Soy tan celosa como Paulina Rubio cuando canta Mío. No me enorgullezco para nada. De hecho, me veo casi tan patética como ella cuando hago esos tradicionales numeritos que solemos hacer las mujeres (y los hombres también). Los celos nos dejan saber que estamos vivos, que queremos apasionadamente y que nos quieren de la misma manera, pero nos llevan siempre a papelones inmaduros y exagerados que después pesan y hasta dan risa. Vistos convencionalmente, los celos hacen parte de esos temas que se tocan en las terapias de pareja. Vistos desde un punto de vista más sincero, hacen parte de las más profundas fantasías y pueden ser nuestro mejor aliado en el sexo. A continuación, un par de escenas que pueden ilustrar la manera en que los celos dejan de ser ese dolor en las entrañas que nos hace decir las cosas más ridículas e hirientes, para convertirse en un arma poderosamente afrodisíaca.
Alguna vez que salíamos de cine con Juan Pablo -un polvazo de novio que tenía- nos encontramos con un tipo que a mí me fascinaba. Antes de que me saludara, él lo vio mirándome el culo. Luego vino y me plantó un beso en la comisura de la boca. Juan se dio cuenta, pero no dijo nada. Yo, ni corta ni perezosa, lo presenté por su nombre nada más. Con cualquier otra persona esto se me hubiera convertido en Troya. Hasta yo, en sus zapatos, habría por lo menos preguntado quién era el tipo, pero Juan caminaba como si nada a mi lado. Llegamos a su casa y nos tomamos media botella de tequila que alguien le había traído del D.F. y, cuando estábamos listos para hacer el amor, encontró el momento preciso para convertir los celos en detonante sexual. Me dijo que le había dado muchos celos que ese tipo tan guapo me hubiera mirado así el culo -mi culo, dijo- y que además se hubiera atrevido a darme ese beso en frente de él, pero que ahora le parecía excitante usarlo para nuestro placer, si yo quería. En este punto de la historia ya no se sabía si hablábamos o jadeábamos. A una persona normal, le parecería muy enfermo. A mí, me puso como pocas veces me he puesto. Juan Pablo me confesó que le encantaría verme mientras ese tipo me comía por todas partes. Nos pusimos frente a un espejo y le pedí que me mostrara cómo. Así, me decía él mientras me cogía por la cintura desde atrás. Logramos un orgasmo que no está ni siquiera dentro de los cánones de un actor porno o de una geisha. El tema se ventiló en la intimidad y luego yo decidí pagarle el favorcito, porque amor con amor se paga.
Meses después, llegamos a una fiesta donde yo no conocía a nadie. La mayoría eran amigos de Juan que habían vivido con él en Buenos Aires. La fiesta era para recibir a una petisa argentina de nombre Josefina que venía a Bogotá para un festival de teatro. Era la argentinita por excelencia: mona, con peinadito de Pokemón en capas ochenteras; ojos color miel con pestañas larguísimas, nada de pestañina; look descomplicado, con uno de sus hombros por fuera de la camiseta, y tres kilos de menos que la hacían ver frágil, a pesar de su personalidad arrolladora. A leguas se notaba que algo habían tenido ella y Juan. Al principio la miré como miramos todas a una mujer linda: de reojo y haciéndonos las que no nos importa. Luego me di cuenta de lo obvios que eran mis celos y recordé que le debía una a mi novio. Recuperada la conciencia sexual y dejada atrás la actitud predecible de hembra marcando territorio, me acerqué a conversar con Josefina y la conquisté como si fuera mi presa, sin dejar a Juan fuera del juego, claro. Cuando ya teníamos más confianza, le acaricié el hombro a la petisa y le dije a Juan: "Mira. Josefina tiene ese tipo de clavículas que nos encantan". Estuvimos así, en la cocina, coqueteando entre los tres hasta que salimos a la sala. Juan, que casi nunca baila, nos dejó a Josefina y a mí bailando juntas, muy pegadito, y los hombres de la fiesta ya casi ni podían respirar de vernos. Era el principio de mi regalo para Juan Pablo. Siento desilusionar al macho promedio latinoamericano que cree que lo que viene es un threesome. Jamás compartiría a Juan Pablo con nadie -sean sinceros: ustedes tampoco compartirían a su mujer con otro hombre-. Luego de un beso bastante cálido entre la petisa y yo -sí, en la boca, muy despacio, muy suave-, salimos de la fiesta a dormir juntos, Juan y yo, como Dios manda. Cuando llegamos a la cama me desvestí y empecé a acariciarlo, hablándole con acento argentino. Le ponía una mano en mis tetas y luego le pedía que cerrara los ojos y se imaginara que estaba con Josefina. Y así, bajé por su pecho hasta encontrarme con la boca llena y luego subí de nuevo. Juan me hizo el amor, mientras lo hacía con Josefina. Y yo no tuve que compartirlo con nadie. Desde entonces siempre canto Celos, benditos celos.

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