vaso gigante. Pero cuando fui a pagar sólo encontré setecientos pesos en mi billetera. Ella, mirándome con ternura y resignación, terminó pagándolo todo. Esa misma tarde ?después de haberme tenido que invitar a bus? nos cuadramos. Duramos más de un año juntos.

Fue en ese vergonzoso momento de mi vida ?el cual creo ahora que no debería hacer público? que me di cuenta de que hago parte de ese mundillo patético pero chistoso de gente a la que llaman ?antigalán?. Porque para ser uno de ellos sólo se necesitan tres cosas: no tener un peso, ser un completo torpe y saber que la mala suerte lo agobia a uno para toda la eternidad. Y yo reúno las tres.

Porque hay otros que sí están hechos para ser galanes. Que tienen el dinero y el porte necesarios. Que pueden comprar ropa de marca y las puertas de su carro abren con facilidad. Que saben ser caballerosos. Que saben sonreír. Que pueden darse el lujo de hacer mala cara cuando quieran; y levantando la ceja cada vez que hablan, son capaces de ganarse un reality show exageradamente malo.

Nosotros, en cambio, no. No tenemos la plata para serlo. Nosotros somos la antítesis de lo que todos los hombres pretenden reflejar ante una mujer. Compramos ropa cada año y la repetimos tantas veces como sea necesario desteñirla. Tratamos de parecer elegantes y caballerosos, pero siempre terminamos empeorando la situación. Somos muy de malas, torpes, descuidados, inseguros y abusivos. Somos los que obligamos a la pareja a pagar la mitad de la noche, los que contamos el chiste fuera de tono en las fiestas elegantes, los que le pegamos en la cara a la señora de atrás cuando tratamos de darle paso a la de adelante. Somos, en resumen, los tipos que nunca comparan con Brad Pitt, sino más bien con Woody Allen.

Pero así nos va bien. Nos toca esforzarnos, pero nos va bien. Porque nosotros también soñamos con levantarnos algún día a una mujer que valga la pena. Sabemos que somos la personificación de las leyes de Murphy, que no somos príncipes azules sino más bien bufones de palacio. Pero también estamos detrás de la princesa.

Y a veces la conseguimos. A nuestro modo, con chistes malos y cursilerías baratas. A punta de buseta y con gestos tiernos. Hasta que captamos su atención. La convencemos de que no somos motivo de orgullo, pero que tampoco tenemos por qué serlo. Porque nosotros no estamos ahí para exhibirnos ni para protegerlas, sino para hacerlas reír. Porque los antigalanes somos chistosos. Patéticos, pero al fin y al cabo chistosos.

Y es por eso que los antigalanes terminamos siendo dignos de admiración. Porque nuestros levantes resultan siendo los más baratos. Tal vez nunca nos ganemos un reality show sobre galanes de telenovela, pero al menos tenemos la tranquilidad de nunca haber tenido que participar en uno. Eso sí, nos toca trabajar duro. Pero tampoco nos tenemos que cuidar. Igual no podemos caer más bajo. Y además tenemos la ventaja de que, cuando sea necesario, no tenemos que llevar a la niña hasta su casa en nuestro carro, sino que podemos despedirnos y huir en un bus en el momento que queramos.

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