Querido niño:

Yo también soy Capricornio, pero aspiro a no morir crucificado.

Porque una cruz, querido Niño, no es otra cosa que un signo de más sobre un signo de menos.

Esta época en la que se celebra su nacimiento siempre me recuerda a un pensador mexicano ¿sabe usted, pequeño infante, lo que significa ser mexicano?

Pues bien, el filósofo afirmaba con razón que la Navidad es la época en la que los comerciantes se vengan de Jesús por haberlos expulsado del templo.

Y como Jesucristo no es otro que usted pero más crecido, más hecho hombre, ignoro si a su tierna edad y de manera visionaria, se presiente o se ve ya mayor, iracundo y libertario, latigando mercaderes, acusándolos de profanar con sus cachivaches el templo del Señor.

Le escribo esta carta desde un avión en vuelo, a nosecuántos metros de altura, y pienso que es un sitio propicio para hacerlo, querido Niño, quizá cercano a su eterno y etéreo vecindario.

Ya le habrán llegado, antes que esta, millares de cartas de mis compatriotas colombianos que, como buenos cristianos, son por naturaleza pedigüeños.

Entre otras, sospecho una misiva de nuestro Señor de los Establos pidiéndole que usted, que tiene tantas influencias con Dios, para no hablar de nepotismo, le ruegue que entre ángeles y arcángeles le tejan una banda presidencial inconsútil, una cinta tricolor que vaya creciendo a la par de su cuatrenio y a la par de sus carnitas, a la par de sus huesitos, "per secula seculorum".

También, lo supongo, ya le habrá llegado la postal con lentejuelas de algún narcopolítico diciéndole, querido Niño, que le pida usted lo que quiera, quizá una alcaldía en algún poblado de la Costa Atlántica o una curul en el Senado, a cambio de una nube por cárcel.

Ni qué decir de los que quieren escribirle una Carta Magna, modificada a cada tanto, como si fuera el pan nuestro que no es de cada día.

Y, por supuesto, las misivas de quienes siempre tienen una carta, un as bajo su manga.

Yo, pequeño y radiante Niño, quiero ser altruista y no pedir nada personal, o sí, aunque lo sospeche un imposible. ¿Tendría a bien, de todas las estrellas que brillan en su vasto planisferio, de tantas que fulgen como si el cielo estuviera condecorado por ellas, regalarle una, una solamente, a mi equipo rojiazul, un equipo de una fervorosa montaña donde alguna vez el sol andaba libre, como lo escribiera Epifanio Mejía?

¿Conoce usted, querido Niño, a Epifanio? ¿No? Pues fue un poeta antioqueño (sin duda, a su corta edad ya sabrá lo que es un antioqueño). Los paisanos del poeta, muchos de ellos amantes del tintineo del metal y de las campanitas de las máquinas registradoras, inauguraron con él su manicomio. Lo declararon orate porque el pobre versificador soñaba con camellos cargados de seda y, a lo mejor, con incienso y con mirra, sin costo alguno para los viandantes. Lo hacía solo por el placer de soñar. Una auténtica, una verdadera locura, querido Niño, una práctica peligrosa en tierras fenicias.

No pido nada para mí. O sí, pero poco. Deles un poco de solaz a quienes me envidien. Que el comisionado de paz, mientras oiga cantar "noche de paz, noche de amor", recuerde que el país no solo tiene una historia clínica. Que renuncie al fraude de buscar la paz con los dientes apretados del Tartufo. Que su jefe no repita puesto, ni medio periodo más, por favor, Niño eterno en su cuna.

También fuera bueno que aparecieran los desaparecidos y el muerto y resucitado Tirofijo y sus febriles tropas, que hace rato parecen el brazo armado de Sibaté, liberen a los secuestrados.

¿Sabe usted, querido Niño, dónde queda Sibaté? Pues bien. En este país del imposible es un lugar que queda en dos sitios a la vez. Está ubicado al mismo tiempo en el Palacio Presidencial y en las selvas de Colombia.

Yo, poco creyente a decir verdad, que por momentos confundo el Fenómeno del Niño con su bendita presencia, le pido pequeñas cosas: una larga temporada disfónica para la garganta de Juanes, claro que usted sabe de quién le hablo, y que la buena poesía acompañe a los amigos y enemigos.

Para mí, querido Niño, no estaría de más una novia silenciosa para que la noche sea verdaderamente una noche de paz, una noche de amor y todo brille en derredor.

Crezca pronto, querido Niño, y expulse de nuevo a los mercaderes del templo.

Su desconocido amigo,
Juan Manuel Roca

 

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