Lara Croft: Tomb Raider
Lara Croft es la protagonista de uno de los juegos más famosos de PlayStation. No es un juego fácil, salvo cuando uno tiene 12 años y acaba de salir a vacaciones. En fin. La película, que ha dirigido Simon West, el mismo de Con Air, no es mejor ni peor que el juego. Es más, verla es como pararse al lado del detestable niño de 12 años mientras está jugando el juego: la protagonista, en sus manos, e interpretada a la perfección por Angelina Jolie, nunca, jamás pierde, y es capaz de soportar dolores, realizar proezas y dar saltos que sólo un personaje de PlayStation podría llevar a cabo.
Los productores han tratado de mezclar, para conseguir el éxito, las fórmulas de Indiana Jones, Superman, La momia y, aunque nadie lo crea, Contacto. Parece mentira, pero el padre de la arqueóloga Lara Croft, como el de Indiana Jones, buscó, durante años y años, las dos partes de un triángulo que le dan, a quien lo posea, el control sobre el tiempo. Así es: el tiempo. Quien tenga estas dos rocas talladas podrá, como alguna vez le advirtió el papá a Superman, volver al pasado, jugar con el futuro y soportar, en paz, el presente. Por eso hay que destruirlo. Porque nadie debe alterar el curso de la vida. Y un poder de semejantes proporciones, en manos equivocadas, podría ocasionar una tragedia.
Angelina Jolie es espectacular, y todo, pero ver jugar a otro PlayStation es, dentro de los planes aburridos, el peor, el más denigrante.



Nadie conoce a nadie
Simón aspira a ser escritor, sobrevive gracias a la elaboración de crucigramas y tiene un buen amigo, con quien vive en su apartamento, pero a quien no ha podido conocer bien. El tipo es sonriente y medio agresivo, le dicen ‘El sapo’ y se la pasa jugando un extraño juego de computadora. Y pronto, más de lo que cualquiera podría imaginar, conducirá a Simón a la peor crisis de su vida: habrá persecuciones, fuego, imágenes religiosas; lo perseguirán, lo atacarán, se sentirá acorralado. Pero no, él aún no lo imagina. Nadie conoce a nadie, la primera película de Mateo Gil, el guionista de Tesis, es un thriller que centra su acción en la Semana Santa de la Sevilla del año 2000, y que recoge la locura alrededor de los aterradores juegos de rol —que son, para quienes los juegan, toda su vida—. De paso nos recuerda que una buena película es, básicamente, la historia de un hombre o una mujer que están a punto de perder todo lo que quieren. Comparada con otras películas del género, Nadie conoce a nadie no es, claro, una gran película, pero, eso sí, comprueba que Mateo Gil es un buen narrador, uno que sabe crear tensión, suspenso y atmósfera. Fue todo un éxito en España.



La pena máxima
Mariano Concha es un bogotano de clase media que vive, casado y con trabajo, en la casa de su tío. Lo que importa, ahora, es que no se pierde ningún partido de fútbol de la Selección Colombia: por eso su esposa ya no se lo aguanta, su hermano, un vago medio tonto, hace las filas por él, y su jefe quiere echarlo a patadas del Ministerio. Por eso su tío, que es hincha de Argentina, y ya no quiere verlo más, le ha aceptado una apuesta: si Colombia gana el partido definitivo para ir o no al mundial, entonces Mariano y su esposa se quedarán con la casa; de lo contrario, tendrán que irse y darle al tío todos sus ahorros. La pena máxima es divertida, pero por razones que a todos deberían darnos vergüenza: porque el protagonista es ordinario, burdo, grotesco; porque grita groserías y le ofrece pollo a su hermano; porque no quiere tener un hijo, sino un crack para venderlo a un equipo europeo.
Que nos parezca divertida habla, pues, mal de nosotros. Nos demuestra, por un lado, por qué Vuelo secreto, que también lanzaba ordinarieces al aire, duró siete años al aire, y, por el otro, que los libretistas, como un político en campaña, ya se han dado cuenta de qué hay que darle al público para conseguir su asistencia: feas, escamosos y taxistas millonarios. Esa es la apuesta.



Red de corrupción
Con la brutalidad que caracteriza a los personajes interpretados por Steven Segal, el detective Orin Boyd no conoce límites a la hora de hacer respetar la ley. Trasladado a la peor zona de Detroit, Boyd se encuentra con una impresionante red de narcotraficantes compuesta por policías corruptos.Cincuenta kilos de heroína han desaparecido de una bóveda de seguridad y alguien —quizás un uniformado— ganará cinco millones de dólares gracias al robo. Boyd, que no sabe muy bien como lidiar con los intereses políticos que lo rodean, está dispuesto a llegar a cualquier extremo con tal de encontrar la verdad. Lo tenaz de la historia está en el momento en que Boyd se da cuenta de que la única manera de lograr descifrar el enigma es acudiendo a Latrell Walker (un pandillero negro interpretado por el rapero DMX) para quien algunas cosas están por encima del dinero. Si bien la película podría ser el equivalente en trama a cualquier historia del Oeste en el que un sheriff y un forajido se unen para derrotar al malo del paseo, la mezcla entre DMX y Segal así como la coproducción de Joel Silver (The Matrix) hacen del filme algo simpático para ver en un día en el que no se quiera pensar más de lo necesario.

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