Después de tres años en K9 Security, el
supervisor Castro cedió su trabajo. Por un día me enseñó por qué ser vigilante con perro antiexplosivos le traía tanta alegría. y un salario mensual de $800.000. Manejador canino Rodríguez era mi nuevo cargo bajo el mando de Castro, quien mientras me iba uniformando me dio un cursillo rápido de alemán para aprender los comandos básicos caninos. Después de ponerme un overol y una cachucha poco hormada, me miré al espejo, esperando verme como los detectives caninos de alguna de esas películas ochenteras que pasan una y otra vez en matiné Caracol. Parecía más bien ayudante de montallantas, al menos hasta que me dieron una reata y un chaleco reflectivo. Me sentí imponente, como si fuera un policía de la Gestapo, listo para manejar a dos pastores alemanes a la vez. Seguramente Castro no se siente así cuando se mira al espejo. Castro es un moreno fornido de voz gruesa, con unas gigantescas manos. Poco después iba a entender los beneficios de tener semejantes palmas.
Con la pinta puesta, caminamos por el Centro Comercial Atlantis hasta llegar al techo. Y, claro, perro colombiano que se respete tiene que dormir en el techo. En refugios de madera había veinte animales; salieron pastores alemanes, labradores y bóxers que Castro aseguraba eran puros (aunque Darwin se retorcería en su tumba si los viera). "Ellos tienen entrenamiento antiexplosivo, no en defensa personal. Fresco que no muerden", me explicó. Los activos vivientes trabajan durante cinco años y cuestan tres millones. uno que otro puede valer hasta cinco millones, dependiendo de su grado de entrenamiento, ya sea en explosivos, narcóticos o búsqueda y rescate.
"¿A quién prefiere, a Luker o a Judas?". Evidentemente escogí a Luker, ya que prefería evitarme futuras traiciones. Además, Luker era un labrador retriever color chocolate que me recordó a Canela, el único perro que ha habido en mi casa y que "mandaron a una finca", por preferir tener gatos. "Mandar a la finca" o "poner a dormir", es la misma forma en que las mamás le dicen a uno tiernamente que nunca más va a volver a ver a su perro.
Empecé con la rutina diaria: revisé el estado del perro, lo peiné un par de veces, cambié la correa y le puse un chaleco. Y bajamos a calentar. "Ese siempre se echa una cagadita apenas baja", dijo Castro. "Se va a poner jodón". Sin haber salido del ascensor, Luker ya me estaba jalando por todas partes, y aunque cualquier niña "bien" de Bogotá saca a su labrador al parque sin problema, este estaba acostumbrado a las "manitos" de Castro, que hablaba con algunos de la empresa mientras yo hacía el oso en plena 81. A los perros los llevan a una esquinita de pasto donde van al baño. Empezó a orinar como loco por todos lados, dizque para marcar territorio (aunque lo único que marcó fue mi zapato) y al momento de hacer del dos, literalmente dejó un mierdero por todas partes. Antes de salir de la zona del desastre, Castro, con sonrisa picaresca, me entregó una bolsa con la cual tenía que recoger el bollo recién salido del horno, como alcancé a sentir gracias a la finura del plástico.
Luker seguía arrastrándome por todas partes y solo se tranquilizaba cuando Castro le hablaba en voz alta. "A los perros no se les puede dar la delantera. Uno siempre tiene que ir al frente, dominante, si no le van a mamar gallo todo el día". Por muchos pasos acelerados que di, igual me mamó gallo todo el día y hasta me ampolló las manos.
Pasamos a un entrenamiento básico; en el sótano escondieron cable detonante para que Luker lo buscara. Primero se le muestra una toalla envuelta, que es su recompensa -con la cual los perros fueron entrenados desde los seis meses para asimilar el encontrar explosivos con el juego. Los perros pueden percibir entre cinco millones de olores y estos están entrenados para distinguir unos 350 olores claves, como el Anfo, la Pentonita o el Indugel. Después se esconde el explosivo en algún carro. Con un chasquido de dedos empieza la exploración de rines y chasis de varios carros hasta que el perro descubre el explosivo y muy calmadamente se sienta. Es la señal de que encontró algo. Hay que felicitar al perro, darle su premio y zarandearlo por el aire. Castro dio un ejemplo que parecía divertido, pero cuando me tocó a mí levantar a Luker del piso y moverlo de un lado a otro mientras mostraba sus encías sangrantes, me hizo pensar de nuevo en las gruesas manos de Castro que seguramente ni sentirían una mordida.
Era momento de empezar a revisar el primero de los cien carros que Luker tendría que inspeccionar (llegan a 150 cada día del fin de semana). Cuando paraba un carro, lo primero era apagarlo, para que el CO2 no confunda sus células quimiorreceptoras; mientras tanto, Luker se subía a olfatear el equipaje y después, el exterior del carro. Siguiente auto: el conductor entregó sus llaves para que lo abriera, pero me sentí limítrofe después de diez minutos tratando sin poder lograrlo. De ahí en adelante le fui cogiendo el tiro. La verdad, le ponen más atención a Luker, por miedo de arrancar y atropellarlo, que al vigilante. Hay gente que se rehúsa a abrir el baúl y se les debe negar la entrada al centro comercial. Castro contó que un día tuvo que revisar unas maletas sospechosas, y le respondieron: "Eso pasa por poner negros a trabajar en sitios decentes". A pesar de la molestia, Castro siguió la inspección y le deseó buenos días al señor. Sin embargo, la ofensa común en este trabajo es la señora estrato 9 que reclama a hijueputazos porque uno le cerró el baúl demasiado duro o muy pasito.
Sentí terror cuando en una de las requisas Luker pasó por el bumper del carro y regresó. Se quedó olfateándolo detenidamente y su comportamiento empezó a cambiar. "Ay de que este gozque se llegue a sentar", pensé. No tenía ni cinco de ganas de ser el héroe del día. "Fijo algún perro se meó en el carro y por eso se queda olfateando", me dijo Castro. Nunca han descubierto explosivos en Atlantis y esperan que jamás pase; no obstante están entrenados para controlar la situación y tienen comunicación directa con la Policía Nacional. Preocupa saber que existen sustancias, no reveladas por asuntos de seguridad, que pueden ocultar los olores de los explosivos haciendo que los perros no los detecten.
Luker y yo pasamos por la entrada principal para evitar que vendedores ambulantes estuvieran bloqueando los ingresos. Todo bajo control. Luego entramos al centro comercial a hacer una revisión exhaustiva de las canecas que tuvieran demasiados papeles o que estuvieran mal ubicadas. Nos demoramos un poco porque Luker tenía miedo a las escaleras eléctricas y el único poder humano que lo convenció fueron las infalibles manos de Castro, que le dieron ánimo al protagonista acobardado. Tan asustado estaba que se orinó en una vitrina, pero creo que nadie se dio cuenta.
Por último, entramos a los baños; debió de haber sido un gran fastidio para Luker, porque yo -que tengo 50 veces menos células olfativas que los perros- casi me muero por el olor que había en ese momento. Se revisan canecas y sanitarios, sobre todo si están con la tapa abajo, en cuyo caso no se debe levantar manualmente sino poner al perro a olfatear, porque si llegara a haber algún explosivo que reaccionara al movimiento, "usted se llamaba." me aclaró Castro.
Viendo que todo estaba en orden y que el turno de Luker había concluido, volvimos al techo. Ahí le di a Luker su ración diaria de concentrado y muy hambriento se botó sobre el plato. y sobre mis manos. "Piensa que usted le va a quitar la comida", dijo Castro, y hasta a él le gruñó cuando acercó una de sus ya no tan invencibles manos. Después de mi día con Luker me despedí de lejitos, agradecí al supervisor Castro, conté mis dedos, revisé de nuevo mis falanges y terminé en mi casa pegándome un duchazo, porque olía a perro.

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