Danielito,
el delfincito


Por Andrés Camargo

En los círculos sociales más exclusivos de Colombia siempre les ha gustado rajar del prójimo. Como tema especial y suculento está el de los desadaptados vejetes harlistas. El apreciado director de la revista SoHo, 'Danielito', nos aborrece por ruidosos, desadaptados,
inmaduros, iletrados y, algunos, prostáticos.
Como toda polémica es sabrosa, le quiero dar algo más de que hablar, para que cuando raje, raje completo.
No es que nosotros los harlistas también pensemos mal de usted porque, como lo dicen por ahí los mismos de su selecta especie, es "un joven entrado a viejo, que es un delfín, que remueve las aguas del país a punta de morbo y obscenidad o que es un yuppie rebelde que se niega a aceptarlo".
Simplemente, las cosas entre más diferentes son más se parecen. He aquí unas perlas: usted impulsa la circulación de esta gran revista con unas bellísimas 'modelos', pero cuando hablamos de nuestras 'chicas Harley' simplemente son un montón de lobas. Qué casualidad que entre ellas estén Rudy Rodríguez, Catalina Aristizábal y Amada Rosa Pérez. Esto querrá decir que cuando trabajan para SoHo son 'modelos' y cuando trabajan para Harley son... lo contrario.
Tal vez nos podemos ir por otro lado. Si de grandes ligas se trata, en la portada de la revista Poder & Dinero (noviembre de 1997, número 52) aparece el reconocido titán industrial de Colombia, Jimmy Mayer, quien al retirarse de la actividad industrial dio, gracias a su moto, un revolcón total a su vida, la cual le permitió disfrutar de esta pasión. Por el lado de los notables, tal vez le suenen estos nombres: Dwight Eisenhower, Charles Lindbergh, Bill Clinton o ejemplos más cercanos: en la portada de la revista Diners (enero de 1998), Isaac Lee, ex director de la revista 'madre de SoHo', Semana, aparece raudo y orgulloso en una flamante Harley-Davidson Heritage Springer, edición especial conmemorativa de los 95 años.
Obviamente si de ejemplos de grupos de publicaciones se trata, creo que Mr. Malcolm Forbes es la tapa de todos: inmemorable y asiduo harlista que se caracterizó por recorrer el mundo en una de nuestras motos acompañado de la legendaria Elizabeth Taylor. ¿Será, amigo Daniel, que usted está por el camino de volverse harlista y simplemente no lo quiere aceptar? No se preocupe, que solamente lo queremos alentar.
Usted debe pensar que en lugar de hacer tanto ruido nos deberíamos comprar y leer un libro, pues le contesto con las palabras de un hombre muy sabio, un poeta, con extensa formación académica, a quien nosotros admiramos mucho: "Cada día me doy cuenta de que me tengo que des-educar para poder disfrutar de las cosas más bellas de la vida". Simón González, ex gobernador de San Andrés y Providencia, y su moto Harley , 'Rayo de Luna'.
La verdad sea dicha, las personas nos tienen todo tipo de calificativos, malos y buenos. Creo que es lo que menos nos importa. Simplemente vale la pena recalcar, para sus lectores, que no somos todos malos, que detrás de todo este cuento hay algo más que una modita de fin de semana. Son cien años de historia, tradición y aventuras que estamos celebrando. Esto es toda una cultura, un estilo de vida en el cual se trata de disfrutar de las cosas más sencillas como son el viento, los paisajes y, lo más importante, la libertad...
El ruido nos caracteriza ya que es la música que produce este motor que conquista nuestro corazón. Este pedazo de metal forjado es una escultura al ingenio humano, a la aventura, y un premio a la perseverancia de todo motociclista que ha trabajado muy duro para alcanzar este sueño.
Esto no se trata de hombres pasados de edad buscando aventuras con veinteañeras ávidas de libertad, sino de esa poesía que se escribe en el pavimento a través del camino de la vida, de las vivencias que nadie nos puede quitar.
Recuerde, querido amigo Daniel, tetas son tetas, ya sea en SoHo o en Harley. Simplemente creo que nos parecemos más de lo que usted se imagina. Como consejo le recuerdo que cuide su próstata ya que usted permanece, al igual que nosotros, mucho tiempo sentado, pero se divierte un poco menos.

Ruidosos y decrépitos

Por Daniel Samper Ospina


¿Hay alguna cosa más patética que un anciano en sudadera? ¿Hay algo más deplorable que un niño de cinco años que recite a Béquer, un joven de quince que hable de política, una mujer de cincuenta borracha y sola dentro de un bar?
Yo creía que no. Sin embargo, gracias al señor Andrés Camargo, me di cuenta de que mi visión de mundo era muy estrecha.
Gracias a él aprendí una infinidad de cosas. La primera de ellas es que el ridículo, en el ser humano, no tiene límites. Y que al lado suyo un anciano en sudadera es un gesto de buen gusto.
Camargo tiene casi cuarenta años y, al menos en términos intelectuales, los disimula muy bien: parece de quince. Se tapa la calva con pañoletas y en lugar de medirse los triglicéridos anda preguntándose qué tatuaje se le ve bien en el antebrazo.
A mediados de agosto le dio por avivar un encuentro de harlistas en Bogotá, y todos ellos, con esa arrogante actitud de mafiosos que los caracteriza, y esa forma de beber en la calle haciendo alboroto, y esa manera ramplona de estar en cada establecimiento como si no hubiera más gente, se tomaron la ciudad por un fin de semana, y la hicieron insoportable. Para ellos, el asunto era una expresión de libertad: como si la libertad nuestra, la de los demás, pudiera ser pisoteada por sus ínfulas de pandilleros viejos.
Esos días pude verlos de cerca. Detrás de Camargo había una estela bochornosa de viejos descuartizados por el tiempo, ruidosos y decrépitos, subidos en los escombros de sus motos, con mujeres jóvenes que los agarraban de la cintura, a los que se les notaba un preocupante desdén por asumir la edad en la que estaban.
Mi primera reacción fue explicarles que andar con jovencitas a su edad no los convierte en machos ardientes, sino en viejos verdes; que pregonar hasta el fin del mundo que están estrenando motos no los vuelve hombres sabios, sino nuevos ricos infernales; que vestirse con cadenas y cueros más allá de los cincuenta años no los hace modernos, sino lobos.
Desistí cuando supe que su líder era este señor Camargo, hombre profundo y sabio al que quiero imaginar leyendo a Borges, mientras cuadra unas bujías en su almacén de motos.
No valía la pena buscarles asistencia con semejante genio como guía. Debe tener un estrato intelectual muy alto como para alentar a estos señores a que en lugar de
chequearse la próstata, favorecerse con el Plan Canitas o leerse un libro, anden por la T atragantándose de tequila.
Lo que pasa es que para el doctor Camargo, que debe esperar clientes en su taller mientras se despacha los escolios de Gómez Dávila, la vida es diferente. No hay madurez posible. Vive en la parte trasera de los años. Y aun enfrenta a quienes dudamos de su posición.
Dudamos con cosas pequeñas, claro. Por ejemplo: ya que viven con ese desfase de madurez, ¿qué hacen los harlistas cuando cumplen 80 años? ¿Aplican a una universidad? ¿Se compran su primer vestido? ¿Tratan de escoger a una mujer que los acompañe por el par de años que les quedan por vivir?
Siempre he imaginado que debe ser tenebroso ser hijo de un harlista. ¿Cómo disimularía uno delante de los amigos cuando entra el papá, alicorado, tambaleante, con una lobita detrás y el casco en la mano? ¿Diría, restándole importancia a la situación y con una risa fingida, "ese papá... está pasando por una edad terrible. Ayer nos llamaron de la oficina porque se había volado en moto a Suesca con sus amigos"?
Espero que el señor Camargo, quien, supongo, discute las tesis de Kierkegaard mientras examina un radiador, me disculpe desde su altura intelectual. Pero nunca entendí a los harlistas. Siempre he sospechado que todos debieron de salir del José Joaco. Que las mujeres que los acompañan en realidad son sus enfermeras. Y que se ponen esas chaquetas largas para esconder sus sondas.
No hay nada más egoísta y hostil que unos harlistas reunidos, por finos que sean sus apellidos. Se creen los dueños de la calle. No les importa molestar a los demás con sus bramidos, como si fueran los sicarios del sonido. Por eso sueño con que mi madurez sea la lectura, la pana, el parque con los hijos. Y pido que mi vida adulta nunca vaya a ser un payaso deprimido; una disfunción disimulada; una mujer atada a mí por la parte de atrás y no la de adelante.

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