Ustedes los hombres se precian de levantarse mujeres ardientes y desenvueltas en la cama. Hacen alarde del último volcán que tuvieron entre sus brazos -o más bien del último volcán que los tuvo a ustedes entre sus piernas. Se jactan de haber pasado noches inolvidables con hembras mandonas que los exprimieron hasta sacarles la última gota de placer, pero en el fondo, muy en el fondo, esos donjuanes que dicen andar con mujeres fatales están añorando una mujer de esas que no temen ser sumisas y pueden hacer a un lado el discurso feminista-sexual de andar pidiendo y ordenando en la cama como si fueran generalas.
Si los donjuanes se sinceraran, les tocaría aceptar que no hay nada más rico que una mujer sumisa en la cama. Se puede ser sumiso y creativo a la vez. Casi siempre tengo clarísimo el paso siguiente en una relación. Paso una mano tímidamente por partes en las que soy experta, para luego quitarla como quien no quiere la cosa y que él tenga que coger mi mano y volverla a poner donde quiere que esté. El sexo oral, por ejemplo, es algo que prefiero dejar que me pidan. Así le hago sentir al tipo que estoy a su disposición y la cara de placer que veo desde allá abajo cuando él comprueba que no soy novata en el asunto no tiene precio. Nada más placentero que una mujer complaciente -valga la redundancia. En el sexo se pueden conocer todas las tácticas y todas las estrategias, pero un hombre jamás va a sentirse tan cómodo y tan arrecho como cuando uno los deja mandar y ordenar.
Las terapeutas le dicen a la mujer que no tiene por qué cohibirse a la hora de pedir lo que quiere que su pareja le haga. Perfecto. Que grite a los cuatro vientos lo que necesita. Sin embargo, volverse una maquinita de instrucciones puede resultar francamente aburrido. No veo ningún tipo de valor en repetir hazme por aquí, cógeme acá, mejor ponte así, y cómeme asá. Para una mujer que ha experimentado poco con el sexo es liberador pedir algo. Para las que ya nos hemos sacudido ese fantasma, es en cambio una gran satisfacción esclavizarnos un poco, por no decir del todo.
El feminismo invita a la mujer a reivindicar sus derechos, a pagar sus cuentas y a decir qué quiere, cuándo lo quiere y cómo lo quiere. Sin duda lo necesitábamos para lograr cierta igualdad con los hombres y no es mi intención desprestigiar su labor, pero a veces el discurso feminista se pasa al otro lado y hace de sus seguidoras una manada de marimachos en las que un buen par de tetas parecen más bien cojones. Para ser mujeres con derechos no necesitamos parecernos a los hombres, ni imitarlos, ni pagar las cuentas, ni prohibirles que nos abran la puerta del carro. Mucho menos sentir placer de la misma manera o jugar su rol en la cama.
El mensaje es de doble vía, como siempre. A las mujeres les sugiero que no se dejen llevar por la Cosmopolitan, que nos vende la idea de ser siempre unas tigresas en la cama. A veces ser un gatito obediente que se toma toda la leche paga mucho mejor. A los hombres los invito a sacarse todos esos estereotipos que les generan revistas como esta, en las que casi siempre reinan mujeres que parecen ahogar a los hombres entre sus destrezas sexuales y sus grandes tetas de silicona. No se escondan tras un falso antimachismo. El machismo tiene muchas cosas buenas y lindas. Una de ellas radica en el poder del macho en el coito. Hagan uso de ese poder y jamás se sientan malvados por cogernos del cuello y llevar nuestras bocas a donde quieren que chupen. A nosotras también nos gusta el machismo. A nosotras también nos gusta complacerlos.

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