Preludio
 

No sé quién habrá dicho aquello de que "cuando alguien es frustrado en una materia se dedica a enseñar", pero creo que podríamos agregarle "o a criticar". No quiero decir con esto que el crítico sea necesariamente un personaje resentido: conozco a comentaristas constructivos, objetivos y amables como Bernardo Hoyos, cuyo trabajo contrasta con el de críticos mordaces, egocéntricos y despiadados como Braulio Sanlúcar. Lo que parece ser regla general es que todos intentamos alguna vez el canto o la interpretación y, por algún motivo, hicimos conciencia de nuestras limitaciones en ese campo. Es decir, el primer ejercicio de un buen crítico es la autocrítica.
 

Personalmente tuve cercanía con la guitarra entre los 14 y los 16 años, pero mientras yo quería sonar como Eric Clapton, mi profesor insistía en enseñarme a tocar Yo también tuve 20 años. La guitarra terminó archivada y los discos de Clapton empezaron a llenar los silencios de mi vida. Me hice melómano, estudié periodismo y por asociación terminé escribiendo sobre temas musicales. No obstante, queda un deseo insatisfecho que en mi caso se manifiesta a través del sueño. Duermo y soy músico. En mis mejores veladas oníricas he tocado violín con Yehudi Menuhin y batería con los Jazz Messengers. Este artículo, y el experimento que lo propició, nacen justamente del universo de los sueños.
 

Una noche, a comienzos de este año, soñé que era corista de Aerosmith (no sé por qué, entre tantos grupos posibles, mi inconsciente escogió ese). Poco después los colegas de SoHo me comentaron que estaban planeando un número sobre música y me sugirieron participar. Así que pensé que era la oportunidad de sublimar esos sueños recurrentes y pararme en un escenario para saber, desde la carne y no desde la mente, cómo es hacer música en vivo. De acuerdo con la estética de mi inconsciente, debía formar parte de un grupo que reuniera el virtuosismo de Yehudi Menuhin, la creatividad de los Jazz Messengers y la fuerza de Aerosmith. Por eso, elegí a La Mojarra Eléctrica.
 

Primer movimiento
 

Llego a la casa de Jacobo Vélez, el director del grupo. Las paredes de la sala están cubiertas con fotos de los músicos que admira y un cartel que anuncia alguna vieja presentación de La Mojarra Eléctrica cuando apenas empezaban. El computador está encendido: Jacobo ha estado componiendo. Me lleva al rincón del piano y me pide repetir con mi voz las escalas que va tocando. Le explico que tengo gripa, pero que voy a hacer lo mejor que pueda. Las notas van subiendo hasta que me resulta físicamente imposible cantar tan alto. Pero él insiste: "Vamos otra vez", y así se va haciendo a una idea de cuáles son mis alcances. Al final, me regala su diagnóstico: "Vos sos afinado y tenés un rango de dos octavas. Quedás contratado".
 

En la reunión se encuentran también Marlén y Facio, las verdaderas voces de La Mojarra. Ellos me explican que el canto es, en buena medida, un ejercicio de correcta respiración. Los primeros ejercicios que debe hacer un cantante no se parecen mucho al canto. Tengo que aprender a respirar llenando primero el estómago y después el pecho, para tener suficiente reserva de aire. Luego, cuando estoy inflado como sapo de tierra caliente, debo repetir una sarta de vocales: "a-e-o-e-u-i-o-é" (¿será por eso que a los cantantes los llaman vocalistas). La idea es manejar el aire de tal manera que pueda repetir el ejercicio diez veces sin pausa. Hago varias tandas de diez hasta que siento mareado. Me explican que es normal, porque no estoy acostumbrado a aspirar dosis descomunales de oxígeno.
 

Entonces, con la cabeza dándome vueltas todavía, nos dirigimos al ensayo con el resto del grupo. La Mojarra tiene su ensayadero en el barrio Teusaquillo, uno de los sectores más musicales de la capital: al lado quedan las oficinas de los Aterciopelados y, dos cuadras al sur, la base de operaciones de la orquesta de salsa La 33. Jacobo se encarga de explicarles a los músicos que durante un mes voy a ser el vocalista invitado y que los ensayos desembocarán en un concierto final, no sabemos si apoteósico o desastroso. La idea les divierte, no sé si los convence. Me siento como el niño nuevo en su primer día de colegio.
 

Revisamos el repertorio y acordamos que voy a hacer coros en El alambre (una pieza tradicional del litoral Pacífico) y voz solista en un tema del folclor chocoano que se llama Parió la luna. Ensayamos la canción seis veces y, antes de despedirnos, Jacobo me deja algunas tareas. La primera es cantar en el baño, aunque parezca broma. "Vos tenés que cantar llenando el espacio del baño. Una vez que llenás el baño con tu voz, te vas a tu cuarto y hacés lo mismo. Y después tenés que llenar la casa entera". Será el comienzo de unos ejercicios por los que mis vecinos, en el ascensor, me empezarán a escrutar como a un loco.
 

La otra tarea es agregar a mi rutina de ejercicios el canto, al mismo tiempo que voy saltando lazo. "Cantar y saltar lazo simultáneamente es la mejor manera de dominar el aire", me explica Jacobo. Lo que no sabe es que yo no tengo tal rutina de ejercicios. Recuerdo la frase de Joaquín Sabina cuando le preguntaron cuál era la diferencia entre un músico y un escritor: "Los músicos al menos van al gimnasio". Resulta que ahora voy a estar más del otro lado, así que, sin chistar, entro al gimnasio. Dos días después me duelen todos los músculos, pero ya no tengo gripa.
 

Intermezzo
 

En el siguiente ensayo volvemos a revisar Parió la luna. Jacobo me hace notar que al final del estribillo estoy cantando Parió la luna eh y no Parió la luna eeeeeeeeeh, que es la manera en que me puedo compenetrar con los instrumentos y los coros. La ensayamos en distintas velocidades, primero lento, después rápido, hasta llegar al punto medio. Poco a poco empieza a hacerse evidente para mí la estructura interna de la canción. La canción tiene 'coros', 'mambos' y 'pregones' que se van alternando para crear su particular relato. Por primera vez me he metido dentro de la música. Ya no es un objeto de estudio frío, sino un ente al cual, junto con los músicos que me respaldan, le estoy dando vida.
 

Me siento feliz, casi un rock star, pero entonces Jacobo me regresa a la tierra porque hay un inconveniente con mi dicción: "Vos tenés un problema con la pronunciación de la p". Me pide que escuche el monitor al mismo tiempo que voy cantando y ahí está el defecto. El micrófono recoge mi voz, mi 'p' excesivamente suave se pierde entre la batería y los vientos y suena algo así como "...arió la luna". Los músicos me dicen que no es un problema grave, pero que debo hacerlo consciente para solucionarlo. La interpretación musical es eso, un constante estado de conciencia que de todos modos no puede matar la inspiración.
 

A la semana siguiente, Jacobo me propone que los acompañe a un concierto para que observe detalladamente su show y sepa en qué momento voy a entrar. La Mojarra sale al escenario y abre, como siempre, con su tema emblemático: Con la Mojarra pa' que baile y que goce, con la Mojarra nos quedamos hasta las doce. Descubro que ya puedo repetir mentalmente todas las estrofas y los pasajes instrumentales. Cuando llega Parió la luna (que usualmente es cantada por Facio) me imagino que en poco tiempo estaré yo allá y me invade un escalofrío terrible. Sufro de pánico escénico, pero ya hemos avanzado tanto en el experimento que sería imperdonable echarse atrás. Entre el público se encuentra por casualidad Pacho Dávila, el saxofonista más loco de Colombia. Lo saludo y le cuento que estoy tratando de vivir la experiencia musical del lado contrario al que estoy acostumbrado. Me mira y concluye: "Te fuiste por el camino del mal".
 

Último movimiento
 

Un buen día La Mojarra me empieza a tratar como un miembro más del grupo: llego diez minutos tarde al ensayo y, como a todos los músicos que incurren en la falta, debo pagar 10.000 pesos de multa. Pero no me duele el bolsillo. Por el contrario, siento que nos hemos compenetrado tanto que ya puedo participar en su dinámica sin hacer el papel de forastero. Luego me juegan una broma: tocan Parió la luna en una versión tan acelerada que el final me quedo sin aire. Para Jacobo, ese ha sido el bautizo de fuego. Ya estoy listo para cantarla en vivo.
 

La siguiente experiencia no tiene que ver directamente con la interpretación musical, pero sí con la vida cotidiana del músico. Jacobo me sugiere que lo acompañe a negociar "el toque". Se trata de una parte sumamente difícil, porque La Mojarra no tiene mánager. Llegamos a Quiebracanto, donde en una semana será la presentación que, entre otras cosas, me enfrentará a mi pánico escénico. A un lado de la barra se ubica Ismael, amable pero implacable a la hora de hablar de plata; al otro lado Jacobo que, como casi todos los buenos músicos de este planeta, no es muy hábil en el arte de negociar. Ismael y los músicos acuerdan una cifra y todo queda dispuesto para mi debut.
 

Llega entonces el día de mi presentación, que se inicia con la prueba de sonido en horas de la tarde. Es uno de los procesos más tediosos de la actividad musical, porque hay que ir probando los instrumentos uno por uno y la labor puede tardar varias horas. Al final, la banda se acopla, las voces se suman y se hace la prueba completa de una de las canciones. Canto Parió la luna, pero me emociono tanto que grito, y la prueba de sonido me deja una incipiente carraspera. Faltan una o dos horas para mi debut y me duele la garganta. Corro a casa de un amigo que vive un par de cuadras arriba de Quiebracanto y le pido que me prepare un agua aromática. No puedo tomar licor porque entre los miembros de la Mojarra hay multa por cada trago que uno pruebe antes de la función. Nunca me había sentido tan nervioso.
 

Coda
 

Para saber exactamente qué pasó en el momento de mi presentación debo volver a ver el video que mi amigo registró. Tengo el recuerdo de Jacobo anunciando, para que subiera al escenario, a "mi compadre Juan Carlos Garay". Tengo memoria de mis pasos trepándome a la tarima, de algunas caras entre el público, creo que contentas, y luego me recuerdo poseído por el espíritu de Parió la luna durante cinco vertiginosos minutos, para después bajarme entre aplausos y gritos de "otra, otra". No estuvo tan mal, pero la emoción fue tanta que bloqueó mi mente. Fue como si perdiera todo mi ser para convertirme en una prolongada onda sonora. La adrenalina es mucha. La experiencia se parece a un sueño porque es intensa y etérea a la vez. Jamás en mi oficio de escritura podré vivir algo así.
 

Entre los músicos existe un verbo que hasta ese día yo no podía comprender: afincar. Lo había oído incluso en un disco de Cheo Feliciano, pero no captaba su esencia. Hoy sé que significa lograr un sonido sólido a través de una compenetración integral de los músicos. Esa noche afinqué con ellos. Esa noche fui mojarro. Tuvo que ver con las largas jornadas de ensayo pero, sobre todo, con la calidez con que fui recibido y la buena energía que surgió entre todos. Descubrí, más allá de los músicos, a seres humanos excepcionales. Conviví un mes con ellos y compartí la alegría de hacer canciones, pero también las dificultades de vivir de la música. Y juro que durante ese tiempo reflexioné sobre lo injusta y lo inútil que puede llegar a ser la crítica.

Ya lo había dicho el pianista Glenn Gould: "El crítico como árbitro estético no tiene ninguna función social adecuada, ningún criterio justificable sobre el cual basar sus juicios subjetivos y ningún argumento de ley con que defenderlos". La experiencia que viví fue tan intensa que hoy me permite conocer mejor mi oficio y poner también mi firma al lado de las palabras de Gould. Pero ¿voy a dejar de escribir comentarios musicales? No, porque es mi manera de amar la música. Sencillamente sé que en adelante puedo ser más ecuánime porque adquirí conocimiento de causa. Y creo también que en aras de la sapiencia todo crítico debería hacer un ejercicio así, al menos una vez en su vida.
 

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