Hoy Millonarios juega en El Campín. Son las tres de la tarde y no hay casi público, pero los Comandos llegaron puntuales. Los del Junior están en la fila, se hacen sus primeros fieros y el partido tal vez estará bueno. Entre la gritería, John Freddy Patiño, bajito y delgado, con cara de niño a pesar de sus catorce, espera con otros diez muchachos a que los dejen entrar. Ellos son los recogebolas. Nadie se fija en ellos. Dos adultos los acompañan: don Isaac Martínez y su hijo, directores de Flamingos, la escuela de fútbol que se encarga de poner a los recogebolas de El Campín. Los dejan entrar y los ubican en "Gorriones", debajo de la furia de los Comandos. Allí se cambian. Antes de empezar el partido, recogen los balones en el camerino de los árbitros (seis en total, además del que está en movimiento) y luego salen a la cancha a tomar sus posiciones: dos en cada arco, uno en cada esquina y dos en los costados.
Don Isaac fue quien empezó con la tradición de los recogebolas hace cuarenta años, cuando Alfonso Senior, director de Millonarios, preocupado por el número de balones que se salían de El Campín, le propuso ubicar diez muchachos alrededor del estadio y otros diez sobre la cancha, para que los recogieran. Así nacieron los recogebolas. Después remodelaron el estadio y los balones ya no se salían, pero la Dimayor los dejó adentro, les hizo sudaderas y poco a poco la tradición se fue institucionalizando: "Las demás ciudades copiaron la idea. Aparecieron 'alcanza bolas' en otros países, hasta que la FIFA los reglamentó para todo el mundo", dice don Isaac. "Pero le puedo asegurar que esa tradición nació aquí en Bogotá". El partido empieza, los balones salen y ellos los devuelven. Todos saben cómo y en qué momento actuar, como si lo hubieran mecanizado. John Freddy vive en el barrio Francisco José de Caldas. Está en noveno en el colegio Tom Adams y todos lo llaman "Johncito". Cuando no es recogebolas es un niño normal. Se la pasa con sus amigos en la panadería del Francisco José de Caldas, tomando gaseosa y hablando de sus cosas. Luego, un partido de micro, montar en bicicleta, ir a sus primeras fiestas o hablar en el parque de lo que harán cuando sean futbolistas. Saben que muchos de la Mayores empezaron como ellos (Moisés Pachol, Giovanni Hernández, D'alexandro); tal vez ellos corran con la misma suerte.
Y el domingo, al estadio. Ven las jugadas importantes y sus ídolos a pocos metros. Pero si el partido está malo, deben quedarse; si está lloviendo, se mojan; y si se hace de noche, el taxi les cobra doce mil. Han sido testigos de las entradas de los equipos, de la amabilidad de los del Cali, los gritos de Pimentel, la indiferencia de los brasileros y estuvieron en la Copa América. Solo les dan lo del transporte, así que aprovechan las monedas que les arrojan para comprarse algo en el medio tiempo. Al estadio El Campín solo pueden ir recogebolas de entre 10 y 14 años. "Antes no son todavía personas conscientes y después la policía cree que son colados", me explica don Isaac. Les exigen ser neutrales y les prohíben celebrar goles. En otras ciudades, los recogebolas son más problemáticos: se desparecen cuando el local gana y se enredan cuando el visitante tiene que sacar. Por eso, los árbitros están autorizados para expulsarlos cuando quieran, así como para sancionar a cualquiera que se meta con ellos.
El partido estuvo malo. Ellos guardan los balones. Afuera hay pelea, pero atraviesan la multitud como si nada. Total, no son ídolos ni figuras. No les pagan nada, pero entraron gratis, vieron todo en primera fila y jugaron un papel importante. Y aun así nadie los va a recordar ni hablará de sus pases. Eso a John Freddy no le importa: "Este es el premio más grande que le puedan dar a uno", dice. "Algún día podré decir que vi de cerca al Tino Asprilla y que de vez en cuando yo le hacía algunos pases".

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