Piel canela: no está mal el nombre. Es en el 7 de Agosto. Apunto el teléfono. De la variada oferta de los clasificados de El Tiempo, sección masajes, parece ser un sitio intermedio, ni muy caro ni muy barato, ideal para lo que estoy buscando: llevar a una puta a comer a un restaurante superplay. ¿Una puta intermedia? Bueno, no sé, a veces son las mismas que se desplazan por la ciudad y varían sus tarifas de acuerdo con el sector: en el barrio Santa Fe cobran $50.000, en Chapinero $100.000 y en la 127 pueden llegar hasta $200.000. De todas maneras el sector Santa Fe ya es demasiado para mí y lo descarto. Llamo a Piel canela: $90.000 una hora, servicio desde la tres de la tarde. Voy.

La música es estruendosa. Hay una barra, una pista de baile al frente y muchos sofás a lado y lado. Algunas están bailando solas, otras permanecen sentadas o medio acostadas en los sofás. Es todavía muy temprano, no ha empezado la acción. Me siento solo en un sofá para mirar con tranquilidad. Por ahora soy el rey del lugar. "¿Qué va a tomar?", pregunta el mesero. Luego dice en voz alta: "¡Presentación!". La mayoría son paisas, muy jóvenes. Me quedo con Diana. Es de Bucaramanga, tiene unos ojos verdes grandes, la piel blanca, quizá 25 años. Es bonita pero no me gusta: demasiado melosa. Me cuenta que tiene un hijo, que está recién separada, que llegó hace poco? Suena Diomedes: "La herida que llevo en el alma no cicatriza". Diana se emociona. Todas se emocionan. Algunas más salen a bailar. Las putas aman a Diomedes, el pueblo ama a Diomedes, Colombia entera lo ama. Entonces la veo: mona, de ojos cafés, de piel suave. Lindísima. No puedo dejar de mirarla. Diana se molesta: "¿Quiere que se la llame?". Me da pena pero acepto.

Se llama Angélica. No se había presentado, acaba de llegar. Es de Bello. Tímida, seria. Una puta tímida es irresistible. Hablamos: la química es instantánea. Tengo suerte. Hay tipos muy torpes que se creen con derecho a todo porque pagan. No: hay que caerles bien. Y eso es un azar, incluso aquí, en este mundo mercenario. Si uno no les cae bien, no hay nada que hacer, se acuestan, es su trabajo, pero puede llegar a ser el polvo más horrible de la vida. Hay otros que se van para el otro lado y tratan de montarla de amor: lo quieren gratis. Y que se sepa, al único que no le han cobrado es a Jesús. "Y nunca le cobró, la Magdalena", dice la hermosa canción de Joaquín Sabina, quien por lo demás aconseja pagar "el doble de lo que te pidan por sus favores". Angélica tiene un hijo que sufrió un accidente en la cabeza y por eso trabaja aquí. Le creo lo del hijo, lo del accidente, no su justificación. Nunca he creído ?con el perdón de sociólogos y psicólogos? que una mujer se vuelva puta por la plata. Pero no me importa, me cae bien esta paisita tan dulce, tan linda. (Los paisas lo único que saben hacer bien son muchachas bonitas, dijo Fernando González, un paisa muy sabio).

Tomamos ron, la charla fluye a pesar de la música ruidosa ?ahora el turno es para Rikarena?. No le va muy bien a Angélica. Aunque la piden mucho, ha perdido muchos clientes. No se deja manosear, no es zalamera. "No sea tan arisca, así no le va a ir bien", le ha dicho la administradora. No conoce bien Bogotá. Al comienzo vivía en Piel canela ?la mayoría vive allí, les sale más barato? pero la aburrió tanto ruido. Ahora vive en el sur, en El Tunal, donde una tía. El Tunal, TransMilenio, Piel canela: no conoce más. Al hijito le habla del Transmilenio por teléfono, le ha prometido uno de juguete. Me enternece. Le prometo conseguirle uno. Lo que más extraña es la comida, una buena bandeja paisa. Le prometo llevarla a la mejor bandeja paisa de Bogotá: El portal de la antigua. No es muy play que digamos pero ni en Balzac, ni en Wok, ni en Harry Sasson venden bandeja paisa. Tocó plan B. La invito a almorzar. "De pronto la otra semana", me dice. Es muy provinciana, muy desconfiada. Ni modo, tengo que hacerme cliente. Pago los $90.000.

En el bar nos dan dos toallas y dos jaboncitos. Subimos. El cuarto es pequeño, escasamente cabe la cama, tiene baño. Cierro la puerta y me le acerco: le doy un larguísimo beso. Ella también me besa con ganas. Sí, le caí bien. Cuando una puta se deja besar en la boca es que uno le ha caído bien. Hacemos el amor: literalmente. Después que terminamos le digo que me gustaría verla en otra parte, en un sitio más cómodo.

La llamo a la semana siguiente. La espero afuera del Royal Garden, el mejor motel de Chapinero. La veo venir: jeans apretados, descaderados, con una blusita corta, bastante ordinaria. Tenaz. Pero me sigue pareciendo bonita, aunque creo que a don Leo Kats le daría un infarto. Sigo firme. Luego del cimbronazo, sigo firme: después de El portal de la antigua siguen Balzac o Café Renault. Entramos. Le gusta el sitio: "Tan suaves las toallas, mejor que en Piel canela". Está contenta. Aquí los 70 mil ?eso convinimos? serán todos para ella; en Piel canela le descuentan casi la mitad. Se repiten los besos intensos. "Nos besamos como novios", me dice. Otra vez hacemos el amor. Conversamos. Le ha ido bien esa semana. Ayer, me cuenta, estuvieron unos paras. ¿Cómo sabes que son paras? Vienen una vez al mes, son conocidos del dueño, traen escoltas y un maletín lleno de plata. Pidieron whisky y varias chicas. A ella le dieron $100.000 solo por acompañarlos un rato, sin necesidad de subir. No me gusta el cuento. Los paras y los narcotraficantes nunca dan nada gratis: primero son generosos, luego pasan la cuenta. Angélica estuvo con unos paras. Hasta ladrones o latoneros: paras no. Odio a los paras. Y me dan pánico. Con los paras, ni pío. Nos despedimos al rato. Quedo en llamarla nuevamente. Miento.

Subo de estrato. Voy al Éxtasis, en la 15 con 86. Es temprano para el lugar: las 9 de la noche. Hay pocos clientes, aún no ha empezado el primer strip tease. 'Las chicas' son menos jóvenes, más recorridas. No sé si más bonitas: la oscuridad no deja ver bien. El ambiente se ve más duro. Aunque es más caro: los tragos y las chicas valen más. Aquí parece que el estrato es solo cuestión de precios. El mesero ataca, las chicas también. Siento sus miradas. Me decido por una solitaria, de abrigo. Es quindiana. Natalia es su nombre de combate. Se ve bien. La invito a un trago. Es simpática, inteligente. Me cuenta su vida con gracia. Habla hasta de libros: me descresta. La invito a otro trago. Como la sensación permanente es que el mesero quiere desplumarme, voy directo al grano. Le digo que soy periodista, que la quiero invitar a almorzar para hacer una crónica. Acepta: mañana en el Centro

Granahorrar a las doce del día. Pido la cuenta: me quieren cobrar $100.000 de más.

Cuando la veo a tres metros, quiero salir corriendo. Natalia no resiste la luz del día. Tiene en la cara la huella de varios años de trago y de trasnocho. El vestido es horrible. Y se nota que buscó su mejor prenda. Hay algo peor: me trae de regalo una chocolatina. Quedo mudo; ella se da cuenta. ¿Qué paso, quiere que me vaya? No, no es eso, digo como un huevón. Me siento un miserable; odio esta crónica. Tengo que invitarla a almorzar, es un deber moral. Lo más cerca que se me ocurre, lo menos grave, es el Leños de la 9a. Vamos caminando; me pesan los pies. Me da pena que me vean con ella. Hago un esfuerzo sobrehumano. De verdad, trato de ser amable. Ordenamos carne con arepa y gaseosa. Natalia me pide el correo electrónico, quiere que nos escribamos: "Yo también escribo". De nuevo enmudezco. La vaina ya es insostenible. "¿Qué pasa? Dígame la verdad. Que no es lo que me imaginaba anoche". Quiero agregar que le voy a pagar su tiempo, hasta el último minuto, pero no digo nada, no la quiero seguir embarrando. Natalia coge su cartera, se para y se va: está llorando. ¿Qué hago yo aquí, metido en este melodrama? Soy un miserable.

Semanas después, vuelvo a mirar el periódico. Exclusividad. Estrato seis. No aparece la dirección. Llamo. Es en la 123, cerca de la autopista. Un barrio de clase media. Esta vez no puedo fallar. Voy. La casa no se ve mal. Me recibe un señor exageradamente amable. Le pregunto por los precios: $200.000 el rato, aparte de los tragos. "Vale la pena, las peladas son muy bonitas, tienen mucha clase". Le digo que las llame. Aparecen cinco. El señor tenía razón. Se quedan ahí, paradas, esperando que yo escoja. Parezco un jurado de Cartagena; cumplo una fantasía. Escojo a Camila. Me fijo en su ropa: está bien. "Los zapatos", me decía una novia, "fíjese siempre en los zapatos, las niñas con clase se conocen por los zapatos". Miro los zapatos. Me parece que están bien. Aunque estoy seguro de que mi ex novia y Silvia Tcherassi dirían otra cosa: los hombres no sabemos de eso, carecemos del sentido de los detalles.

Converso con Camila. Estudia Derecho. Tomamos vodka. La música es suave. Esto es igual que hacer visita en la casa de una novia. Estaba equivocado: sí hay putas finas. Nos 'preparan' la habitación. Subimos. Huele a incienso, delicioso. La cama es amplia. Camila tiene el pelo castaño y unos ojos grandes, bellos. La boca no es bonita, los senos son pequeños, el cuerpo no es perfecto pero en conjunto se ve muy bien. Es una belleza de ángulos. La beso. Se deja besar: no me besa. El acuerdo, entonces, está claro: le caigo bien, no le gusto y por $200.000 su obligación es tratar de complacerme lo mejor que pueda. Y lo hace a la perfección. Le agradezco que no grite, que no finja orgasmos. Me da el número del celular: $120.000 por fuera de la casa.

Nos vemos de nuevo en el Royal Garden. Lo mismo. Me gusta y a ella le gusta la plata: todo funciona. Ya sé que no estudia Derecho, que vive en el sur, con su familia, y que se metió en esto por despecho y porque la empresa de ingenieros, en la que trabajaba como secretaria, quebró. La llamo otro día. Quedamos de vernos en el Centro Andino. Vamos al Pomeriggio, luego a Tower Records y le regalo un disco de Maná. Le encanta la buena vida: encontré la candidata perfecta. La invito a Wok. Está feliz y me mira como una alumna devota cuando le hablo de los palillos y de la comida tailandesa. Me encantan sus ojos. También me siento bien. Hasta me gustaría que yo le gustara un poquito. No me da pena que me vean con ella. Al contrario, se me alborota el muy masculino 'complejo Luis Miguel Dominguín': que algún conocido me vea con ella, correr a contárselo a los amigos.

La invito a Café Renault. Pedimos paella con pasta ?o fideuà? con un Carmen Reserva. Me acuerdo de Palma de Mallorca y ella descubre que le gusta el vino: la estoy sofisticando demasiado. Noto que la gente nos mira y enseguida yo la miro: la veo bien. ¿Qué dirían mi ex novia y Silvia Tscherassi? ¿Será que me estoy enamorando? Salimos medio prendidos y vamos al Royal Garden, mi base de operaciones. En el carro, Camila me coge la mano y me dice con mucho sentimiento: gracias. Me conmueve. Por eso cuando llegamos pido un habitación con jacuzzi. No creo que todavía le guste pero esta vez es distinto: está más dulce, más tierna conmigo. Me atrevería a decir que tuvo un orgasmo.

La siguiente cita es en Balzac. Yo pido un steak bernese y ella un conejo a las finas hierbas. Y, por supuesto, nuestro Carmen Reserva. En el restaurante está Lina Marulanda ?sin maquillaje? y me parece que mi Camila no sale mal librada. ¿Me estoy enamorando? También está Fanny Mickey. Camila sabe quién es Fanny Mickey: se siente realizada. Me dice: "Ya no me siento tan rara, al comienzo me sentía en otro planeta". Cuando estoy en la barra, pagando la cuenta, la miro. Se ve muy linda. Me sonríe: yo también me siento realizado. Le mando un beso. Luego, en el carro ?vamos para el Royal Garden? le pregunto cuál es su nombre verdadero. Saca la billetera y me muestra la cédula: es más importante que una puta te muestre su cédula a que te de un beso con ganas.

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