¿Andrés otra vez?

por Proyecto Sayaka


Sábado 7:00 p.m. La pálida escena nocturna bogotana nos obliga una vez más a emprender el tortuoso camino hacia Chía, con los innumerables obstáculos que eso implica. Nos disponemos una vez más a someternos al desfile.
Como era de suponer, la entrada de Andrés Carne de Res está imposible. Una jauría de energúmenos se disputan el privilegio de estar incómodos durante las siguientes horas. Nada más rico que todo el mundo se lo restriegue a uno durante un buen rato. Después de la experiencia aritmética que significa parquear y de la interminable fila en busca del corazón, todos se disponen a entrar al bus urbano más costoso del país.
Mapa social de Andrés: pasando la registradora de bus a la izquierda, encontramos el edén del traqueto. Mesas altas, butacas, cadena de oro, camisas de seda abotonadas hasta arriba del ombligo, la mami mejor conocida como prepago, bulla y ríos de Buchanan's. En el ombligo del lugar se halla todo el jet-set y la 'farsándula' nacional, todos los que son y los que pretenden ser importantes en este país. En pocas palabras, los pocos que son amigos de Andrés, y los muchos que morirían por serlo vaya a saber uno con qué intención. El lambón, el empresario, el diseñador, el artista, el bohemio, el actor, el que cree que es actor, en fin, una amplia gama de nuestra nutrida fauna. La ampliación merecería el nombre de 'Andrés teens' o 'la clientela del futuro'. Allí habitan todos los hijos de la oligarquía nacional que buscan jugar a ser grandes, embrutecerse y armar tropel.
En Andrés hay que hacer lobby hasta para ir al baño y, como si eso fuera poco, encontrar dónde sentarse es toda una odisea. Los que tienen la fortuna de sentarse, no deben descuidar su puesto, a riesgo de hallar a su regreso a algún comensal despistado tomándose su trago. Menos mal no soy mujer para no entrar en la pugna por un puesto en algún sanitario.
Ni hablar de que al estar intentando bailar, algún mesero barbado lo roce a uno con una palangana de carne y la ropa quede por siempre oliendo a cocina. Los teatreros disfrazados de travesti, de borracho o de recién levantado son suficientes para arruinarle la noche a Pacheco y, sabiendo que su cometido es amargarlo a uno, al ver que lo cumplen se ensañan más. Otros que me encantan son los caballeros de seguridad disfrazados de Mario Bros. haciendo apariciones esporádicas entre el tumulto, y Tarzán, el modelo/mesero perrata con su inconfundible sello, el look 'no conozco el jabón'. Qué agradable es ser atendido por un muchacho tan bien presentado y de aseo tan impecable.
Llegó la hora del terror: Andrés se apoderó del micrófono. Saludo va, saludo viene. que la reinita, que el descaderado, que hoy nos acompaña Cabas, que hace dos meses cumplió Lady Noriega, en fin, un monólogo interminable que interrumpe la canción que todos querían bailar y que no van a volver a poner en el resto de la noche. El delicioso abuso del poder elevado a su máxima expresión. Una de las ventajas de saber que se tiene a todo el mundo como borregos atrapados en la palma de la mano por sécula seculórum. (La selección musical es un tanto confusa: ¿Zorba el Griego a la una de la mañana? ¡Por favor!)
El teatro de la noche se dispone a reposar. Por los pasillos aún deambulan algunos borrachos que no han acabado de saludar a su lista de ilustres conocidos y, ya sin un centavo, se prestan a aventurarse por una Autopista Norte plagada de una recua de animales cual más alicorado y asesino que el otro. En la puerta de salida los espera el caldo del consuelo.
¿Por qué volvemos una y otra vez? Muy simple: Andrés es la mentira mejor echada de este país. Vende ilusiones que la gente se mata por comprar y, al final de cuentas, las leyendas, los mitos, las instituciones son imposibles de desbancar. A los amigos uno no los quiere por lo que son sino a pesar de lo que son. Lo mismo pasa con los lugares. Una venia al señor Jaramillo.

No a Sayaka

por Andrés Jaramillo


Ellos, cuatro párvulos que ni suman los 33 pecados que ya cometí; yo, ya condenado, crucificado y resucitado, buscando bronca donde no existe motivo aparente ni viento que levante polvo, rebusco en mis bajos instintos la manera de que les suene la campana y despierten de sus sueños de niños para dejarlos nocaut en las primeras de cambio. Y qué hago, si ni a mi lado tengo a los imberbes camorreros, amigotes de gallada, lo que le falta al uno se lo presta el otro, en complejo rompecabezas, siempre incompletos, armándose a pedacitos para aparecer como el príncipe azul de la rumba sin ni siquiera colmar el gusto por el gusto del estómago de sus visitantes, pretendiendo ser el rey sibarita de un palacio sin mozos, andrógino, minimalista, asfixiante y de pegajoso jolgorio, de escalera de concreto inacabada que pretende ser la escalera que lleva al paraíso, con vigilantes nocturnos de cuello de pajarito de palacio desencantado y en decadencia, sordo y mudo, coloreando de baratas luces de neón que no dejan ver los ojos de luz de sus descubridores, subterfugios de la modernidad, medidos obsequios con el visitante de turno, patrocinados hoy por la marca que ilumina, mañana ya no importa, negada la entrada a la chica que no es de moda, pero que con reverencia entra de brazos con el rey que toca, palacete sin jardines y de los carruajes, menos, ¡que se jodan! "No es nuestro problema", entonan en coro. Un niño de la calle de ojos negros de príncipe azul, a cambio de rosas "para la mona", ¡una limosnita nada más! "Yo se lo cuido, mi señor", y yo que me creo rey, una moneda le doy, que ojalá de oro fuera, dice mi corazón.
Salido por fin de aquel alboroto, trastabillando por una copa de más, descendiendo de pies por aquella escalera que ni sube ni baja y ascendiendo de cabeza levanto los ojos y me estrello con otros ojos, todos, ¡divina comedia!
Esto pasó en esa esquina, en un instante, en una noche, allá, a la Sayaka volveré, a coronar, a darnos la mano, de rey a rey, a los cuatro en uno, en su Sayaka, palacio de la luna, del rey de Chía, luna de luna, reconociendo que apagas tu corazón para entrar en el mío, eso habla bien de tu corazón generoso.

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