Añoro los días de colegio en que podía tener orgasmos en plena clase de sociales con solo apretar las piernas y pensar en Guillermo Capetillo, el galán que acompañaba a Victoria Ruffo en La fiera. Hoy en día, terminaría vomitando si Capetillo me dijera con su acento mejicano y lágrima cristalizada: "Mírame a los ojos y dime que no me amas, y entonces me iré..." Es que de un tiempo para acá los catalizadores de mi excitación sexual se han vuelto demasiado complejos y curiosos, mientras que los que me bajan la nota son cada vez más numerosos.

Antes era suficiente con un beso prolongado y unas caricias para que sintiera el deseo que quema en la barriga, pero ahora es toda una combinación de miles de variables que no tengo bien identificadas. Los tontos hermosos o los intelectuales sin sentido del humor ya no me hacen ni cosquillas, cuando durante años fueron mi plato predilecto. Tengo que estar con un hombre que me parezca inteligente, culto, buen mozo, graciosísimo... pero que no vaya a cometer un error gramatical, o a ponerme el apodo cariñoso indebido, o a hablar a favor de la guerra en Irak, porque entonces toda la química se acaba. Necesito que sea tierno y capaz de expresar sus sentimientos, pero también que me diga las cochinadas más burdas cuando sea el momento oportuno. De lo contrario, termino burlándome de su candidez con mis amigas. Sí, es cierto. ¿Quién entiende a las mujeres? Somos como el personaje de esa canción de Serú Girán al que le dan pan y quiere sal, le dan Dios y quiere más. En eso los hombres son mucho menos quisquillosos: un buen par de tetas casi siempre es capaz de ponerlos en disposición para el sexo.

No obstante, el cambio que vengo experimentando desde esos tiempos en que suspiraba con Capetillo hasta mi actual inconformismo, tiene un lado positivo, y es que también he empezado a encontrar placer en lo que antes me parecía censurable o peligroso. Por ejemplo, hace poco experimenté con el exhibicionismo y ese miedo de ser pillada in fraganti en un lugar público y fue completamente delirante. Ahora también aderezo el acto sexual con pequeñas dosis de masoquismo, es decir que no paro cuando algo me duele, sino que trato de canalizarlo de una forma que aumenta la excitación. Ha resultado bastante agradable. Además, me empecé a dar cuenta de que ahora me enloquecen los hombres heterosexuales pero un poco amanerados, sobre todo esos que se emocionan y gritan como niñas cuando ponen una canción de Shakira.

Pero estos descubrimientos sexuales tan deliciosos me llevan al mismo dilema que enfrenta una persona que estudia apreciación musical y se vuelve crítica. Como quien dice, soy más conocedora, y por lo tanto llego a disfrutar a un nivel mucho más profundo sinfonías que son duras de roer para los principiantes, pero el lío es que no puedo vibrar de emoción con cualquier cancioncita pegachenta. Dicen que cuando la gente crece pierde la capacidad de asombro de la infancia. Pero eso sucede porque uno le coge miedo a lo desconocido y se conforma con un mundo pequeño y monótono. Por eso yo creo que lo mejor para superar el dilema es enfrentar ese miedo y seguir explorando todas las aberraciones que nos dicta nuestra imaginación.

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