Ya son las dos de la tarde y Alfonso Camargo -'Bicho', como le dicen en la calle- apenas se acaba de despertar. Anoche, cuando pasaba por el puente de la 13 con las Américas, decidió que estaba cansado; se echó en el prado junto al puente, se envolvió en su sábana y, luego de fumarse una última bicha de bazuco, se durmió. Los brigadistas del Bienestar Social que me acompañaban me ayudaron a despertarlo.
'Bicho' es un indigente. Un habitante de la calle, como le quieren decir ahora las ONG. Hace diez años, cuando tenía 16, su papá le confesó que era ilegítimo y que por eso le pegaba. "Después de eso, todo se fue al piso", dice. "Lo dejé todo, me salí del colegio y me volé de la casa". Ahora, 'Bicho' es un 'flotante', la modalidad nómada de la indigencia: se la pasa deambulando por toda la ciudad sin un lugar a dónde ir, y se echa a dormir en donde lo coge el sueño. Sus pertenencias son lo que lleva puesto: un pantalón de sudadera, una chaqueta, una camisa, la sábana amarrada al cuello y una maleta raída. No recicla, no tiene cambuche. Tampoco tiene amigos. Sólo está él, a la medida justa de sus necesidades. Con una labia impresionante que le ha ayudado a sobrevivir todo este tiempo.
Para conseguir plata vende poemas a cambio de lo que le den. En un solo día puede ganar hasta 60 mil pesos -a veces más-; pero trata de no hacerlo porque sabe que todo lo que gane, sin importar cuánto sea, se lo gastará en bazuco. Una bicha vale mil pesos en el Cartucho, y en el tiempo en que él vivió allá, alcanzó a fumarse 50 diarias. Por eso ahora se la pasa sin un peso: para no meter. Sólo reúne lo que necesita para un par de bichas -ni el cinco por ciento de lo que metía antes- y el resto del día se lo pasa sin hacer nada. Quiere volver a su casa, con su madre y sus hermanos, pero perdió el camino de regreso. Hace seis meses le dijeron que se habían mudado a otra ciudad, y ahora nadie le da razón de ellos.
Por la comida no tiene que preocuparse: él come a la carta. Los restaurantes siempre regalan las sobras de los platos y solo tiene que escoger en cuál pedir. Además, la ropa, la bañada y la peluqueada las regalan en las Casas de Amparo, así que no es sino esperar a que los días y la calle lo hagan ver miserable, para que pueda volver allá y quedar como nuevo.
Simplemente no necesita dinero para sobrevivir, y eso significa que no tiene que cumplir horarios, que se levanta y se acuesta a la hora que quiera, y que no tiene que dar regalos en los cumpleaños. "El problema de los habitantes de la calle es que no tienen que rendirle cuentas a nadie", dice Víctor, uno de los brigadistas. "Incorporarlos a la vida social significa convencerlos de trabajar y crear hábitos. Y eso a ellos no les interesa".
Pero eso implica que ellos tampoco le importen a nadie. Según los brigadistas, algunas pandillas matan
indigentes como ritual de iniciación, y a veces los restaurantes los desaparecen porque les están afectando el negocio. Por eso, las esperanzas de vida en la calle son inciertas. Un gran porcentaje de la población nacional es indigente. Nunca se enferman porque han generado defensas contra todo, pero tienen presente que en cualquier momento alguien los matará. 'Bicho', por ejemplo, le tiene miedo a la lluvia; porque sabe que si se moja, se morirá de pulmonía.
Luego de dejarse tomar unas fotos, nos dice que se tiene que ir. Guarda los poemas en la maleta, recoge su sábana y arranca a caminar. Yo le pregunto a dónde va, y me responde que no sabe, que simplemente tiene hambre. Pedirá sobras de pollo en alguna Surtidora de Aves y luego seguirá caminando. Tal vez vaya a buscar pistas sobre su madre. Yo saco diez mil pesos de la billetera y se los regalo; pero no me los recibe. Me dice que a estas horas de la tarde, con tal de no meter, prefiere seguir viviendo sin un solo peso en los bolsillos.

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