Antes de abrir los ojos, sentí como si la cabeza se me hubiera desprendido. Tenía la boca pastosa y, aún más, la desagradable sensación de que había algo muy mal. Estaba despierta, pero no me había despertado el guayabo, sino una punzada de pánico en el estómago.

Lo siguiente fue abrir un ojo despacito, con mucho cuidado. Las sábanas eran azul rey, nada que ver con las mías. El dolor en el estómago se hizo un poco más intenso. Abrí los ojos y a mi lado vi un bulto que respiraba pausadamente. Aun así, no entré en pánico. Miré a mi alrededor y vi una silla de lectura forrada en piel de vaca, una tele y una camisa blanca tirada sobre la silla. Me concentré en el tipo que estaba durmiendo, pero se encontraba de espaldas, entonces solo podía ver su pelo negro despeinado asomándose entre las sábanas.

¿Quién era ese tipo?

Luego miré despacio mi cuerpo. Estaba desnuda.

Intenté recordar lo que había pasado. La noche anterior había ido a un sitio con unas amigas, había conocido a unos manes que estaban solos, me había encontrado con unos amigos, había tomado mucho whisky, había salido con alguien del lugar, pero, ¿con quién?

Los polvos de una noche son la peor sensación que existe. No por pudor ni por moralismos, sino por el simple hecho de despertarse en una cama ajena, en un lugar que no es el propio y poder prever la incomodidad de la mañana.

¿Qué hago ahora? ¿Me voy despacito y en silencio? ¿Lo despierto? ¿Será que me encuentro con alguien en la puerta de su cuarto? Mientras me hacía todas esas preguntas, trataba de pensar qué carajos había pasado la noche anterior.

Yo salí del bar… me subí a un carro. Nos besamos. Nos tocamos. Nos fuimos a su casa. Recordé que su apartamento era minúsculo, con una consola de sonido y mucha música. Bueno, vive solo, pensé, y me dio algo de tranquilidad.

Seguí intentando recordar. Por lo que veía a mi lado, el tipo era enorme. Me acordé de sus músculos. Me estaba agarrando con fuerza. La noche no fue precisamente tranquila. Nos arrancamos la ropa, nos acostamos en la cama y tiramos. Pero no me acordaba de su cara. Me acordaba de su cuerpo delicioso, y me perdoné un poquito, porque era absolutamente irresistible. Me acordé luego que me vine un par de veces, que no quería parar. Y mientras recordaba esto, la angustia se volvió otra cosa. Empecé a excitarme, los pezones se me pusieron duros, sentí un cosquilleo delicioso en el clítoris… todo esto porque me acordé de que el desconocido no había sido, para nada, un mal polvo.

Pero el poco pudor que me queda me impedía despertarlo para un polvo mañanero, tal vez el último de mi vida con él, así que decidí levantarme despacito para mirar bien su cara. Nunca en mi vida lo había visto, en serio. No era uno de mis amigos, no recuerdo que fuera uno de los tipos que se nos acercaron en el bar. ¿O tal vez sí? Igual, estaba durmiendo profundamente, y se veía mejor de lo que lo pude imaginar. Le toqué el brazo y se despertó con un brinco. Me miró de arriba abajo, con el mismo desconcierto que yo había tenido hacía unos minutos, pero él evidentemente no se excitó sino que se angustió.

Lo primero que me dijo fue que no recordaba nada de lo que había pasado y eso fue suficiente para que yo me hiciera la difícil, así que le dije que yo tampoco, me vestí y me fui. Por si acaso llegara a recordar, le dejé mi nombre y mi teléfono en la cocina, pero ya han pasado varios días y aún no me llama. Ya estoy perdiendo la esperanza… creo que la amnesia fue permanente.

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