Estoy indignada. Leí el relato de Patricia Castañeda en la última SoHo donde contó cómo se volvió bisexual. Allí se nos decía que fue a un bar y una niña desconocida le chupeteó el pecho, la llevó al lavamanos del baño, le bajó los pantalones (Diesel, para felicidad de la marca) y le hizo "ver a Dios". Al final, Patricia se percató de que la bisexualidad es un "estado" y que, como ella, a veces hay gente que "está" bisexual.

Sí, como les decía, estoy indignada de que la revista revelara uno de esos secretos que pasaban de madre a hija por generaciones y que por tantos siglos las mujeres habíamos ocultado. En el fondo, a todas, incluso a las que nos llamamos heterosexuales, nos gustan las mujeres. Y sí, amigos, cuando todos ustedes se preguntaban por qué diablos íbamos acompañadas a los baños de los lugares públicos, tenían toda la razón: la verdad es que pocas veces podemos "venirnos" tan bien como en un destartalado baño con charcos de orines, manchas de menstruación y espejos oxidados, la combinación afrodisiaca para llegar al cielo. No lo intenten más, no sigan buscando satisfacernos en vano. Aunque duela, lo cierto es que jamás podrán igualar el orgasmo que puede producirnos una mujer desconocida en el lavamanos de un bar.

No, un momento? eso no es exactamente lo que yo creo que pasa con los casos de mujeres heterosexuales que "se ponen" bisexuales por unos instantes. La verdad es que nunca dejan de ser heterosexuales. Ese es justamente el tema del que trata Besando a Jessica Stein, una película que estuvo en cartelera hace poco. Sucede que para algunas mujeres que llegan solas a los treinta y pico, la infructuosa búsqueda de pareja masculina (por alguna inexplicable razón involutiva todos a esa edad son sosos), termina en lo que parece ser la única solución viable a su soledad: otra mujer. Y no es que sea una decisión consciente, ni un secreto guardado desde que empelotábamos a las Barbies, o analizábamos milimétricamente el derrière de las pobres reinas de belleza. Simplemente es un hecho fortuito al que puede llevar la necesidad de afecto y comprensión.

¿Han visto acaso un mejor abrazo que el de dos mujeres amigas de colegio?, ¿una mejor pelea?, ¿una caricia más tierna? Las mujeres lo sabemos todo sobre las mujeres y, si bien nos encantan los brazos fuertes de los hombres, cuando se trata de cariño puro nada iguala la cinturita delicada de la amiga de la infancia y, en momentos de desconsuelo absoluto, nada en el mundo podría llegar a compararse con una sobredosis de chocolate con una nena. Mal que bien, nos comprendemos.

Pero, ojo, el asunto no es tan sexual como lo pintan las películas de televisión por cable donde aparecen pícaras lesbianas que comparten juguetes fálicos con el jardinero. Un paréntesis: ¿no opinan que más que porno parecen comerciales de vibradores del canal de televentas? Pero volviendo a la realidad, lo cierto es que a la mujer común (y que no está en un viaje de ácidos) nunca le ocurre que una desconocida le chupe las tetas en un bar y esto la haga tener una revelación cósmica. Detrás del tardío atisbo de destape sexual que hoy vivimos en Colombia, de todo el glamour, el morbo y la moda de los deslices lésbicos, hay un tema universal de búsqueda de identidad y de llano y cursi amor, algo que no tiene mucho que ver con la imagen fácil del bisexualismo que nos venden junto con los vibradores.

La inclinación sexual no se define por accidente o por la chocolocura de un instante. Es duro ser homosexual o bisexual en el mundo en que vivimos y sería tonto pensar que tiene que ver con algo repentino y sexy que se decide hacer en una noche de arrechera incontrolable.

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