Todos los años ocurre lo mismo. La gente de un momento para otro deja de trabajar, comienza a sentirse eufórica y empieza a hacer cosas completamente irracionales. Las entradas de las casas se llenan de guirnaldas y muñequitos, en las calles se cuelgan figuras y estrellas de todos los tamaños, los establecimientos públicos se decoran con letreros esperanzadores y en las casas la gente pone, en algún rincón de la sala, un árbol artificial; un gran muñeco de plástico o metal con forma de pino al que luego infestan de moños pomposos, bolas de diferentes colores, y luces intermitentes que se prenden y apagan durante toda la noche.

Entre los muñecos amanerados que se cuelan por todos los rincones de la casa hay uno que sobresale por su sospechosa apariencia: un viejo de barba con problemas de obesidad y pinta de bombero pobre. Es gordito, anciano, con pómulos y nariz redondas que se ponen rosadas cada vez que se ríe. Tiene fama de ser peligroso: le gustan los niños. Por eso en la televisión, durante los comerciales que pasan en las películas anacrónicas de la Biblia que solo transmiten en esta época y Semana Santa, se le ve abrazando los cuerpitos tibios de los niños cuando los padres duermen arriba en sus camas.

Durante nueve días la gente se reúne alrededor de una maqueta donde no se respetan las leyes de la simetría ?siempre hay vacas y ovejas plásticas de color amarillo o rojo al lado de unos ?reyes magos? seis o siete veces más grandes que ellas?. Leen unos libritos a los que llaman ?novena?, y más tarde golpean, arrítmicamente, toda clase de panderetas y cucharas, mientras gritan con voces estridentes unas canciones chillonas a las que llaman ?villancicos?.

Esta época, considerada la más santa del año, es también la más pecaminosa. Es entonces cuando la gula y la lujuria se convierten en un derecho, los derroches y desbordamientos son motivo de orgullo, y los índices de embarazos indeseados aumentan en un doscientos por ciento.

Todas las familias, que no se han soportado durante el año entero, deciden reunirse en una casa. Y en vez de ser partícipes de una masacre sin precedentes, se abrazan y sonríen por más que se detesten en el fondo. Aunque todos se quejan a lo largo del año de su iliquidez, en este tiempo sacan el dinero de donde no lo tienen, y quedan en la ruina comprando toda clase de accesorios. Cada compra que hacen la envuelven cuidadosamente en un pliego de papel impreso con muñequitos y colorinches espantosos, y las arrinconan todas bajo el árbol de plástico. A las doce de la noche, como en un cuento de brujas, los reparten todos entre el resto de los asistentes. A cambio, reciben bomboneras de porcelana fosforescente, libros de Paulo Coelho, camisetas de Pepe Ganga o un saco con la cara inmensa del anciano obeso en toda la mitad.

Y así duran en actos similares los días siguientes: un día se hacen bromas de mal gusto; y otro queman un muñeco de tamaño natural mientras, a la media noche, se dicen ?feliz año? como si el solo hecho de cambiar de fecha afectara en algo el curso que llevan sus vidas hasta el momento.

Seis días después todo regresa a la normalidad: las familias vuelven a detestarse, las calles son de nuevo sobrias, y la gente se enfrenta al estrés de su trabajo. Todos se quejan porque están en la ruina, porque han aumentado considerablemente de peso, o porque no tienen cómo comprar la ropa del bebé que llegará sin contratiempos a eso de septiembre. Los árboles artificiales se guardan en cajas, el anciano obeso desaparece de todos los estantes, y el mundo entero vuelve a tener una vida racional y coherente. Nadie quiere saber de perdones o villancicos al menos en un año. Total, no se atreven a pensar en cómo van a derrochar, en tres semanas, todo lo conseguido con esfuerzo durante todo un año de trabajo.

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