"Nunca antes me había pasado", me dijo, mientras yo estaba sentada sobre sus piernas mirando su pene dormido inclinado al lado izquierdo. Yo, que soy terca y no me doy por vencida con facilidad, le dije que lo intentáramos de nuevo, pero sabía que la cosa no pintaba bien.

Era una tarde de sol radiante, había buen blues de fondo y era la primera vez que nos comíamos. O que lo intentábamos, por lo menos.

Todo comenzó en el almuerzo, donde nos besamos apasionadamente luego de un pisco que tenía la forma de una piscina. Me preguntó si tenía algo que hacer y con la complicidad que solo dan los días laborales, nos escapamos ambos, apagamos los teléfonos y nos fuimos a su casa a pasar la tarde.

Nos acostamos en su cama y nos besamos largamente, primero con ternura y luego con fuerza, con ganas, con deseo. Me quitó la ropa, yo se la quité a él y empecé a acariciarlo con las manos y con la boca. Él me chupaba las tetas, me lamía el ombligo, me tocaba con sus dedos el clítoris. Todo iba perfecto. Cuando me lo trató de meter, sentí su incomodidad. Su impaciencia.

Paró, retrocedió, volvió a besarme. Con una mano me tocaba y con la otra se tocaba él. Empecé a ayudarlo y cuando sentí que ya lo tenía parado, otra vez me dejé caer sobre la almohada y doblé las piernas. Subí mi pelvis para recibirlo, pero nada. No entró nada.

Giré, lo empujé suavemente y cambié de posición. Me senté sobre él para que viera cómo se ensanchaba mi cadera, cómo estaban de duros mis pezones, volví a tocarlo.

Volvió a parársele. Me senté sobre él y pude sentir cómo se deshinchaba. Ahí fue cuando me dijo que nunca le había pasado. Claro, nunca a nadie le ha pasado antes. Eso dicen siempre. Pero pasa a ratos (a mí me ha pasado con tres o cuatro tipos), y tampoco para nosotras es cómodo. ¿Será que no le gusto? ¿Será que ya no me quiere? ¿Qué hice mal? Esas son algunas de las preguntas que nos hacemos.

Intenté de nuevo, pero quedé exhausta, me dolían las piernas y no había sentido ningún tipo de placer.

Me acosté a su lado. ¿Será el pisco, me preguntó. No lo creo. ¿Dormimos una siesta, sugerí yo. Bueno.

Una hora después, cuando nos despertamos, volvimos a intentarlo y nada pasó. Esta vez estaba muerto completamente. Son los nervios, me dijo. Nunca me había pasado.

Te pasó hace una hora, contesté yo, un poco exasperada con su angustia, y me senté, desnuda, a su lado.

Tú me gustas, le dije. Le dije también que no importaba tanto si no se le paraba esa vez, o la siguiente, o la de más allá. No importaba porque el sexo me parecía irrelevante, por lo menos al principio, porque aún nos estábamos conociendo y había tantas cosas que quería saber de él que no me importaba ignorar cómo era en la cama por ahora.

Eso bastó. Pareció tranquilizarlo, así que me vestí y nos despedimos. Esa noche, cuando llegué a mi casa, me quedé pensando en él. Me sobrecogió su cara de angustia, su hombría amenazada, sus explicaciones, su vergüenza sin fundamento.

Para nosotras es más fácil. No tenemos que mostrar una prueba física. No tenemos que exhibir nuestro entusiasmo o nuestra excitación. Para ustedes, es un acto de virilidad. Y si no se les para creen que está en entredicho su masculinidad. La presión debe ser terrible.

Quise abrazarlo y descubrí que, además de atracción, me había hecho sentir ternura. Lo llamé y le dije que quería verlo. Lo invité a mi casa esa misma noche y cuando llegó empecé a besarlo con dulzura, mostrándole todo lo que me importaba. Él siguió, fue tomando fuerza, me desvistió, me llevó a mi cama y me hizo el amor. Ahí funcionó todo perfecto. Y lo mejor es que sentirlo tan fuerte no hizo que se me quitara la ternura, porque la coraza había desaparecido al mediodía.

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