Creo que no existe pesadilla más grande que la amenaza de ser el futuro del mundo. El solo hecho de pensarlo me aterra; y me parece sensato que en el momento de enfrentarlo sea preferible acobardarse, acariciando la fugaz idea de dejarlo todo y huir, a asumir el reto sin la esperanza de lograrlo de una manera convincente. Porque es obvio, viendo las cosas como están, el futuro del mundo, en vez de una luz de esperanza, es cada vez más una carga que a ninguna generación le gustaría llevar.

Eso sí, tengo que aceptarlo: a pesar de todo, yo todavía sueño con vivir en un mundo coherente. Estoy convencido de que el planeta entero es un infierno, que está mal; pero me gusta pensar en que todo puede mejorar. Sigo firme en la idea de que todos debemos trabajar por ello y, aunque sé que caigo en un discurso mamerto que poco a poco va pasando de moda, pienso que es ese tipo de utopías el que debe seguir el ser humano durante toda su existencia. Y viendo a mis padres, me aterra el hecho de que, con el tiempo, todos estos ideales se vayan empolvando en mi memoria; y que un día los esté recordando con ternura, como anécdotas de una adolescencia ingenua. Como si el hecho de querer un mundo mejor no fuera más que un capricho estúpido propio de la juventud.

Pero el peso que llevamos las futuras generaciones es cada vez más injusto. La mediocridad del mundo apila sobre nosotros toda la responsabilidad de este planeta; y somos nosotros quienes obligatoriamente nos convertimos, por culpa de un discurso artrítico y desgastado, en una esperanza que cada vez se hace más detestable; que nos responsabiliza de una tarea que las generaciones anteriores, sencillamente, no fueron capaces de cumplir.

Porque fueron las generaciones anteriores, las de nuestros padres y tíos, las que comenzaron con la ingenua utopía de cambiar el mundo. Fueron ellos los que empezaron con este karma. Y son ellos, con su rotundo fracaso, los que actualmente nos agobian con el futuro. Las generaciones actuales llevan encima una profunda descepción hacia sus padres. Porque ha sido testigo de su mediocridad. Del patetismo que prefirieron seguir, dándose por vencidos y viviendo una vida sin compromisos que se les salió de las manos. Es testigo del planeta que un día pretendieron salvar; y que con su libertinaje y adicciones terminaron degradando hasta la miseria. Hasta el punto que las futuras generaciones no queremos hacernos responsables de él.

Los mayores hoy buscan en nosotros una responsabilidad que, sin derecho a objeción, estamos obligados a asumir. Pero nosotros sabemos desde el principio que ya no tiene sentido hacerlo, que ya estamos derrotados. La juventud de hoy está cansada de todo este cuento del futuro porque sabe de entrada que será completamente igual a su pasado y a su trágico presente. Se le hiela el corazón con las expectativas que se tienen hacia ellos, y siempre sueña con pensar en qué pasaría si dijera que no. Que no acepta el reto. Por eso su apatía, por eso su egoísmo y resignación. La juventud ya no sueña porque le parece que es más fácil. Porque sabe que todos los sueños terminan cuando la gente despierta y se da cuenta del lugar donde realmente se encuentra. Porque sabe que entre más grandes sean las expectativas hacia ellos, mayor será la decepción.

Este mundo es terrible y el reto de cambiarlo es cada vez más complicado. Pero la humanidad entera tiene las esperanzas puestas en nosotros, y el miedo a defraudarla es tan grande que no nos deja respirar. Estamos desamparados frente a un futuro que nos aterra. Preferiríamos que nos dejaran tranquilos, que no confiaran en nosotros. Porque es más fácil no tener más compromisos que nuestro presente, a vivir con el profundo miedo a que, en el momento de enfrentarnos al futuro, prefiramos huir, en un arrebato de cordura, luego de haberlo dejado todo tirado.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.