Aceptar escribir una columna sobre sexo no es tarea fácil. Y aunque el tema no implica necesariamente que yo sea un polvazo, sí me sugiere que debo acudir a todas mis competencias para comunicarme con los que aquí me leerán.
Siempre he sido una mujer cruda y práctica, y ahora a mis treintaiún años, en la cumbre de mi belleza, arrechera e independencia, conozco muy bien la diferencia entre amar y hacer lo que los gringos llaman sexual intercourse. Por eso, al pensar en lo que debo lograr entre líneas, me gustaría que las situaciones pesaran más que el acto sexual como tal. Para ilustrarlo, recapitulo aquí mis cosquilleos y comportamiento sexual durante los últimos días.

La despedida
Por distintas razones, decido embarcarme en el viaje absurdo a un reality que me tendría incomunicada por un buen par de meses. Por lo tanto, antes de partir, a sabiendas de que la incomunicación también significa celibato, visito al último ex novio que me ha hecho perder tanto la cabeza como la dignidad, segura de que este viaje me ayudará a dejarlo para siempre. Entre abrazos, blow jobs y lagrimeos discretos, y bajo miradas intercaladas, ignoramos que cuando nos vemos y no estamos tirando nos hacemos mucho daño y damos así paso a un olvidable adiós.

El reality
Con la maravillosa capacidad que tengo de cambiar radicalmente mi realidad, dejo a mi novio atrás y doce horas más tarde me encuentro morboseando magistralmente al camarógrafo mudo que subía, bajaba y brotaba por todas las varillas y de todas las paredes. Y aunque las normas impedían que le hablara o que por lo menos le preguntara el nombre, en el corto plazo descubro una sensación deliciosa, porque las fantasías y la mojada de calzón son definitivamente más chéveres cuando ocurren a deshoras.
Por ejemplo, yo picaba cebolla para el calentado del desayuno, participando de una conversación cualquiera con alguno de mis compañeros, y cuando la cámara aparecía -o mejor, el cámara-, aunque no levantara la mirada, mi cuerpo sí alzaba la guardia y simultáneamente participaba yo en la conversación, mi diálogo con el cuchillo y la tabla para picar era totalmente distinto: "Tócame, rózame y te boto al piso con cámara, sonidista y cuchillo afilado en mano". Pues lo que hay por fuera no tiene nada que ver con lo que hay adentro, pero la línea es frágil, y el placer de la imaginación y de la propia enfermedad y el propio deseo son enormes.

Devuelta en la ciudad
Tras varias semanas de marcar una equis en el calendario de la abstinencia, regreso a mi realidad enamorada de la idea de los hombres; completamente sensibilizada e inundada por la bondad que la experiencia reciente me dejó. De repente, el contacto con la naturaleza, la solidaridad, las virtudes que el trabajo creativo y decente otorgan, me descontaminan del usufructo físico del macho y me enfrentan a una situación bizarra y, sin duda, poco urbana, en la que reconozco al genérico del hombre como a mis mejores amigos: amables, queridos, bonitos, padres de familia, para cuidarlo a uno, siendo uno princesa, etc. Salgo del reality dentro de una burbuja épica que, juro, quisiera que durara para siempre.
Y si en un párrafo iba a violar a alguien y en el siguiente decido buscar marido, los ruidos del cochino asfalto y la vida propia me recuerdan que soy libre.

Semana uno en Bogotá
Asisto a una comida con gente que conozco que no me movería la aguja en absoluto, pero como siempre le pasa a uno, una cosa lleva a la otra y aparece un man que nunca había visto antes. Sin duda, el tipo cumplía con todos los atributos que le dieron el alcohol y las drogas, y yo, en medio de mi pepera, termino despidiéndolo a las 10 de la mañana del día siguiente con un beso en la frente y la promesa silenciosa de no volverlo a ver, aplicando la clásica dinámica de "no me llames, yo te llamo".

Semana dos en Bogotá
Salgo por ahí, camino, voy de bares entre el insuperable afecto de los que me adoran, bebo lo que aparezca, me aburro, me abro del parche, sigo de bares, y termino en la cama de alguien que ya conocía. Pero con la diferencia de que 'alguien' me cae muy bien y que de verdad me gusta, que me parece perfecto, y entonces uno no sabe si gritar y morder pezones como una demente o más bien abrazar ese cuerpecito caliente tan divino para siempre y pedir que me llamen alguna vez para hacer algo como ir a cine.

Semana tres en Bogotá
Está empezando.

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