Sexo contra naturaleza

por José Galat

Apreciado señor Felipe Zuleta: Usted, con sus escritos en El Espectador, ha pretendido invalidar las razones de quienes nos hemos opuesto al proyecto de ley de la senadora Piedad Córdoba, que buscaba legalizar las uniones de homosexuales. Para ello, usted usó toda clase de epítetos injuriosos contra nuestras razones -no mitos ni prejuicios retrógrados-. Usted se valió de alegaciones llenas de fanatismo y ayunas de sabiduría. Pareciera que usted fuera uno de aquellos que han dejado "aprisionar la verdad con la injusticia de sus pasiones", para decirlo con la frase cortante del apóstol San Pablo.
Con el propósito de sostener sus necedades, usted se burla de Dios, de su Iglesia y del Papa, de nuestros obispos y de este su servidor. Usted injurió a tutti quanti. Y lo más lamentable es que con sus insultos y denuestos usted cree haber dicho verdades.
No le responderé a usted en la misma forma. Ante todo, por respeto a usted mismo, como a todos los que se vanaglorian de aquello que más bien les debiera causar vergüenza. Bien sé que hay que amar al que yerra, pero no aprobar sus desviaciones y extravíos. Ahora sí, señor Zuleta, permítame decirle, con todo cariño, que nuestro rechazo a las prácticas homosexuales -no a las personas de los gays y de las lesbianas- se funda, ciertamente, en nuestra fe cristiana. Pero esta fe se apoya firmemente en razones científicas.
En efecto, el homosexualismo no es malo porque lo prohíba Dios, sino que Dios lo prohíbe porque es malo. Y preguntará usted, ¿por qué es malo? Principalmente porque es contrario a la naturaleza.
Sabemos que contraría la naturaleza, porque
además de Dios y la fe, es la ciencia humana la que lo proclama con elocuencia. Así, por ejemplo, la anatomía, que nos muestra cómo lo masculino y lo femenino, tanto en la especie humana como en la de los animales superiores, no obstante su disparidad, se complementan de modo admirable.
La fisiología, señor Zulta, habla igualmente de la complementación. Por ejemplo, al producirse lubricación en el órgano femenino con el fin de facilitar la penetración del masculino, en el coito. Esta función lubricadora no se da en el recto, que ante todo está diseñado para expeler, no para recibir. Y en caso de que se pretendiera forzarlo a recibir, no dejan de producirse en él grandes destrozos y contaminaciones inconvenientes.
La biología y la genética señalan, también a gritos, que la ley fundamental de la vida es reproducir la vida, finalidad que no se cumple cuando dos seres del mismo sexo se unen. La esterilidad es su impronta. Y esto va en grave menoscabo de la continuidad y conservación de la especie.
En el estado actual de nuestros conocimientos científicos, la genética no ha revelado que haya predisposición innata al homosexualismo. Por el contrario la sociología, con la valoración de los ambientes de vida y la psicología, con la elucidación de las consecuencias de los conflictos familiares entre padres e hijos, son ciencias que dan claros indicios sobre la génesis del homosexualismo, señalándolo como desviación y perversión y grave pérdida de identidad.
Libros clásicos, como las biografías de Los doce césares, de Cayo Suetonio y los Anales, de Cornelio Tácito, comprueban la degeneración y decadencia de los romanos a partir del momento en que se dedicaron a replicar, primero en la corte y después multitudinariamente, el entonces llamado 'vicio griego', que mucho antes llevó a la decrepitud de los propios helenos.
Los testimonios de estos dos notables historiadores -paganos, por cierto y no cristianos- corroboran como tristes y aberrantes realidades -no como mitos ni prejuicios, señor Zuleta- los que el apóstol San Pablo de Tarso denunciara en el capítulo primero de su epístola a los romanos, que convendría que usted leyera y meditara.
Invoco a Dios, en quien usted poco parece creer, para que lo ilumine y saque de sus errores.


Perdónalos, Señor

por Felipe Zuleta

La decisión de archivar el proyecto de ley que le reconocía algunos derechos a los homosexuales por parte del senado es, de lejos, un acto que pasará a la historia por ignominioso.
Esta fue, sin duda alguna, una repugnante muestra de la más rancia intolerancia y godarria. Por supuesto los personajes, que lideraron el hundimiento del proyecto fueron José Galat desde la 'academia' y Enrique Gómez Hurtado desde el Congreso.
A Galat y a Gómez los caracteriza una homofobia perturbadora, aquella que suele manifestarse en muchos de los gays antes de salir del armario o, peor aún, la que se desarrolla cuando una persona que es gay se queda encerrada en el clóset consintiendo su amargura e infinito rencor contra los abiertamente homosexuales, con la añoranza de lo que pudo haber sido y
no fue.
El señor José Galat, que se precia de ser académico y en tal calidad es rector de una universidad, todavía no se ha dado cuenta de que la comunidad científica internacional eliminó hace más de 30 años al homosexualismo del listado de las enfermedades o trastornos mentales. Esta carencia sumada a sus recónditas pasiones, a los entuertos de su alma perturbada, a los desvaríos y desastres que producen la vejez y a las creencias católicas, apostólicas y romanas, explica por qué él cree que los gays, amén de pecadores, son unos pervertidos. Con profesores así, lo mejor es no ir a la universidad.
Es claro que la Biblia, el libro de libros, la guía de la humanidad y el faro de la sabiduría y la caridad cristianas, ayuda a acentuar la ignorancia de personas como Galat y Gómez Hurtado. Para la muestra la siguiente perla: 1 Corintios 6:9. "¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis... ni los afeminados, ni los que se echan con varones... heredarán el reino de Dios".
Así pues si los gays no pueden heredar el reino de Dios, al menos deberían tener el derecho a vivir felizmente mientras estén en este mundo, que para los Galat, los Gómez y los creyentes no es nada distinto que un tortuoso camino lleno de sufrimientos, sufrimientos que nos abren la puerta del cielo.
Personalmente creo que si para llegar al cielo uno tiene que casarse por lo católico, tener hijos cada vez que tira, aguantarse a la suegra los domingos, ir a misa, hacerle venias al cardenal Pedro Rubiano, educarse en colegio de curas, ser amigo de Enrique Gómez y, peor aún, saber que cuando se muera se encontrará con todo el séquito de godarria allá arriba, en el supuesto reino de Dios, entonces a mí que me manden al infierno con Oscar Wilde, William Shakespeare, Miguel Ángel y Alejandro
Magno, en donde estoy seguro pasaría un tiempo maravilloso. Además, de golpe me encuentro allí a uno de mis profesores de religión, sacerdote él, que después de haberse retirado se levantó los hábitos y se fue a vivir con su novio. Y pensándolo bien, también me encontraría con muchos otros colombianos con apellidos tan importantes como el Gómez.
Por último solo me queda pedirle al santísimo que perdone a los decimonónicos señores Galat y Gómez porque no saben lo que hacen, pero sobre todo que, por moralistas, no saben de lo que se pierden.

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