Sé que el sujeto de esta carta es demasiado abstracto. Pero si otros rezan a los ángeles, yo puedo invocar al imponderable espíritu del año, que también vuela. Algunos creen que todas las cosas tienen un alma, la flor, la piedra, el cucharón, los zuecos. Si es verdad, en todo caso es una hermosa certeza poética, esto que llamamos un año, el giro de un horóscopo, ha de tener un espectro que lo rige y nos atiende. Si me escuchas, alma del Añonuevo, no tomes a mal mi reproche anticipado. La experiencia me enseñó que el que pasó se parece siempre mucho al año que entra. Y es obvio que mezclarás perversidades con trivialidades, fiestas y funerales, como hizo tu hermano el año pasado. Los hombres seremos como siempre fuimos: banales y crueles. Y tú nos llevarás la cuerda ya que no sabes de milagros.

Uno siempre alberga esperanzas en el futuro, en un porvenir más halagüeño en medio de las decepciones, para seguir tirando. La esperanza es un mecanismo del instinto de conservación, del hechizo que nos mantiene sometidos. No lo digo por desengañarte. Es para que te vayas acostumbrando. Sin esperanzas acabaríamos por sucumbir ante lo indiferente. Aunque uno sepa que nada mejorará jamás necesita mantener vivo el absurdo de la esperanza en la felicidad y los anhelos jabonosos que se resuelven en burbujas multicolores si tenemos el regalo de un aire benévolo.

A estas alturas, en el tímido arranque de enero en la ronda de los meses de tu vigencia, como el año pasado, un montón de bárbaros se aderezan con disfraces de temporada, desempolvan mantillas, y botas de sangrías para asistir al antiguo ritual de la muerte de los toros. No te preocupes. Tú eres inocente de la rechifla de la montonera, mientras un pobre mamífero se desangra, erizados de espadas el lomo, el corazón y los pulmones, y un mariquita de coleta se pavonea en zapatillas vestido de luces después del triunfo irrisorio.

Es solo el principio. No te asustes. Necesitarás temple. A medida que corra tu tiempo las cosas irán empeorando. Cuando pasen los carnavales, las borracheras, los currulaos y los pasodobles, (quizás venga un mayo florido que sabremos agradecer, a modo de interludio), volveremos como el año anterior con entusiasmo renovado a derrumbar las torres emblemáticas de nuestros enemigos, a matarles los hijos, a bombardear sus campos amparados en nuestras viejas, ciegas, sordas mentiras vestidas de oropeles como toreros.

Tienes una estructura mágica. La armazón, la masa de los meses contados por lunas, los días contados por horas, las horas contadas por minutos deshechos, los segundos y los nanosegundos que son como los ácaros encargados de digerir las sobras de nuestras pobres impresiones de la gran ilusión del universo, tiene su encanto. Pero detrás acecha el Mal. Así, con mayúscula.

Comprendo. No tengo derecho a desilusionarte cuando apenas comienzas a desenrollar tus anillos. A echar las podredumbres de mi pesimismo, si no es mi perspicacia, sobre la inocencia de los que aspiran, con sueños de grandeza. Contra las imaginaciones nocturnas del joven ministro, por ejemplo, ensayando su mimo en el espejo del tocador, y lo único que consigue es parecer inauténtico e increíble. Pero es cierto. Todo no es más que la repetición de la repetidera. Y vanidad de vanidades.

Los televisores seguirán explicando como el año pasado las relaciones que guarda la altura de las pirámides con la distancia que nos separa del sol, las profecías escondidas en los jeroglíficos de la tumba de un faraón enano, el significado de las piedras de Nazca, cómo copulan los leones de las praderas africanas. Volverán las mismas canciones recicladas y las mismas entrevistas de los mismos con los mismos en las mismas, los mismos narcotraficantes, los mismos políticos corruptos, los mismos asesinos, cambian de rostros y de nombres, y seguirán suspendiendo sus menstruaciones las divinas modelos en las revistas de variedades antes de alumbrar los hijos de los futbolistas. Y sin embargo la estructura es interesante. La estructura. Que es lo que buscamos de año en año en los años: la última sustancia determinante, la última proteína, la última estrella, la idea primogénita donde se originan todas las voces, y el silencio que es desde donde todo se entiende y explica y anula.

De todas maneras, querido Añonuevo, te deseo suerte. Que te diviertas en tu danza macabra. Nosotros también trataremos de esconder las malas intenciones poniendo caras de buenos. Ah. Y ojalá me conserves vivo hasta diciembre para que les concedas la razón al final a mis malas pulgas. Y nos avergoncemos juntos del descalabro que espero. Claro. También habrá cosas buenas. Pero lo mejor es mantenerlas en entredicho, tácitas, a fin de contar con alguna sorpresa entre tantas cosas previsibles. Y ahora, andando, que se hace tarde, y el destino aguarda. Te quiero mucho, y te necesito, tu Eduardo. ?

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