Mi amigo Lucas me tiene ganas desde hace un tiempo, pero desde que superó la adolescencia es de esos hombres que no están interesados en volverse el "noviecito" de nadie. Se contorsiona del horror de pensar en hacer visita por teléfono, ir a reuniones familiares, acompañar a una mujer a comprar tratamientos para el pelo o llamarla los lunes para escuchar su indignación con alguna secretaria abusiva. Desprecia profundamente a aquellos amigos que posponen planes de hombres por estar con la novia, o a esos que se atreven a llevarla como un pegote al partido de fútbol del domingo.
Él me lo ha hecho saber. No se atreve a decirme que quiere que me acueste con él cada vez que le convenga y que le prometa que no le voy a hacer ningún reclamo, pero siempre está hablando de que esa sería una relación ideal. Sé que a veces Lucas se siente mal de romperles el corazón a las niñitas con las que sale, y sueña con conocer a una mujer que lo vea como un objeto sexual, que lo use como él las usa. Eso no lo ofendería en absoluto. Al contrario, se sentiría como un tigre, realizado como hombre.
Él me gusta mucho. No dice mentiras, es leal con sus amigos, siempre tiene comentarios agradables y se burla de sí mismo. Es capaz de hablar de temas frívolos, pero también de discutir sobre la falta de sentido de la existencia y compartimos el mismo gusto cinematográfico. El problema es que yo nunca podría ser amante de Lucas. O por lo menos no es una situación en la que desearía verme envuelta. Me muero del susto de enamorarme y empezar a necesitar que se comprometa conmigo de una forma en que nunca lo va a hacer, y por eso he tenido que aguantarme las ganas de darle un beso en más de una oportunidad.
El equilibrio entre la libertad individual y las relaciones afectivas es un dilema que cada pareja resuelve de formas diferentes, y en eso la posición antinoviazgo de Lucas es tan válida como la que glorifica el matrimonio y el compromiso a largo plazo. Pero hay un punto en el que Lucas y muchos hombres se equivocan. Se trata del mito de la mujer perfecta que odie el compromiso tanto como ellos, y que solo esté interesada en el sexo. Tendría que ser una mujer exitosa en su trabajo para poder ser tan independiente y muy atractiva físicamente para tener tanta seguridad. Piénselo bien: ¿por qué una mujer así querría acostarse o tener una relación liberada con ustedes?
Esta mujer imaginaria solo se fijaría en el atractivo físico de los hombres y, por lo tanto, los preferiría, de entrada, mucho más jóvenes. Lo suficientemente jóvenes para seguir teniendo el abdomen plano y marcado, y todo el pelo sobre la cabeza. Cuando se trata de sexo sin ataduras, el hecho de que un hombre sea leal, inteligente, amable y compatible en los gustos, es secundario. Mírense al espejo: ¿creen honestamente que ustedes tienen material para convertirse en objeto sexual?
Como muchas mujeres, yo no creo de entrada que una relación solo valga la pena si involucra mil compromisos y la compra de productos de belleza en compañía, pero para alegría de muchos calvitos como Lucas, estoy en un momento de mi vida en que busco mucho más que sexo en un hombre. Para una mujer joven y medianamente atractiva el sexo es muy fácil de conseguir. La oferta de hombres listos para satisfacernos en ese campo es tan elevada que no estamos dispuestas a pagar un precio muy alto y podemos ser selectivas en las cualidades adicionales que nos ofrece determinado ejemplar.
Claro que me deleito con la belleza masculina, pero a la larga les doy más importancia a las cualidades intelectuales y al carácter que a la figura de un hombre. En eso soy más complicada que Lucas. Cuando me pongo tan romántica como para creer que existe algo así como mi "hombre ideal" pienso en un novio, un amigo, un buen padre, o un compañero de vejez y no en un amante voraz. Supongo, en cambio, que esas mujeres descomplicadas que existen en la imaginación de tantos hombres prefieren unos modelitos de Calvin Klein, que lloran si les insinúan que están gordos y opinan que Independence day es una película fantástica.

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