Plinio en los infiernos
Por Antonio Caballero
Me piden que escriba algo sobre Plinio Apuleyo Mendoza. Una crítica. Ah, ¿un artículo explicando por qué Plinio es un horror? Sí, eso.
Así que escribo esto. Y empiezo citando un texto de Plinio de hace veinte años referido a una conversación que mantuvo con su padre hace cuarenta. Plinio padre, que sabe que pronto va a morir, quiere traspasarle a Plinio hijo su acción del Jockey Club de Bogotá, según él, el mejor sitio para hablar de política y de negocios mientras se saborea un estupendo ajiaco. Pero Plinio hijo la rechaza:
-Viejo -le dice, con cariñosa firmeza-, siempre se ha dicho en este país que los que son izquierdistas a los veinte años, a los cuarenta aspiran a ser socios del Jockey Club. Quizás una excepción a la regla no esté mal.
Excepción que iba a ser, naturalmente, el propio Plinio el joven, que por aquel entonces se consideraba un rebelde romántico y llevaba en Europa una vida de intelectual bohemio en el exilio. Pero no: volvió a imponerse la regla. Muy pronto el joven Plinio experimentó una conversión tan radical como la de San Pablo en el camino de Damasco, pero no al cristianismo, como aquel, sino a la burguesía. Una mañana despertó con la añoranza desesperada de aquella acción del Jockey Club que tan alocadamente había dejado pasar delante de sus narices, y por el resto de su vida se dedicó con todas sus fuerzas a recuperarla. Tal vez fue André Gide el que dijo que "hay que seguir la propia inclinación, pero hacia arriba". Plinio ha seguido la suya, sí, pero cuesta abajo, como quien se echa a rodar a botes al abismo.
Y así, de tumbo en tumbo, de lambonería en adulación, de artículo de compromiso en artículo de encargo, de agregaduría cultural en embajada en Roma, de amigo millonario en amigo presidente, de amigo paramilitar en mujer hermosísima (es curioso: Plinio, de creerle, sólo ha conocido mujeres hermosísimas y personajes de fama universal; unas y otros lo adoran a él), de tumbo en tumbo, digo, acabó Plinio siendo lo que es ahora: embajador de Portugal.
Él hubiera preferido Francia. Pero bueno: más vale pájaro en mano. El resultado de esa decadencia, devastadora como la descrita por Wilde en El retrato de Dorian Gray, puede leerse en el rostro devastado de Plinio. Como decía Pavese, a partir de los cuarenta años todo hombre es responsable de su propia cara. Y las etapas de su itinerario pueden seguirse al hilo de sus libros. O, mejor, al hilo de sus títulos, todos ellos resueltamente autobiográficos: El desertor, Años de fuga, El perfecto idiota latinoamericano.
Es una lástima. Pues la verdad es que Plinio tenía todas las condiciones necesarias para ser otra cosa. Un gran escritor, por ejemplo. Tenía la inteligencia y el talento, el humor y la cultura, y el dominio de la palabra. De todo eso se pueden todavía encontrar retazos en sus artículos de prensa o en sus libros de chismes. Pero le faltó perseverancia, y se dejó dominar por la sordidez de sus más bajos apetitos: las ganas de probar un estupendo ajiaco en el Jockey Club. Y sin embargo no creo que, pese a las apariencias, esté de veras satisfecho: buscando el paraíso en la Tierra ha terminado en el infierno.
¿En cuál de los Círculos del Infierno hubiera puesto el Dante a Plinio, de haberlo conocido? ¿En el primero, ese tedioso limbo de los que no conocieron la verdadera fe? ¿O en el Segundo, el de los pecadores de la carne? Pero habría que saber si Plinio ha amado alguna vez. Tal vez le correspondiera un lugar en el Tercero: el de los envidiosos, los ávidos, los voraces, los glotones: ese ajiaco en el Jockey. O en el Cuarto, con los despilfarradores del propio talento; o en el Quinto, con los coléricos y los rencorosos. Quizás no en el Sexto, donde moran los herejes. Pero sí, con sobrado derecho, en el Séptimo, a donde van los violentos, porque toda su vida ha sido Plinio un apóstol de la violencia: la violencia de extrema izquierda en su alocada juventud, y la de extrema derecha en su edad madura de converso. Y aún mejor estaría en el Octavo Círculo, el más poblado del poema dantesco: el de los tramposos, los lambones y los aduladores, los hipócritas, los mentirosos, los falsarios, los simuladores.
El que más le conviene, sin embargo, es sin duda el Noveno y último Círculo infernal, en la mismísima triple boca de Lucifer, siendo incesantemente masticado en compañía de Judas Iscariote, que traicionó a Cristo, y de Bruto y Casio, que traicionaron a César. Pues el pecado capital de Plinio es el más terrible: se traicionó a sí mismo, como Ángel Caído.
Y esa traición -por un plato de ajiaco- no tiene la nobleza grave de un lúcido suicidio, sino la deshonrosa alevosía de un asesinato por la espalda.



Caballero y sus alacranes
Por Plinio Apuleyo Mendoza
Algunos lo encuentran temible. Otros, genial. A mí, francamente, no me parece ni lo uno ni lo otro. Como debe ocurrirle al propio Felipe López, observo el caso de Antonio Caballero con una mezcla de divertida tolerancia y de humor. Antonio me recuerda a esos perritos que ladran con estrépito a quien le pase por delante, pero más por susto que por ferocidad. Siempre he sospechado que el veneno que segrega cada nota suya encubre una visceral timidez. Lastimado por ella, Caballero le tiene cazado un vengativo desquite al género humano.
Por vecindad política, comparte con los mamertos la manía de ponerles rótulos infamantes a quienes no piensan como él. A mí me llama derechista o ultraderechista, arribista y amigo del capitalismo salvaje. O, convertido en juez de belleza masculina, me acusa de tener orejas grandes. Es poco si se tiene en cuenta, en otra escala, que a Eduardo Santos lo ha calificado de mediocre, a Alberto Lleras y a López Michelsen de presidentes insignificantes, a Misael Pastrana y a Turbay Ayala de corruptos, a Uribe Vélez de incompetente porque aún hay muertos en Colombia, a Hommes de doctor Jeckill del neoliberalismo, a Bush de émulo de Hitler por haber sacado del poder al bueno de Sadam Hussein, y a Londoño no se diga.
De sus diatribas sólo se escapa Abdón Espinosa Valderrama, porque comparte con él la misma fobia contra el modelo de desarrollo liberal. Se quedaron ambos en el pasado, imaginándose que son todavía de vanguardia. Abdón es fiel a los dogmas de la CEPAL y a los monopolios estatistas. Antonio, a los del izquierdismo elemental de Alternativa. Sus compañeros de entonces abandonaron, con las primeras canas, la vulgata marxista de su juventud. Impávido ante el óxido de sus credos, Caballero tiene, en cambio, la misma aversión de entonces por el capitalismo, la burguesía, los norteamericanos, las corbatas y la máquina de afeitar. Hubiese querido conservar también el pelo largo, pero se le cayó (como a mí). Eso explica que por dentro parezca un eterno adolescente y por fuera, un hippie viejo.
Políticamente, representa el personaje que con Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa tipificamos en el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano. Para saber quién lo era y quién no, Montaner hizo un test con una docena de preguntas. ¿Seríamos pobres porque las potencias capitalistas saquean nuestras riquezas, por la voracidad de los inversionistas extranjeros, la globalización o las condiciones de usura del Fondo Monetario Internacional? ¿La mejor manera de acabar con la miseria extrema sería expropiar de sus bienes a la oligarquía y repartir esa riqueza entre los pobres?
Claro que las respuestas de Caballero serían afirmativas. No todas, pues, reacio a cualquier autoridad, nunca ha digerido bien las revoluciones redentoras. (La izquierda en él, como el cepillo de dientes, es de uso estrictamente personal). Así que en vez de doce puntos, tendría sólo unos ocho de respuestas afirmativas lo que, según Montaner, no lo clasificaría de perfecto idiota sino apenas de idiota a medias, vale decir, políticamente hablando, de medio idiota, minusvalía que podría corregir leyendo mejor a Eduardo Galeano, los sermones de Fray Betto y los poemas de Cardenal.
Sus diatribas, por supuesto, no corren por cuenta solo de sus regresiones ideológicas, sino también de los alacranes que trae desde la infancia. ¿Será verdad que ve en el poder de Estados Unidos una representación a escala planetaria de una odiosa autoridad paterna que quería hacer de él un diminuto bailarín de flamencos y danzas sevillanas? ¿O realmente, como ya lo dije otras veces, le dieron su primer teterito con un chupo envenenado? Un psicoanálisis pondría estas cosas en claro. Pero no se lo recomiendo. Caballero sin alacranes dejaría de ser Antonio Caballero. Tendría, al fin, algún amigo, pero no lectores.

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