Doctor Rada:

"yo es otro"

No están mal para empezar esas tres palabras enigmáticas del poeta Rimbaud que dieron pábulo a tantas interpretaciones. Además, doctor Alejandro Rada, fueron las que me dije que habría de decir después de ver los resultados prometidos por su tratamiento de rejuvenecimiento profundo, ayudado por el Thermage, la radiofrecuencia del futuro, la afamada toxina botulínica, y la inoculación del milagroso ácido hialurónico Teosyal, sin necesidad de cirugía ni métodos invasivos. Y las refrescantes mascarillas de vitaminas, y el delicioso tratamiento celular, y el cariño de oro de sus colaboradoras. Giovanna, Viviana, Sandra y las otras todas.

Le confieso, querido doctor, que pronto decidí acceder a su invitación, y se desvanecieron mis temores naturales al cambio, mi desdén por el esfuerzo, y el prejuicio machista que afirma que el hombre como el oso mientras más feo más hermoso: su explicación de lo que debería de acontecer conmigo bajo sus finas agujas, sus máquinas de masajes para reavivar el colágeno y devolver el fulgor de la piel y la enumeración de las razones que hacían convenientes sus procedimientos vencieron mis reservas en un parpadeo.

Usted sabe, querido doctor Rada, que no es fácil renunciar a uno, al que ya somos; que uno se va acostumbrando a su cara de tanto usarla. Aunque no sea la mejor, uno termina por cogerle cariño. Y a mí me gustaba mi cara, qué carajo, con sus arrugas que la ennoblecían de algún modo (lo nuevo es detestable), las marcas del vivir, las improntas del uso y el abuso y el color que los climas habían puesto en ella. Los climas van macerando la carne. Y las huellas de la frente expresaban, más que lo sufrido y lo pensado, de lo que todavía somos capaces. Uno se va habituando a sus vestigios.

Cada vez más con mayor contundencia a medida que envejecía venía a mirarme mi padre cuando me asomaba al espejo. Las mismas cejas cenicientas de resignado de mi padre, crespas como las nubes de tormenta que le gustaba acariciar antes de soltarlas, por cierta inclinación masoquista de la educación católica. El mismo aspecto general de mi padre envuelto en mi toalla. Y la misma mirada llena de la melancolía del orgullo herido. Mi padre fue un hombre pobre pero amaba los lujos: los nobles mobiliarios, las casas estupendas, las antigüedades. Era un luchador contra la austeridad de la vida que le tocó. Recuerdo cuánto le costó envejecer. Dicen que fue hermoso. Aunque a mí se me figura en las fotografías de juventud muy semejante a los actores del cine de su tiempo demasiado ingenuos comenzando por los labios y acabando por la virginidad de las pestañas.

No me molestaba, doctor Alejandro Rada, llevar en mí a mi padre. Lo aceptaba como un destino. Me gustaba menos el rictus de mártir heredado de los Puerta Uribe de mamá. Aquellas comisuras de decepción jamás me gustaron ni el gesto de inconformidad de esa familia. Y creo que me alegró que el ácido hialurónico borrara esas líneas de la expresión de mamá que siempre aborrecí como una injusticia de la vida conmigo.

Digamos, doctor Rada, que he vivido. Que forcé este cuerpo, magro y todo, a los excesos, desde la adolescencia de calavera. Que no le negué placeres ni penas, que también se gozan a la postre. Disfruté y sufrí como mejor pude. Pero usted sabe de estas cosas y debió intuirlo desde nuestra primera cita de valoración, al ver la cara que llevé a su consultorio para cambiarla por la de ahora, y no tengo qué añadir.

Otras razones me inclinaron a aceptar la aventura estética, y existencial también, de su famoso Activex, esos rayos láser de CO2 que patentó Lee Pannel contra la flacidez y las estrías de la carne fatigada. Ahora que lo pienso, usted es un rebelde alzado contra la opresión de las leyes de la gravedad en los tejidos, valido de las armas de las ciencias dermatológicas.

Los ríos, la vida en las montañas, las aventuras en la selva, tantos bailes y tantas filosofías, habían hecho estragos en mí, si lo entendí bien. A causa de las dichas de la vida alegre había un par de manchas simétricas en la base de mi nariz que podían convertirse en malignas con un poco de mala suerte. Y una peca de mal pronóstico en la sien.

Pero había más razones para que yo quisiera cambiar por otra la cara que me dieron en la repartición de las caras. La mejor debió ser el odio que me inspiró siempre la erosión celular, ese rescoldo de las células muertas que van acumulando los intersticios de la piel, como el aserrín del trabajo de los relojes, y que parece tanto ceniza, y se aposenta en nosotros por resistencia que ofrezcamos.

El marchitamiento es intolerable. En eso no puede existir la riqueza que proclaman los que consideran la vejez un tesoro y afirman que son felices mientras se acaban y acercan a la fecha de vencimiento. Envejecer es deteriorarse. La hipocresía les impide confesar la resignación.

Recuerdo ahora, doctor, que le dije, ironizaba a medias, que lo envidaba. No era una broma. La envidia me llevó a pensar que vivir como le tocó a usted entre mujeres hermosas debe ser dañino, o peligroso para la salud del alma. Y así le dije por perversidad. Pero usted se siente en un jardín entre su equipo de colaboradoras, cada una más hermosa que la otra. Tiene razón. Hacía tiempos no me sentía tan bien bajo la bendición de las mujeres. Tan bien entregado en manos de mujeres. Bendito entre tantas mujeres. Es lo más parecido a la felicidad.

Somos un animal estrambótico. En la lucha contra la muerte que no comprendemos nos hicimos sutiles y artificiosos. Y hallamos la manera de levantar las cejas desanimadas, de devolverles la tensión del interés a los párpados ganados por la indiferencia, y de alegrar el pesimismo de unas comisuras maternas. No hay trivialidad en eso. No existe trivialidad en la busca de la belleza corporal. Es nuestro derecho satánico.

Claro. Hablamos de otra cosa que parece contradecir los beneficios de su oficio. Se precisa armonía en el alma para ser bello de manera constante. No basta la lozanía. Sin el calor de la inteligencia, sin espíritu, una persona siempre será aburrida. Hay mujeres que se gastan a la segunda mirada. Y desaparecen a la primera palabra que pronuncian.
Después de la convalecencia en la oscuridad, usted sabe, los primeros días me sorprendió no hallar a mi padre en el espejo, sino a un extraño que incluso saludé una mañana por distracción. Una vez creí mientras me peinaba que estaba peinando a un hijo y experimenté un sentimiento de repugnancia. Pero pronto aprendí a identificarme con el que "yo es" ahora. Aunque reconozco que desaparecidos el gesto de mi madre en las comisuras, esos paréntesis grises de la boca que detestaba, y el aire tristón de los pómulos de mi padre, me sentí desprotegido, reducido por los milagros de su ciencia a una singularidad desconocida que debía sobrellevar, y con la que tendría que entenderme.

Los dos sabemos, doctor. La carne tiene memoria. Y el cuerpo es reflejo del alma. Es inevitable. Poco a poco acabaré vencido por el poder avasallador del tiempo que no perdona, y las huellas de mis pensamientos viciosos. Y mis padres volverán para ocupar su lugar en mi cara, de allá lejos, de las crónicas genéticas. Por ahora disfruto siendo este otro. El mismo irresponsable de siempre, en una estación imprecisa entre el otoño y la primavera.

Ahora, doctor, terminamos mi reconstrucción. Muchas gracias. Me queda una aprehensión. Temo que al volver a mi ser antiguo me dé por rememorar el de hoy. Y descubrir que me hace falta. Pero usted es un hombre sensible. Le gusta la poesía. Ya encontraremos el modo de intercambiar en el futuro versos y fábulas por los cocteles de células y metales de Adriana Munar, y por veladas de masajes en los sillones nerviosos del sexto piso, mientras pasan en el televisor, doble paradoja, el concierto Emperador de Beethoven dirigido por Daniel Baremboin al mando de una orquesta de judíos octogenarios, igual que ayer. Un abrazo amigo. Y siga embelleciéndonos este mundo mientras se pueda, por favor. Y saludes a sus muchachas. Dígales que las amé con la cara que tuve. Y que lo sigo haciendo con la que recrearon con dedicación profesional. Hasta pronto.

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