La sodomía es un tema que ronda las mentes de todos los hombres (y de muchas mujeres, no se engañen). No hay que ser ni gay ni aberrado para que el tema esté por ahí dando vueltas en la cabeza. Huy, ¡qué vulgaridad! Eso es lo primero que van a pensar muchas de las mujeres y algunos de los hombres que leen esta columna. Ellas, por mojigatas o por desinformadas. Ellos, por solapados o por homofóbicos. Lo cierto, queridas lectoras y lectores, es que por esa vulgaridad, por esa osadía de llamar a las cosas por su nombre, es que yo no tengo que soportar la infidelidad de mi pareja cuando quiere hacer algo que se sale de la normalidad, como el sexo anal.
Muchos creen que el sexo anal está diseñado para las putas y que, en cambio, hacerlo con la pareja estable -con la mujer que uno lleva a la casa de la mamá y con la que quiere casarse- es lo más deplorable del mundo. Siento tener que mostrarles lo equivocados que están. El sexo anal es la última de una serie de propuestas que sólo deben hacérsele a una mujer con la que se tiene un alto nivel de intimidad. Me explico: el sexo anal no es tan chévere con una desconocida, porque no implica el mismo grado de "entrega" que sí implica con alguien que, además de estar haciendo una excepción por usted, le está demostrando que es en serio eso de "te pertenezco". Que le dé el culo una vieja que ya casi ni dolor siente de tanto darlo, no es igual de excitante como llegar a convencer a una mujer que al aceptar está revisando sus convicciones y rompiendo tabúes para dar un paso adelante en su vida sexual.
Aquí viene entonces el verdadero dilema: cómo hacer para que acepte. Primero que todo habría que empezar por aleccionar a las mujeres recatadas que creen que la propuesta es un insulto. Abran los ojos: es un elogio, un gran elogio que sus hombres estén desesperados por tenerlas de todas las formas posibles. Es un honor que uno excite tanto a un hombre, que quiera agotar todos sus recursos para darse y darles placer. Segundo, habría que hacerles ver a los hombres que el culo no es un derecho natural sino un derecho adquirido que no se consigue a través de argumentos o presiones, sino a través de mera arrechera. Las mujeres solo aceptamos darlo cuando realmente estamos muy cachondas, como dirían los españoles. Seguro que si nos plantean el tema un domingo mientras ven el clásico argentino nos vamos a sentir presionadas y hasta los tildaremos de pervertidores. Esas cosas se proponen en la marcha, al momento, cuando solo se puede decir sí o no, sin discutir nada. Y nunca, jamás de los jamases, pueden permitir que uno sienta que es un requisito para que ustedes estén satisfechos, ni tampoco asumir actitud de resentimiento en caso de que digamos que no.
Eso por un lado. Pero hay otro par de dilemas por solucionar luego de convencernos. El primero tiene que ver con nuestra seguridad, con nuestra autoestima. Ninguna mujer que medio prevea la posibilidad de que ustedes salgan a contar después lo que hicieron, va a aceptar. Si no hay plena seguridad de que la cosa no va a salir de los dos, no hay ni riesgo. En este punto también cabe confesarles otra de nuestras inseguridades (ojo, que aquí viene un gran confesión): muchas veces no damos el chiquito por miedo a que después nuestra reina quede relegada, puesta a un lado, demeritada. Lo que uno descubre después de hacerlo es que no hay la más mínima posibilidad de desbancar a la reina, no solo por su generosidad y flexibilidad, sino porque guarda las claves de nuestro placer, que a la larga es el de ellos también. El único novio que me ha convencido de dárselo por detrás me decía que en realidad el añadido de placer que tiene el sexo anal no es tanto físico como mental y eso fue lo que llevó a mi reina a ceder en su contrato de exclusividad.
Y, por último, el tercer dilema, que nos compete a nosotras, sobre todo: entender que darlo una vez no quiere decir tener que darlo siempre y hacerles entender a los hombres que no es que sea cosa de todos los días. No, señores. El sexo anal es excitante por su rareza, por la dificultad de su consecución y por lo extraordinario que es. Si quieren convertirlo en cosa de todos los días, ahí sí búsquense una puta. Y el que haya entendido la lección, manos a la obra. Las buenas mujeres también lo damos. Solo que cuesta más.

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