Hace muchos años leí una biografía del Marqués de Sade escrita por un francés. El autor, que parecía un señor muy serio, se extendía largamente en las cartas de Sade donde hablaba de cómo ataba a las mujeres aterradas y les ponía cera de vela en la espalda, con la ayuda de un sirviente fiel.

Las mujeres salían aterradas de la mansión de Sade, y a lo mejor algunas contaron la historia de cómo sobrevivieron a semejantes torturas. A mí me ponía calientísima leer lo que hacía el marqués. Mientras que todos decían que Sade era un maníaco yo lo encontraba carismático e incomprendido.

Esa fue mi ceremonia de inicio en el sadomasoquismo. Mi primera relación sadomaso fue con un novio de esa época. El tipo estaba chalado, todo hay que decirlo, y comenzó cascándome a puños con algo semejante a la desesperación. Al día siguiente estaba tan adolorida que no pude salir de mi casa en todo el día.

Fue parecido de doloroso a perder la virginidad, pero si por doloroso me hubiera quedado en aquella primera relación sexual, seguro me habría perdido de muchas cosas, así que decidí probar de nuevo.

El segundo novio era, si cabe, más loco que el primero. Sin embargo, comenzamos los dos a experimentar despacio. Primero, nada de disfraces ni látigos, ni tacones puntilla. Simplemente usamos las manos.

Tirábamos ahogándonos, él me ponía las manos alrededor del cuello y apretaba y venirme con la sensación de que me perdía en una nebulosa fue de los momentos más fascinantes de mi vida. Nos mordíamos los pezones, nos dábamos nalgadas y bofetadas, algunas de ellas con la rabia que habíamos guardado de una pelea anterior y cada vez que peleábamos, la reconciliación era lo mejor. Nos comíamos a mordiscos, nos dejábamos rasguños, una delicia total.

Los orgasmos siempre fueron más puros, más crudos, si terminaba con un moradito o dos en el cuerpo, o un raspón en la rodilla por ponerme en cuatro sobre el tapete de su sala.

El experimento siguió. Nos amarrábamos con correas, nos tapábamos los ojos, y mientras que uno manejaba, el otro iba vendado por la ciudad, pajeando al chofer, mientras este lo llevaba por laberintos a velocidades escandalosas.

Una noche llegué a su casa vestida con un corsé de cuero, un abrigo de piel de morsa y unas botas que me llegaban arriba de las rodillas. Nos tomamos una botella de whisky y nos fumamos un paquete de cigarrillos y luego terminamos golpeándonos y jalándonos el pelo y mordiéndonos los labios y siempre fue delicioso.

Pero todo lo bueno dura poco. Terminé con ese novio y comencé a salir con otro. Las primeras veces me quedé quieta, esperando un poquito de salvajismo, pero nada. Se acostaba conmigo como si yo fuera de cristal y le diera miedo romperme. Terminé con él. Vino otro y decidí que debía ser un poquito más agresiva, así que a la primera oportunidad que tuve le mordí los labios. Me los mordió de vuelta. Bien. Seguimos despacito. Le apreté el cuello y me abrió los ojos, pero no dijo nada. Luego le pegué en la cara y me agarró las manos con auténtico pavor. Me preguntó qué carajos estaba haciendo. Que por qué le pegaba, que yo estaba loca. Yo traté de hablarle de sadomasoquismo, de dominación, de juegos sexuales, pero el tipo no estaba en eso. No lo excitaba. No le interesaba.

Todo eso es mentira. Yo no creo que no le interese o no lo excite. No creo que haya alguien que no se fascine dando golpes o recibiéndolos. Yo creo que a todos nos gusta el sadomaso, lo que pasa es que algunos son tan mojigatos como las novias del Marqués. Otros sienten que están faltando a los modales. Que el sexo es una manifestación de amor entre dos (qué cosa tan ridícula, cuando el sexo es una manifestación de algo: de cariño, de placer, de atracción, de rabia, pero no solo de amor). Pero en fin, ellos se lo pierden. Yo ya descubrí lo que era el sadomasoquismo. El placer que da. Ellos, que no lo saben, se lo pierden. Y de ahora en adelante, solo novios que se dejen pegar. Que les guste que me vista de cuero y los espose. Que se parezcan en sus modales al Marqués.

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