¿Qué harían si un viejo de 90 años se enamorara perdidamente de alguna de ustedes?
"Pues explotarlo" -dice Mónica, y todos nos morimos de la risa. Por supuesto, Mónica no está hablando en serio y, por supuesto, esa no fue la primera pregunta de una inolvidable tertulia que tardó algunos minutos para coger ritmo. Antes, hubo que romper el hielo. Mónica, Luisa y Vanesa estaban algo nerviosas e inquietas: ¿qué les iba yo a preguntar? ¿Qué cosa "importante" tenían que decir?
Tuve que tranquilizarlas. No, no se trataba de ningún examen; no tenían que esforzarse por decir frases lúcidas. Solo debían ser espontáneas, decirme qué les había gustado o disgustado de Memoria de mis putas tristes, la última novela de Gabriel García Márquez. Es decir, una versión "impresionista" de su lectura, como despectivamente llaman a esta clase de lectura en las facultades de literatura. (Ay, Dios, en las facultades de literatura donde todo el mundo trata de ser tan brillante y solo consigue ser tan aburrido).
Desde luego que las condiciones eran bastante más favorables que en una universidad. En vez de tableros, notas e incómodas sillas, teníamos al frente un delicioso bife de chorizo con vino tinto. Y luces tenues, suave música de tango al fondo: el lugar escogido para nuestra tertulia fue un agradable restaurante argentino de Bogotá. Como quien dice, un ambiente no muy académico pero bastante estimulante: buena bebida, buena comida, mujeres lindas e inteligentes y total irresponsabilidad con la palabra. Mejor dicho, como debe ser una verdadera tertulia y no como esas promovidas por nuestro hierático y solemne señor presidente que terminan en consejos comunales de gobierno.
Además, la idea tenía un elemental sentido de cortesía y de justicia. En una novela donde aparecen putas (aclaro que de ninguna manera uso esta palabra ofensivamente: es solo porque me parece bonita y castiza), donde ellas son las protagonistas desde el mismo título, nadie se había tomado la molestia de tenerlas en cuenta. Si críticos, periodistas, amigos del Nobel, políticos e intelectuales, han pontificado largo y tendido sobre esta obra, entonces, ¿por qué ellas no? ¿Por qué nadie les ha pedido su punto de vista? Al fin y al cabo, algo han de saber sobre el asunto, algo valioso han tenido que haber vivido para contar.
"El título siempre dice mucho y, por el título, yo esperaba algo fuerte, algo estilo Marilyn y, oh, qué sorpresa, me encontré con una historia de amor, pero me ha encarretado bastante", dice Luisa. A Vanesa también le gustó, salvo por la diferencia de edad de los protagonistas: "Cuando empecé a leer el libro, lo único que no me gustó fue la relación de la edad. Los periódicos acá en Colombia critican que salen niñas violadas muy sardinas y entonces con este libro ¿qué tenemos que hacer, aceptar un tema de una niña de 14 años y que venga un señor y se enamore porque solamente le nació el amor a él? No me gusta eso. Fuera una persona de más edad que pudiera decidir, pero es una niña, son 14 años". Mónica es más radical: "Es que es un señor de 90 años: no. Me parece sádico".
Ya los perfiles de mis contertulias se empiezan a definir. Luisa es romántica, Mónica es directa y Vanesa se mueve entre la credulidad y el escepticismo: es irónica. No son putas de la calle: estudian en la universidad, han hecho otros trabajos -muy mal pagos, por cierto- y ven la prostitución no como un fin, sino como un medio para salir adelante. Las tres son madres. Luisa y Vanesa, solteras. Mónica se separó luego de varios años de matrimonio, porque se desesperó con un marido enfermizamente celoso que no la dejaba hacer nada: ni ir a la tienda, ni tener amigos, ni estudiar. Por su vestimenta -la normal de unas muchachas de su edad- pasan por completo desapercibidas. Camilo, el fotógrafo de esta crónica, se encontró a la entrada del restaurante con Vanesa y -me dijo después- nunca se le hubiera ocurrido que ella era uno de los personajes con los que iba a encontrarse.
La cosa va bien. Hay confianza y camaradería. Está sonando Mi Buenos Aires querido, pero al parecer sólo yo lo escucho. De inmediato, no puedo evitarlo, me acuerdo de Muñeca brava en la voz de Adriana Varela. Qué bueno que sonara esta noche, es el mejor tango que se ha escrito jamás sobre el mundo prostibulario: "Sos un biscuí de pestañas muy arqueadas, / muñeca brava, bien cotizada. / Sos del Trianón. del Trianón de Villa Crespo, / Milonguerita. juguete de ocasión". Los tiempos han cambiado y con ellos la escenografía. Prostíbulos como los que aparecen en los tangos o el de Rosa Cabarcas, la alcahueta de Memoria de mis putas tristes, ya no existen, son prehistoria. Ahora es el prepago, la sala de masajes, casas privadas y discretas, clasificados en los periódicos, los "sube y baja", citas en moteles, páginas web, mujeres estudiadas de clase media y alta con celulares y con carros. Pero en esencia, la prostitución sigue siendo la misma. Los hombres, desde hace siglos, en sociedades liberales o conservadoras, modernas o atrasadas, pagan y seguirán pagando por cumplir una fantasía y por tener una relación sin compromiso.
Está claro para todas que la novela es una historia de amor. ¿Qué piensan de ella? Vanesa: "Me gustó el sentimiento que se despierta en él. Porque él aprende a amar después de llegar a 90 años y se da cuenta de que se podía enamorar de una niña que nunca le participó en ninguna cosa. O sea, que uno mismo es el que se enamora, no la otra persona lo hace enamorar. Él empezaba a mirarle el cuerpo, a verla. Yo creo que se enamoró de la juventud que ella tenía y ya no la tenía él". Luisa: "Es una historia de amor, es lo sensible que él olvidó, porque él olvidó ser sensible, él vivió y no se casó porque dice que las putas no le dieron tiempo para hacerlo. Hay una partecita donde él dice que la mamá lo forzó a leer sobre el romanticismo y él dice que no le entraba eso porque no le parecía. Después, cuando se enamora, él recordaba lo que la mamá lo obligaba a leer y, ahí sí, sentía que el amor había florecido, algo que él no había sentido y que valía la pena sentirlo".
¿Sí es creíble esa historia, que un viejo de 90 años, tan putañero toda su vida, se enamore de pronto de una muchachita? Vanesa: "Pues de él le creo que se enamoró, pero de ella, no. Le cogió cariño, afecto, pero que le diga te quiero, te amo, no". Mónica: "Es que ella es una niña, se le ve la inocencia, él le lee cuentos infantiles, El principito, por eso mismo él no se atrevió a tocarla sino verla ahí no más, quietecita". Vanesa: "Lo chistoso es que la niña nunca hablaba y la que le hablaba era Rosa, o sea que podía ser verdad o podía ser mentira de que la niña dijera que se había enamorado de él. Rosa pudo haber dicho: no, pues, cuadrémosla con él que le va mejor".
¿Qué fue lo que más les gustó? Luisa: "Que ese señor que se acostó con tantas mujeres sólo por sexo, que nunca hizo el amor -nunca contempló a una mujer, nunca la sintió- al final haya sido capaz de enamorarse". Vanesa: "Me gustó porque empieza a mostrar el corazón de él, y a uno no le cae gordo la vida de él. O sea, en parte lo entiende que haya querido hacer eso. Le da a uno pesar de verlo tan solito y, aparte, pobrecito (se ríe). No tenía mucha plata. Ay, sí, pobrecito, vendiendo todo lo de la casa". Si tuvieras 14 años, ¿te habría seducido don Mustio Collado? "No sé, no sé qué pueda pensar una niña de 14 años al ver a ese abuelito ahí." "¡Bisabuelo, mija -interrumpe Mónica-. que se le duerma a uno encima y con ese calor". Luisa: "Yo me enamoré a los ocho años de una persona de 18 y nunca estuve con él, pero me hubiese gustado". ¿Y amor sin sexo, es posible? Vanesa: "Sí, amor sin sexo es lindo". ¿Por qué? "Porque es que todos van a lo mismo y una persona que sea diferente y lo trate diferente, a uno le encanta". Y a ti, Mónica, ¿el profesor te hubiera seducido leyéndote El principito? "Sí, claro, mi vida, me lees El principito, pero te cuesta plata (risas)".
¿Ustedes se enamorarían de un cliente? Luisa: "No y espero que no, porque de mi parte sería fantasía". ¿Y si te pasara? "Si me pasara viviría el momento, pero no esperaría nada". Mónica: "No, de un cliente no. Sinceramente yo estoy cerrada a eso: ya me lo metí en la cabeza. Más de uno ha tratado de enamorarme, que nos veamos por fuera y tal, pero no". Vanesa: "Uno se vuelve práctico, no se enamora porque ya sabe: a lo que vinimos vamos y solo está el interés de la plata. Si se enamora, el día que no le dé plata vaya a ver cómo lo tratan. Uno sólo crea buenas relaciones y buenas amistades". Y si de todas maneras te pasara, ¿qué harías? "¿Qué hago? Pues disfrutar lo que yo sienta porque correspondida no estaré". ¿Cómo lo sabes? "Pues me imagino
-dice con una carcajada-, porque como todos son casados". ¿Y qué hacen si es el cliente el que se enamora? Luisa se ríe y me dice: "No es muy creíble. Uno dice, bueno, si lo puede buscar en otro lado, afuera, ¿por qué viene a buscarlo aquí?". Vanesa: "Le cogería aprecio, cariño, lo estimaría mucho porque uno llega a estimar a las personas y a quererlas mucho. Pero amarlo y que uno diga no, pues, me siento realizada y mejor dicho. no, no creo".
Mónica nos habla de un cliente que le paga sólo para que vaya a su oficina y lo acompañe y le converse mientras trabaja en su computador (nunca se acuestan). "La semana pasada que fui le dije: fresco, Carlitos, dejémoslo así, hoy no me pague, más bien a fin de mes por ahí me colabora con algo para el arriendo. Y él, todo emocionado, dijo: ay, tan linda. Y eso, mejor dicho, desde ese día es peor" (risas). "La mayoría va es para que uno los escuche", dice Vanesa, quien a su vez cuenta que hace poco la contrataron para que estuviera con un viejito. "¿Y saben qué me tocó hacer? ¡Jugar parqués con él!".
"Somos como un confesor", dice Mónica. Y unas maestras de la condición humana, agregaría yo: por todo lo que ven y escuchan. Saben más que la Enciclopedia Británica, escribió alguien. Por eso, ante semejantes sabias, no pierdo la oportunidad de preguntarles: ¿Puede una mujer fingir un orgasmo? Mónica: "Claro, perfectamente. Por más fregado que sea el tipo, por más que se las dé de que sabe mucho". Luisa: "Con o sin amor se puede fingir si uno actúa bien". Vanesa: "El hombre siempre quedará mal".
Durante casi tres horas (hubo que pedir otra botella de vino y dos rondas de whisky) fueron muchas las cosas de las que hablamos a propósito de esta novela (una pareja que estaba a nuestro lado, feliz, no dejó de parar oreja. Pedían y pedían platos hasta que, ya sin ninguna disculpa, tuvieron que irse). Y, también, fue mucho lo que nos divertimos. La prostitución es, principalmente, una fuente inagotable de historias. Y eso lo sabía el profesor Mustio Collado, a quien desde un comienzo le gustó acudir a los burdeles, porque allí podía escuchar historias secretas de los notables de la ciudad.
La tertulia ha terminado. Yo tomo un taxi con Camilo y ellas se van juntas en otro (daría cualquier cosa por escuchar lo que están diciendo: seguro es todavía mejor de lo que me dijeron). Cada lector con su lectura enriquece la obra, y la de ellas -privilegiada por su condición- me ha enriquecido mucho. Han sido como una versión desopilante y desmesurada de la estética de la recepción. Y unas insospechadas lectoras que hubieran sorprendido al mismísimo Pierre Menard.

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