Querido amigo.Te vi, el pelo negro, los ojos de oro, las orejas largas, echado junto a la ventana abierta, mientras decidía a quién dedicar mi carta mensual en esta revista donde me hospedan para tu gracia, para que cuentes con tu porción de concentrado industrial cada mañana, llueva o truene, y sentí de repente que eras el destinatario perfecto.

Me acordé de otros perros insignes en la historia de la escritura a modo de justificación. Descontando los que denigran del perro, el Cancerbero asociado al infierno, y el bíblico perro que vuelve sobre su vómito, recordé al perro descubridor del océano Pacífico que compartió el pan y el camino a la fama con Balboa, al perro que acompañaba a misa a Linneo y ocupaba su puesto en la iglesia cuando Linneo faltaba, al de Schopenhauer, que desdice de los hombres, y al de Odiseo de feliz memoria. Y claro, al casi imperceptible perro de don Quijote que olvidó Cervantes al comienzo de su relato convirtiéndolo en un olvido inmoral en nuestra cronología de las fábulas.

Pensaba si dirigiría la carta a Hugo Chávez, el penúltimo bufón de Bolívar. A Fidel Castro, ahora ganado por la amargura, y la melancolía de la vejez y la autoconmiseración. O al señor Bush, hijo, tan hijo de su padre y de su madre, como se puede ser, que además está cumpliendo cinco años de meter las patas en los berenjenales impúdicos de Irak. Y entonces tuve la revelación, súbita, como todas de mérito. Eras, perro, con honores, el más indicado para ser el recipiente inventado de mi diatriba menstrual. Porque pareces inocente. Y ya es algo en un mundo atroz.

Inocente, digo. Porque no hablas con palabras vanas. Porque no intrigas con metáforas engañosas. Porque no andas armado fuera de las armas honradas de los dientes de la herencia y el vozarrón. Nosotros en cambio, perro, conocemos la calumnia. Y el hierro, que convertimos en cómplice de nuestro homicidio interminable y en cadenas para reducir a otros hombres hechos a nuestra semejanza. Porque sí. Porque nos da la gana. Por un instinto insaciable.

Somos unos animales estrambóticos, perro. Tú obedeces a impulsos básicos y puros. En cambio nosotros ensuciamos nuestros ínfimos actos con los infiernos de la tristeza y la culpa que nos arrojan en el ridículo.

Tú te conformas con llevar encarnados tus nuches y tus garrapatas como mejor puedes. Nosotros además queremos alojar un alma en las tripas. Inmortal, para ajustar. Y responsable. Que es lo peor. Esto nos hace más desgraciados pero más simpáticos, según un pensador emblemático del siglo XX.

Tú solo sabes mover la cola para expresar tu alegría, suspirar de cuando en cuando en las pesadillas de sus sueños de la perrera, ladrar junto al alambrado a las motocicletas como otros persiguen mariposas para sus mariposarios. No te haces ilusiones ni formulas preguntas. Como también eres un hijo del Dios de los Ejércitos de vez en cuando desgarras el tobillo de un caminante cumpliendo los deberes de tu naturaleza, o unas nalgas de señorita, sin mostrar el menor arrepentimiento. Nosotros en cambio, perro, herimos, y nos disculpamos. Como si nos sintiéramos incómodos con nuestra condición de animales de presa.

Nos sentimos orgullosos, perro, de una incierta superioridad, comparados contigo, porque leemos periódicos. Qué mierdero éste donde nos echaron, perro. Para tu fortuna no lees estos periódicos que yo leo. Y estás salvado de angustias. Esto te mantiene aparte de los tormentos de la conciencia y del misterio artero de la libertad que tanto sufrimiento nos cuesta.

Si vieras estos periódicos que leo por internet (internet es una menesterosa imitación de la omnisciencia y la ubicuidad que atribuimos a Dios), igual de infames en todo el mundo. E igual de desconcertantes. Si lo que dicen es cierto, estamos metidos hasta el cogote en un lío enorme. Sin redención posible si no por un milagro en el mar de oprobios. Yo espero no ser tan malo contigo, perro, como es el Señor con esta estrella húmeda que llamamos la Tierra. Antro de miserias. Carrusel de traiciones. Cuna de virulencias, caldo de bacterias asesinas, que convierten la buena salud en desazón perpetua. Por lo visto, por lo que dicen estos periódicos, perro, Dios debe ser de una refinada crueldad. A dónde nos echaron, después de sellarnos a fuego el Paraíso por una vil manzana.

Qué clase de hogar inventó Dios para sus hijos. En todo caso, no es un lugar que pueda envanecer a su Creador este planeta donde los niños africanos se apagan de hambre, de sida y tuberculosis bajo el cielo, mirando a Dios a los ojos sin rencor, porque ni siquiera les quedan fuerzas para entender que Dios, que también es negro, está convertido en su enemigo… Jóvenes mutilados agotan el diccionario de las blasfemias en los hospitales militares… Niñas asadas por las bombas alimentan con las secreciones de sus vendas moscas innumerables de mil colores. Y crecen las cárceles en número y complejidad. En este momento, perro, está seguro, hay una ciudad ardiendo en algún lugar. En honor de alguna divinidad de escarnio y maravilla.

Los perros no tienen cárceles para los perros, perro, ni tampoco divinidades. Nosotros, convertimos la construcción de prisiones en una ciencia y la tortura en una rama de la teología. Si vieras los presidios del mundo, perro. Allí aniquilamos la última sombra de humanidad en los pequeños ladrones. Y atormentamos en secreto a nuestros adversarios por manos expertas en noches de alta luna, redondeando de este modo la pesadilla de un Dios del desierto.

A dónde nos sacaste, Señor, entre gemidos del manzanar, de los jardines del principio a las inclemencias y los eriales de la Historia. Los peligros del libre arbitrio, perro, solo nos dejan dos opciones para afirmar nuestra rotunda semejanza ante nuestro Señor: la mentira o el fracaso. Fracasar, o mentir, esa es la cuestión. Nuestro Dios, perro, es el gran fracasado. Es el gran mentiroso. Nuestro Dios, perro, es un dios muy raro. Necesitado de genuflexiones, nuestras alegrías le resultan lesivas. En todo caso, son misteriosos, en la espantosa crónica del mundo que traen los periódicos, los bailes y la risa.

Perdóname, perro. Dios me hizo caviloso, preguntón impertinente. No debería cargarte con estas blasfemias. Con mis inquisiciones vanidosas de pancoger. Pero con quién puedo compartir la extrañeza que me inspira la vida en la soledad que elegí por asco de la sociedad de los hombres y las mujeres, los sacerdotes y los adiestradores de perros que creen que se puede perfeccionar el perro.

Uno de mis escritores favoritos, James Joyce, autor de Los muertos, uno de los cuentos más bellos que me contaron, irlandés, discípulo de jesuitas como yo, pensaba que Dios estaba ausente de la Creación. Aparte, arreglándose las uñas. No lo sé. Pero me pregunto, quién disolverá el arcano, perro, por el cual se nos hace culpables del mundo arrevesado que vivimos, si al nacer lo encontramos deforme. Si fuimos dispuestos como somos desde el primer día para empeorar sus desórdenes. Por qué no previó el demiurgo, si era justo, que haciéndonos de barro, y no de oro, solo podíamos añadir remordimientos al sentimiento de desastre. En un universo condenado a extinguirse.

Somos, dicen, la corona de la evolución de la inteligencia en astucia. En consecuencia, somos los únicos mamíferos que organizan la muerte. Y alzamos mataderos colosales según las hipocresías de la higiene, para alimentar el mercado de las descomposiciones. Y guardamos las presas que nos sobran en refrigeradores. Tú comes un conejo cada vez. Nosotros los acumulamos en camas de hielo. Somos temibles y previsores.

La creación es una enorme trampa, perro. El color de las flores es una artimaña para atraer incautos, y el canto de la alondra legendaria, y el aroma de tu perra en celo. Los crepúsculos son la refracción de la luz en las partículas de polvo de los desechos de nuestras actividades asesinas. Y la belleza de nuestras mujeres del mismo modo nos ceba, manteniéndonos atados al pasmo. Al servicio de los despropósitos de la biología.

La bondad enmascara otra cosa. La esperanza es otra tiranía del instinto de conservación. En este carnaval de diabluras triunfan los cínicos y la vileza brilla junto al éxito. Prosperan los pecadores. Las meretrices superan en hermosura a las santas. La virtud es una debilidad del espíritu. Contra la retórica de los párrocos que engordan a costa de las limosnas de la desesperación. Y aprovechan el terror de su prójimo para llenar los cepillos de terciopelo.

Perdóname este discurso venenoso, perro. No sé si clamo como un profeta bíblico. O refunfuño como un tanguista. Y tú no necesitas mi Biblia ni mi tango. Perdóname por abrumarte. Pero estoy harto, perro, de ver solo cómo nos bate un Dios terrible en un crisol, en una operación enigmática que la filosofía fue incapaz de resolver ni de expresar más que por medio de torpezas, patetismo y desgarramientos de intemperantes.

Te compenso con un halago para terminar. Con la mención de un amigo de los perros, que acaso te guste. Un filósofo amigo mío, que tuvo un perro llamado 'Holofernes', como tú, de quien dijo que consideraba como su padre, si padre es quien ama y no quien engendra, puso un aviso ambiguo en la portada de su finca en Envigado. Decía: Cuidado con el perro que es el señor de la casa. Y en sus noches de crisis de fe, gritaba. Yo soy tu perro, Señor. Pero, cuyo perro eres tú…

Tú eres mi perro, perro. Pero, de qué Señor seré perro yo. Y ese Señor, perro de quién. Y el que sigue, a quién sirve. El filósofo sabe que el juego puede prolongarse en una sucesión de perros y señores hasta el vértigo. Pero, perro, el tiempo y el espacio tienen un límite y es preciso detenerse en algún perro, o en algún Señor, para mantener una medida. Y además, han comenzado a brotar las primeras estrellas. Lo cual indica que llegó la hora de comer. Y la hora de comer impone un límite a la metafísica en los organismos saludables. Adiós. Te juro que te quiero mucho. Ahí, echado junto a la ventana. Lleno de garrapatas y nuches. Pelo negro. Y los ojos de una luz de falso oro, quiero decir, de oricalco.

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