Hace mucho salí con un guitarrista al que le decían Amiba, por chiquito. Y sí que era chiquito, sobre todo por la inmadurez con que asumía su cuerpo. La primera vez que nos acostamos quería obligarme a apagar la luz. Como yo me imaginé cuál era el problema, le dije en tono de chiste: ““pero dejemos la cortina abierta, que yo creo que tu pipí se puede ver mejor a la luz natural“”. El chistecito me costó una pelea interminable y cuando manejó de regreso a mi casa aceleraba como si toda su hombría dependiera de cuántos carros lograra adelantar.

Ver semejante cliché despertó mi feminismo, y me puse a pensar en una de muchas ironías de la relación entre los sexos: las mujeres con senos pequeños se acostumbran desde temprano a que les digan ““pecho e’tabla“” y más tarde casi ninguna se traumatiza si su amante fantasea con los atributos de Carmen Electra. En cambio, los hombres con un pene pequeño se sienten amenazados si tienen que orinar cerca de un tipo grande o cuando se cambian para los partidos de fútbol eligen una camiseta larga y procuran no quitársela hasta que ya tienen puesta la pantaloneta. Tal vez si desde la adolescencia les dijeran ‘dos narices’ terminarían por curtirse, y al final podrían reírse de sí mismos. Si Amiba hubiera respondido a mi chiste de la cortina con cualquier comentario medianamente sagaz como ““ese chistecito te va a costar un blow job... Pero espérate busco las pinzas“”, yo me hubiera muerto de la risa y le habría hecho todo lo que quisiera. No hay nada más sexy que un hombre con sentido del humor.

Este es el momento en que debería explicarles que el tamaño del pene no es importante y que las mujeres somos demasiado sofisticadas como para excitarnos solo porque un tipo lo tiene bien grande. Pero eso no es cierto, y este no es uno de esos escritos de sana sexualidad de las revistas suplementarias de periódicos que siempre concluyen que al final de cuentas, al hacer el amor nada importa si hay respeto, comprensión y toda clase de buenos sentimientos. Por crueles casualidades de la naturaleza, los hombres bien dotados tienen una ventaja en la cama sobre las amibas que tienen un chito que se sale a cada rato. Sí, Amibita, yo sé que después de que tus amigos lean esto, considerarás que lo mejor es irte del país, pero esa no es la solución.
A pesar de lo excitante que puede resultar un pene grande y de los problemas técnicos que tienen que enfrentar los hombres que no lo tienen, hay algo mucho más importante. Sé que con esto corro el riesgo de contradecirme y parecer una de esas sexólogas que hablan en radio sobre los beneficios espirituales de la sexualidad amorosa, pero en últimas las benditas sexólogas y las revistuchas de periódico mal diagramadas tienen razón en algo: en el sexo los sentimientos pueden llegar a ser más poderosos que la mecánica del acto. Si ustedes son como Amiba, no fantaseen con ser un tigre que pone moradas a mujeres que, adoloridas, piden clemencia. Eso es subestimar la sensualidad que puede haber detrás del enternecimiento. Mi prima Mariana me contó que ella se derrite cada vez que ve desnudo a su esposo, quien, según ella, lo tiene chiquitico. ““¿Sí sabes lo que uno siente cuando ve un San Bernardo bebé? Es que no puedo resistirme y me dan ganas de espichurrarlo y darle besitos. ¡Es divino!“”

Si esta fuera una fábula la moraleja sería: ““Si tienes un pito pequeño sé grande tú“”. Si fuera un tratado de estrategia de batalla la máxima sería: ““Úsalo a tu favor: conmuévelas“”.

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