Mi ego de hembra en celo estaba infladísimo después de acostarme con el negro Aurelio en Providencia y llegar a publicar toda la faena para irritación de mi racista ex novio. Me sentía irresistible y despiadada. No podía dejar pasar la racha de suerte sexual así que llamé a mi amiga Clara y le dije que nos fuéramos de cacería. Ella conocía a un barman de In Vitro, así que allá llegamos. No pasó mucho tiempo desde que nos sentamos en la barra cuando se me acercó otro de esos periodistas que tienen en la memoria del computador unas tres 'novelas inéditas', que en lenguaje común son tres novelas rechazadas por todas las editoriales. No era lo que esperaba. El tipo, además de feo, viejo y casado, era de esos cretinos que creen que porque escribo de sexo soy una enferma que no se le niega a nadie.
-Hoooola. Anaïs Nin, ¿dónde dejaste a Henry Miller?, dijo alargando las sílabas y gritando como para que todo el mundo lo oyera llamándome por mi seudónimo (que por cierto, no tiene ningún 'Nin'). ¿No te parece que este sitio es surreal?
-Mmmm. nop, sí sabes que no me llamo así, ¿cierto?
-Pero cómo me vas a decir que no es surreal -y señaló el enorme ventanal que le da nombre al bar-. Fíjate bien, estamos inmersos en una pecera pero somos seres humanos, es como si fuéramos axolotles.
Patético, pensé, ahora interesada en las joyas que me iba a proporcionar para la siguiente columna.
-Ah, claro -le dije picándole un ojo a Clara-, nunca había pensado que Cortázar pudiera ser taaaaaaaaannn útil como metáfora urbana, "o como cliché de conquista" -le susurré a ella.
-¡Tú también lees a Cortázar! ¡Qué
encuentro tan surreal!
-Sí, es tan surreal que parece teatro del absurdo, con personajes absurdos y todo. -Intervino Clara, que es editora, y se irritó con tanta referencia literaria barata. Tuve que pararme de la barra e ir a reír a la parte de atrás del lugar. Cuando pude recuperarme y volver, el personaje absurdo, que nunca se dio por aludido, estaba ahora en mi asiento y le escupía "surreales" a Clara:
-¿Alguna vez te han dicho que pareces una princesa Elfa?
-Sí, claro, me lo dicen todo el tiempo -gruñó ella.
-Qué surreal este encuentro, nunca había visto una princesa Elfa -el tono coqueto que usó para acentuar esta última parte de la frase arruinó la noche de conquista, pues Clara estuvo a punto de escupirle parte del martini en el blazer de pana-. Pero si tú eres un Elfo, ¿qué personaje de Tolkien crees que soy yo?
-¡Un Troll! -tuve que intervenir gritando. Era insostenible continuar aguantando semejante farsa y Clara y yo nos fuimos del lugar. Según concluimos de camino a casa, después de los 17 años no hay nada menos sexy para una mujer que un seudointelectual pretencioso, a pesar de que a los 15 no haya nada que se le compare-. ¿Qué pasa con los hombres queridos y sencillos de esta ciudad? -gritaba Clara, con una mueca de desespero.
Esa noche dormí sola. Me sentí estúpida de creer que iba a conocer a alguien deseable tan fácil, y pensé en Aurelio. Yo lo había despreciado por ignorante e ingenuo. Al final me sentí tan clasista como mi ex novio César, y tan esnob como el axolotle. Me pareció que Aurelio con su inocencia de galán de provincia era un artista. Yo leería una novela inédita suya. Yo tendría un hijito morenito y con una sonrisa como la de él.
Continuará.

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