Sé que abuso de la paciencia de los lectores, y de mi musa, empedernida musa, redundando sobre tu vida, tus hechos y tu destino, Aurelia. Pero es preciso que me despida ahora, cuando te fuiste para siempre jamás, no soy un monstruo, ya que no tuve el valor de asistir como un hombre al sacrificio en la cochera y a la chamuscada después con un soplete vulgar. Pasaron de moda las hogueras aromáticas de helechos que desnudaron de sus pelambres a tus abuelos.

Es una fecha para el olvido de los dos. Si aún es posible que olvidemos, yo, y tú, si tú no te quedaste sin recuerdos del todo después de la matinal cuchillada, ese tu lamento lastimero, postrimero, antes de entregar el ánima sin ofrecer mucha resistencia. Pero no aventuremos. Ambos no sabemos si existe tal cosa como el alma en el interior de tus congéneres. Algo que los mantenga unidos como el armazón a los paraguas, la fe a las monjas, y los vicios del alma a los demás.

Qué aspecto ofrecías en el platón cubierto de la camioneta del carnicero, de mártir. Los labios distendidos en una sonrisa lenta, beata, tonta, también, los dientes mustios, tristes asomando, las orejas de quien escucha una mala noticia que esperaba. Supongo que estarías un poco satisfecha, sabiendo que habrían de convertirte en oblación a la Virgen del Carmen, patrona de los choferes, en su fiesta, en el parque de este municipio decaído, con rifas y papayera y voladores. En este sentido tuviste una muerte piadosa, después de la vida estragada en soledad, en el espacio tan limitado de la cochera.

Reconozcamos que estuviste valiente. Un par de pequeños, decididos, gritos agrios, comprensibles en esa situación extrema. Nadie quiere renunciar a su vida aunque sea una tan tediosa como la tuya, la que pude darte según mis medios, prisionera en nueve metros cuadrados, persiguiendo unas horas un comedero de caucho que rueda, destrozando otras los sucesivos maderámenes de camas sucesivas. Y comiendo como un rencor y durmiendo a pierna suelta como una ociosa princesa de hermosos perniles. Tan sola, sobre todo. Separada desde la infancia de tu parentela. Y tan lejos del cielo que a veces te quedabas mirando por la puerta entreabierta por las mañanas cuando íbamos a cambiarte el agua y a servirte la primera porción de concentrado y papayas y guatilas y aguacates revenidos y hojas de plátano maduras. Hambre no pasaste. No seas injusta. Bastaba verte.

Tuviste coraje. El alboroto cuando uno está condenado de todos modos y no puede defenderse, como te pasó, es una falta de elegancia, una forma inútil de la vanidad. Pero, Aurelia, eras tú, o era yo. Resultabas onerosa para las finanzas del hogar, más que un hijo calavera, como se dice, más que una moza con caprichos, como se dice.

Ya sé que las cosas hubieran podido presentarse distintas. Tú no quisiste. Te hice inseminar con el mejor semen de la región porcícola, con la mejor leche de un cerdo masturbado por un masturbador aséptico con guantes en un criadero de lujo. Esperé más de ti. Pero tú querías un marrano de veras, cerdoso, libidinoso, aunque no fuera tan bueno como el dador para ir llenando con su ayuda este mundo de más cerdos, cerdos y cerdas, y cerditos y cerditas. Fingiste una falsa preñez para retardar la fecha del cuchillo marcada para todos en la fraternidad suculenta de tus hermanos de especie.

Si hubieras parido, habrías podido convertirte, oh mi Aurelia, en la matrona primordial de vastas generaciones de marranos que me hubieran servido de tema para contar la saga de un pueblo de cochinos heroicos y pusilánimes y de marranas rezanderas y casquivanas, que aguarda el día infausto cuando nazca el primero con culo, un culo común y corriente, demasiado humano, y no con la ensortijada cola de puerco habitual, en todos los marranos normales desde los primeros marranos históricos del Antiguo Testamento que los judíos no comían por aquello de la pezuña, y los evangélicos que sirvieron de recipientes de los demonios expulsados por los profetas de Galilea, y los del fiel Eumeo en la Odisea. Pero no estoy furioso. Tenías derecho a no contentarte con el tubo pragmático del inseminador, para dar de tu vientre, otras carnes como la tuya, y engendrar y parir como una auténtica hembra de porqueriza, variaciones de mamíferos a partir de tu imagen. Cada cual obedece a las servidumbres de su carácter. Y tú querías un marrano auténtico, con un hirviente, ávido, erguido descorchador entre las patas, no una cánula con una millonada de espermatozoides congelados, aplicados por un veterinario que piensa en otra cosa.

No tengo qué perdonarte. Gasté mi dinero en hormonas. Pero tú seguiste empecinada en seguir los rutinarios caminos de la naturaleza. Y esperar el grotesco, agitado coito, justificado por la misteriosa perversión que llamamos el amor. Y adornamos con pretextos subliminales, flores, serenatas y suspiros. Pero cómo explicar a una joven cerda llena de salud y recién impregnada de hormonas que el enamoramiento es solo una ilusión, y el celo una locura pasajera.

Cuando se llevaron tu enorme cadáver rosado, hecho pedazos, pregunté por el olor de la sangre que me faltaba. También se la llevaron para embutir morcillas. Nada quedó. Nada más que un recuerdo de ti en mí, y un silencio palpable detrás del par de gemidos de cortesía con la vida, antes de comenzar el camino de todos los cerdos, no hacia la inmortalidad prometida para los santos, sino por las cloacas de unos comensales distraídos, hacia una nueva libertad reconquistada en los torrentes densos de las letrinas y los caños y los arroyos y el océano y las nubes del mundo, en el fabuloso ciclo de los sólidos y los gases y los líquidos que dan vueltas sin pensar en nosotros.

Por la tarde quise hacer un ejercicio macabro para afinar la crueldad. Y caminé a la plaza decidido a comerme un buen pedazo tuyo, Aurelia, con los choferes del parque, pero ya no quedaba cuando llegué más que una tribu de moscas sobre una bandeja vaciada. En el interior de los invitados hay un rastro lúgubre de grasa vengativa. En el mío tu nombre grabado, Aurelia, que evocas el oro en tu nombre.

Los comensales estaban borrachos. De sangre, ron y crepúsculo. Bailaban en plena calle por parejas descompuestas. Hombres y mujeres mezclados en un ritual ruin. Airean los sombreros, torean el viento con los ponchos, gritan. Ignoran que están ahítos, nada más, nada menos, gracias a la marrana más famosa del país. Como si se hubieran comido a Shakira. O a Claudia de Colombia para ser modestos. Una mujer gorda como estuviste se menea en el centro del círculo de machos. Un macho suelto con bigote de charro serpentea tratando de llevar el son de las trompetas de la papayera. Dos perros callejeros husmean bajo la mesa unas migajas tuyas, Aurelia. Y en las torres de la iglesia cantaban las campanas. Esa es la vida, Aurelia. Cruel y simple.

Aguardemos a modo de consuelo dentro de cien años, un muchacho desocupado con el pelo verde que revise la colección de SoHo de un bisabuelo mantenido en agraz con viagras. Y nos encuentre a los dos, a ti y a mí, abrazados, hace tiempos, felices bajo el sol primitivo. Y diga: qué bacanos.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.