Miss Simpatía
Esta es, quién lo creyera, una película digna. Desde su título se sabe que será
una tontería. Que su único objetivo será el de hacer pasar un buen rato. Que no
se comprometerá a nada más y a nada menos. Y la verdad es que, por medio de una
historia sencilla y sin pretensiones, y gracias al trabajo de actores como Sandra
Bullock, Michael Caine, Candice Bergen y William Shatner, consigue, plenamente,
lo que quiere, y de paso, y como otra prueba de la sanidad mental de sus productores,
se ríe del torpe mundo de las reinas de belleza. En este punto de la historia
de Hollywood no puede pedírsele más a una película. Miss Simpatía se centra en
el personaje de Sandra Bullock. Se llama Grace Hart y quiere ser una agente del
FBI tan valiente y arriesgada como lo fue su madre. No es muy femenina. No es
una flor delicada. De hecho, es un poco burda. La ironía está en que cuando un
terrorista amenaza con poner una bomba durante el concurso para elegir a la Señorita
Estados Unidos, Grace se ve forzada a hacerse pasar por una de las concursantes.
Eso significa, por un lado, hacer dietas, sonreír y desear, fervorosamente, la
paz del mundo. Y, por el otro, aguantarse las miradas lascivas, los ojos desorbitados
y las risas enfermizas de los demás agentes de la ley.



Snatch
Guy Ritchie, el autor de Snatch, se dio a conocer con Lock, Stock and Two Smoking
Barrels, algunos comerciales y varios videos musicales. Por eso esta película,
llena de acercamientos, nerviosos movimientos de cámara y otros recursos visuales
arriesgados, parece un especial de MTV de un poco menos de dos horas. Hay una
trama: Franky Four Fingers se roba un diamante gigante para su jefe, pero, por
una u otra razón, y por culpa de una serie de pandillas, de un perro detestable
y de una curiosa pelea de boxeo, le es imposible entregárselo. Hay buenas actuaciones:
Brad Pitt, en el papel de gitano incomprensible, es excelente. Pero es, para bien
o para mal, una película para los fanáticos de Trainspotting y Pulp Fiction. Se
nota, desde los cortos, que Ritchie admira profundamente los diálogos de Quentin
Tarantino, la velocidad de Danny Boyle y los recursos visuales Martin Scorsese.
Y que la admiración lo nubla hasta el punto de no darse cuenta de que ellos son
quienes son porque no se parecen a nadie. Mejor dicho: esta es la película que
los seguidores de Tarantino han esperado para decir que está bien, pero que “nadie
como Tarantino”. Los seguidores de Scorsese, en cambio, la encontrarán aburrida.
Y las de Brad Pitt, por su lado, no quedarán defraudadas.



Ambición peligrosa
Llegamos al punto sin regreso. El momento en que las películas favoritas de los
directores ya no son las de Orson Welles o las de Billy Wilder, sino, si acaso,
las películas más aburridas de Oliver Stone. Ambición peligrosa, o, en inglés,
Boiler Room, recuerda un poco a The Muppets Babies porque su director, Ben Younger,
se empeña en filmar la misma historia de Wall Street pero con actores de 20 años.
En vez del diabólico Michael Douglas está el lamentable Ben Affleck. ¿Qué pasa
con Affleck? ¿Nadie se ha dado cuenta de que por poco acaba, con su acento de
neoyorquino del siglo XX, con Shakespeare in Love? Pero no: el que quiera verla,
que la vea. Cuenta la historia de un joven de la generación X que, empeñado en
conseguir dinero por el camino más fácil, entra a trabajar a una extraña firma
de inversiones que funciona en una pequeña oficina llamada ‘la caldera’. Su trabajo,
como el de los demás jóvenes corredores de bolsa, es el de venderle acciones ficticias,
por teléfono, a los compradores más ingenuos que puedan encontrar. La mayoría
de la acción ocurre dentro de la oficina. Como en Yo soy Betty, la fea. Ben Affleck
es el equivalente a don Armando. Pero no: el que quiera verla, que la vea.



Recomendada El color del paraíso
El director iraní Majid Majidi —el mismo que hace un par de años llevó al cine
ese clásico llamado Los niños del cielo— contraataca con El color del paraíso,
un filme que demuestra cómo los efectos especiales y las superproducciones hollywodenses
han empezado a ser revaluadas. La cinta cuenta la historia de Mohamed, un niño
de 8 años —ciego y huérfano de madre—, que a pesar de ser una carga para su padre
y sus nuevos planes de matrimonio se las ingenia para encontrarle un lado bueno
a la vida. Tras intentar lograr la permanencia absoluta del niño en el Instituto
para Infantes Ciegos de Teherán, el papá de Mohamed se ve obligado a llevarlo
a casa. A pesar de que el niño es bien recibido por sus hermanas y abuela, las
preocupaciones de Hashem sobre el futuro de su matrimonio (la familia de su novia
no ve con buenos ojos a niño) hacen que Mohamed termine viviendo lejos de casa
como aprendiz de un carpintero invidente. La incertidumbre de Mohamed sobre si
alguien podrá amarlo a pesar de su ceguera es un ingrediente que lo deprime a
uno en la medida exacta para que las enseñanzas y la forma de ver la vida de su
nuevo mentor terminen consolándolo. Apelando a ese motor interno que a veces fastidia,
los personajes diseñados por Majid Majidi en su segunda película le enseñan constantemente
al espectador a quedarse con la actitud del niño y no desfallecer frente a un
padre que ve en su hijo un problema solucionable únicamente por el exilio. Durante
toda la cinta el testimonio de vida de Mohamed (interpretado por Mohsen Ramezani)
logra convencer de que, sin importar qué tan complicado ande el mundo, todo va
a terminar bien. De comienzo a fin, El color del paraíso es la oportunidad perfecta
para ir bien acompañado a cine y entender lo increíblemente sensible que puede
llegar a ser el género humano, cuando quien cuenta la historia apela a los sentimientos
y no a los majestuosos derroches a los que nos tiene acostumbrados la escena californiana.,,

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