El otro día estaba sentada en un bar comiendo y tomando martinis con una amiga. Hablábamos de política, de cine, de ropa. Y ocurrió —como siempre pasa en este país— que se nos acercó un tipo a hablarnos. ¿Por qué será que los tipos siempre asumen que dos mujeres solas tomando trago están de levante? Bueno, no siempre. También asumen a veces que son gays, pero nunca se les ocurre dejarlas tranquilas, sino que deciden probar suerte y ver si encajan en la primera opción.

Hay que aclarar que no estábamos de levante y, por supuesto, tampoco éramos gays. El caso es que se nos acercó un tipo flaco y alto, de pelo negro y vestido de paño, de unos cincuenta y algo, con cara de idiota y sin elegancia. Preguntó si éramos extranjeras. Ese fue su primer error. Luego preguntó si hablábamos de hombres. Ese fue su segundo error. Cuando estábamos a punto de mandarlo al carajo, el señor (que con seguridad está leyendo esta columna), decidió sacar su última carta y decirnos que era uno de los hombres más millonarios de este país. Su comentario fue tan, pero tan idiota, que decidimos dejarlo para que nos entretuviera un rato, como si fuera un payaso de circo.

El hombre decidió entonces contarnos su vida. Casado, demasiado felizmente para su gusto, con dos hijos perfectos, casas de veraneo y carro con chofer. Nos confesó que había tenido varias amantes, una de ellas una mujer mucho más joven que él. Y luego nos dijo el que sin duda era su secreto más profundo: esta amante le había metido el dedo por detrás. Usó esa expresión: "por detrás". En lugar de decir el ano, el culo, el trasero, dijo "por detrás". Mi amiga y yo nos reímos, porque es un secreto a voces que él no es el único al que le meten el dedo y, por supuesto, que no es el primero que lo disfruta.

El tipo nos contó que pensaba al comienzo que era gay. Como lo gozaba tanto, creía que estaba descubriendo un lado homosexual que no sabía que existía. Pero luego se dio cuenta de que no quería el dedo de un hombre (ni otra cosa, para el caso), sino el sutil dedo de una mujer de tetas grandes y culo firme, como era su amante.

Yo no soy psiquiatra ni nada por el estilo, pero creo que todos tenemos un pequeño lado homosexual. En realidad creo que el hombre es por naturaleza bisexual y que la monogamia es algo impuesto por las reglas de la moral, porque también va contra el instinto del hombre (o el de la mujer), pero esa es una teoría aparte.

El asunto del dedo no solo les gusta a los hombres, sino a las mujeres. No conozco la primera mujer que no lo acepte. Al tipo le pueden decir que no, que eso no, que por el otro lado, que se quede quieto, pero secretamente a todas nos encanta que nos metan el dedo también "por detrás". Y eso no nos hace menos mujeres. Al contrario. Si nos gusta chuparlo y nos gusta que nos lo metan, ¿por qué no nos va a gustar experimentar por un lado distinto? Se siente diferente, pero tal vez ese sea el único punto en el que tanto hombres como mujeres sienten lo mismo, sexualmente hablando.

Con los tipos no es distinto. A todos les gusta que les metan el dedo, a todos. Pero ninguno lo acepta. Por supuesto no lo aceptan frente a otros hombres, ni más faltaba, no vaya a ser que les digan maricones, pero muy pocos son capaces de decirle a una mujer que acaban de conocer que les fascina que les metan el dedo. Tiene que haber cierto grado de intimidad.

Eso me hizo pensar que este tipo, o estaba muy preocupado o tenía muchos cojones para contarnos qué lo excitaba de su amante, y como es casi seguro que no tenía cojones, concluí que buscaba un par de personas que lo tranquilizaran y le dijeran que ellas hacían lo mismo con sus novios. Lo hicimos. Le dijimos que siempre les metíamos el dedo a nuestros novios, que ellos lo exigían, que les daba placer, que era perfectamente normal.

Después de invitarnos a un par de tragos más -en agradecimiento, supongo- y de proponernos que hiciéramos con él lo que nos diera la gana, el tipo se fue solo, borracho y contento.

Gracias a dos extrañas descubrió que no solo no era gay sino que había cometido tal vez el acto más varonil de su vida: había descubierto, a sus cincuenta y tantos, el secreto mejor guardado entre los hombres.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.