Lo primero que se me ocurre deciros, oh, Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío, es que me ayudéis a afilar el estilo para escribiros una carta tan insolente como pueda, y de apariencia apacible al mismo tiempo, que ponga al diablo a hacerse cruces, a pensar a Vuestros sacristanes, y a Vuestros burros a dar coces contra el aguijón. A la gente le gustan las irreverencias, Señor, y yo debo ganarme la vida con las mías. Vos, qué sabéis de lo que significa ganarse la vida. Vos allá, en Vuestro cielo de felpas, neones y arpas, con crédito en el Banco Vaticano y el poder de estirar unos pocos pescados y unos panes viejos para hartar una multitud de lagartos.

Os acordáis: Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío, fue una de las primeras cosas que me enseñaron a decir, al mismo tiempo que permiso, gracias y buenas tardes, en esta vida no siempre de peras en dulce, donde a veces el dulce se pone a mordiscos y los palos no siempre están para cucharas.

Entonces, en todas las casas antioqueñas como la de este Vuestro indigno escribidor había entronizada en la sala una vera efigie Vuestra. Una litografía alemana de pliego en las casas de las buenas familias, como se llamaban las que se daban los tres golpes y no llevaban rotos los trajes; y en las de los pobres una barata de medio o de cuarto, de colores desvanecidos.

El enmarcado también declaraba el lugar de cada una en la sociedad estratificada. Los pobres usaban para cárcel Vuestra de honor una moldura simple, según sus medios acaso con una delgada vena de cobre imitando el oro, el producto ordinario con el comején incluido de alguna marquetería sita por los barrios de los mecánicos y los chatarreros y las putas, sus sobrinas, las abundantes putas rollizas llenas de cicatrices conseguidas a cuchillo limpio en los suburbios de Vuestras parroquias, que cerraban piadosas las piernas en Vuestras fiestas, y ayudaban a preservar con su promiscuidad y sus hambres de amor la virtud de Vuestras vírgenes burguesas paridas para el matrimonio o el convento o para vestir santos que, decían resignadas, es mejor que desvestir borrachos. Y los ricos, un marco de madera de alcurnia, yesería de arabescos e incrustaciones de nácar que daban visos, siguiendo las caídas y las alzas de las llamas de las insomnes veladoras.

A veces las veladoras incendiaban las casas. Y lo primero que se rescataba era aquel cuadro Vuestro. Antes que al gato. Y la abuela.

Tenéis fama de que Os gustan los pobres. Yo no Os creo. Vierais cómo sufren. Cómo se matan. No importa. Importan ahora Vuestros ojos azules de convaleciente que miraban desde el altar doméstico un mundo patas arriba, una nación mestiza y mezquina diseñada como las tortas: la crema arriba, y abajo la masa. Vuestros ojos parpadeantes con las veladoras de aceite vivo de antes de la parafina, tan escasa de entusiasmo, que arde a media marcha como los poemas malos, los trenes viejos y las mulas cojas.

No Os hagáis el modesto. Pinta, Os sobraba. En esa lámina repetida en cada hogar. El gesto de resignación sereno y doliente. Mientras llevabas una mano con un ojo de sangre, recuerdo de un clavo, al corazón expuesto, escándalo en llamas, envuelto en espinas en un reclamo espantoso porque, así nos decían para mantenernos aterrorizados, nosotros éramos la causa de Vuestra pena y de nuestras dificultades, que además, también Os acongojaban. Porque Vos erais justo. Vos, magnánimo. Y nosotros, unos mierdas, ni para vivir servíamos.

Pinta no Os faltaba. Aunque el artista exageró en el cabello rubio las ondas sobre Vuestros hombros, y los rizos de la barba acicalada más digna de un petimetre que del jefe de una pandilla de taumaturgos que comía en público con las rameras, defendía de los puros a las adúlteras y tenía el privilegio de resucitar a los amigos cuando se le morían.

Os soy sincero. Yo prefería otras imágenes entre las que conforman Vuestra rica iconografía. Ciertos crucificados desgonzados sobre la Creación imperfecta y culpable tallados por trapenses que lloraban cada llaga y pintaban cada herida con la sangre de sus dedos destrozados por la gubia, como el de mi tía abuela Delfina, eran dramáticos, movían a compasión. Cuerpos hechos huertos, campos de violetas, siembra de moretones en una carne joven. O la del Buen Pastor llegando del horizonte pacífico con una oveja en brazos como una nube destituida. O la de la última cena, ante un pan servido, en una comida amigable a la cual sin embargo como a todas las cenas de trece había invitado un traidor. Qué hacer. El Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío se imponía en el paisaje doméstico, sobre una radiola, si había, o junto a una repisa basta donde agonizaban por siempre unos claveles de plástico en una carpeta de punto. Y el coágulo del vaso de vidrio rojo de la veladora era metáfora de Vuestro corazón descubierto, esperando la contrición del nuestro.

Recuerdo, Vos debéis acordaros. Los nadaístas, en plan de irrespetuosos allá en los años sesenta, renombramos tu retrato más popular, uno de nuestros pocos signos democráticos, cuya devoción esparcieron los jesuitas por el mundo. La Sagrada Víscera, lo llamamos. Ahora podemos reírnos, Vos, y yo, de la impertinencia. Vos con la V mayúscula de la Victoria, yo así con una ye miserable, disyuntiva aunque copulativa, como debe hacerse para referirnos a este yo singular, efímero, fragmentario, chispa separada del otro Yo Sagrado y universal que brilla en el corazón de Kant como en la última estrella. Los nadaístas no injuriábamos Vuestra fábula de infinitos matices y múltiples significados, la del vagabundo judío que hablaba por enigmas de los lirios del campo y curaba tullidos y caminaba sobre las aguas de Galilea. Éramos del mismo bando. Confrontábamos como Vos, a los administradores del templo, sepulcros blanqueados que cargan sobre los demás con pesos que ellos no llevan, y dictan leyes que no cumplen. Parásitos de Vuestro mensaje liberador. Pastores corrompidos, violadores de niños que compran el silencio de la ofensa. Simoníacos que santifican un orden perverso. Si hasta nos dejamos crecer la barba y las greñas para parecernos más a Vos y menos a ellos.

Os convirtieron, Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío, en un padre monstruoso, en una sombra vengativa que cobra a sus hijos los dulces goces de la carne calumniada, los diminutos deseos, los ínfimos actos de su libertad, en infierno eterno. Envenenaron las noches del amor terrestre con los gritos infinitos del Vuestro, exigente y celoso. No fue justo. Ni fue justo convertir Vuestra prédica de la sencillez de corazón en el orgullo jerárquico de una burocracia indolente.

Siendo un niño escribí un poema: Señor, Tú, que no te afeitas con Gillette. Mi oración Os invitaba a compartir mis revistas de Tarzán guardadas con mis misales, a conocer mi colección de arañas del rastrojo. El poema acaba con una protesta rencorosa: Señor, mejor no vengas que te escupo. Un teólogo de vanguardia creía que la resonancia blasfema de mis versos esconde un adolescente urgido de Vuestra Gracia. Pero los teólogos conocen los trucos del halago para tentarnos. Y tal vez acabé escribiendo esta clase de cosas por andar con malas compañías. Que a veces son las mejores. Vos sabéis. Vos, que confirmasteis a Judas tesorero Vuestro.

Acordaos, tenedlo en cuenta el Día del Juicio. Los nadaístas escribimos montones de plegarias. Amílcar Osorio comenzó la suya diciendo: Señor, tú que te tienes, que me tienes, que habitas el atomium más azul, el más construido, el más redondo. Os pedía que conservaras sus mocasines rotos y sus bluyines desteñidos. No cumplisteis. Gonzalo Arango rogó en la suya por un fusil… y buena puntería. William Agudelo escribió una de seiscientas páginas, en Solentiname, la comuna del poeta Ernesto Cardenal: nuestro lecho es de flores. Todo lo que queríamos era rescatar Vuestra figura pervertida en el tedio del acomodo y en las trastiendas de los hipócritas, recuperaros para la vida del cuerpo y el espíritu libre. Éramos ovejas disfrazadas de lobos. Cristo, ven a luchar con los nadaístas contra los escribas y fariseos. Clamábamos. Y Vos, tan lejos…

Una poeta italiana dijo que los mejores poemas se escriben ante un altar vacío. No sé. Ahora que vuestras iglesias son convertidas en museos como las cárceles viejas y los palacios de los reyes decapitados, y Os has marchado siguiendo a los dioses paganos, huyendo de nosotros, quedan la trivialidad, el vacío, el sinsentido, la derrelicción.

Una vez quise ser santo. Asistí a la consagración de Colombia al Corazón de Jesús en Bogotá en la Plaza de los Mártires. Fui a Chiquinquirá con el primer cardenal colombiano, Crisanto Luque, en tiempos de Rojas Pinilla. Estremecido por los trenes de los romeros floridos, los aleluyas devotos, las banderas eucarísticas. El cardenal feliz en su carroza. Y el fervor de un pueblo confiado en Vos, a pesar de todo, recién salido de la última, espantosa conflagración nacional instigada por obispos feroces que cambiaban indulgencias por cabezas y creían que ser liberal es pecado y que San Miguel dirigía sus matanzas y que las mujeres no pueden ponerse a horcajadas sobre un caballo. Pobre, bendito pueblo. Sometido. Guiado por pastores furibundos que más parecían secretarios del diablo. Y que premiaban la sumisión de las ovejas que devoraban con la promesa de un cielo aburrido, lleno de miembros del Opus Dei castos pero bobos y de solteronas secas como palos.

Los jóvenes abandonamos las iglesias espantados. Toda santidad acabó por volverse sospechosa para nosotros, menos la nuestra, la de la hermandad de la poesía maldita. En la crisis incluso intuimos detrás de tu Cruz al mismo Patas haciendo gestos obscenos, convirtiéndola en una trampa. En burla. Fue duro convertirnos en Vuestros enemigos. Pero no vimos otra manera de no traicionaros.

Ahora podemos reconciliarnos. Vos no fuisteis el culpable de que convirtieran en esa lámina un drama cósmico en sainete. Los jesuitas al consagrarte a Colombia Os encomendaron un país irredimible, inamansable, que Os desprestigia. Donde los tufos del incienso del culto ocultan el hedor de las tumbas anónimas, las fosas comunes de Vuestros pobres masacrados. Sin esperanza. Aunque trabajan y trabajan y votan y votan y rezan y rezan.

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