Se les nota demasiado el hambre. Lo he visto con mis propios ojos. Escogí a Woody Allen para bautizar el síndrome. Unos lo hacen con nadadito de perro como él y otros lo hacen de frente. Lo cierto es que ambos padecen del mismo síntoma: creen que pueden comerse todo lo que está a su alrededor. Algunos lo refutarán y dirán que Woody Allen es todo lo contrario a un seductor, pero yo me mantengo en que muchos hombres se escoltan en esa falsa inseguridad que maneja Allen para comer sin ningún tipo de orden ni rigor. Los personajes que él interpreta en sus películas se llevan siempre las presas más apetecidas, caen en sus brazos en cuestión de tres diálogos. Pablo Picasso también tenía una obsesión similar por las mujeres. Estaba con una y con otra a la vez y no sabía para dónde mirar si había más de dos viejas interesantes en un restaurante o en una exposición. Yo he visto muchos de estos prototipos. Me ha tocado sufrirlos en carne propia. Y justo cuando ya quiero darles todo lo que tengo, se esfuman, porque están embelesados con un nuevo juguete al que también desechan en semanas.
A simple vista, habla muy bien de un hombre esas ganas de abarcarlo todo, sí. Es lindo ver que se tengan confianza. Me recuerdan a esos leones de Discovery que persiguen muchas gacelas en la mitad de la sabana africana. Pero a veces parecen más bien el niño chiquito que jodió y jodió por un helado de vainilla y al final quiere el de su hermanito, que es de chocolate. Y por estar mirando ese, se le derrite el otro en la mano.
El afán de algunos hombres por comerse todo al tiempo los ha cegado. Se han perdido de esos polvos inolvidables que podrían conseguir con una mujer si no la desecharan después de la primera vez. Lo que se puede conseguir después de más de cinco polvos es casi invaluable, no tiene precio. Para todo lo demás existe MasterCard. Si vieran lo rico que es desflorar capa por capa a una mujer (aunque haya perdido su virginidad hace marras), no saldrían corriendo al minuto, solo porque ella dijo: "Vamos a desayunar juntos o ¿me invitas a dormir?". Nadie les está proponiendo matrimonio ni amarrándolos, ni amándolos, solo por ser un poquito más que pasional a la hora de hacer el amor. Esos hombres se quedan siempre con la entrada. Se pierden del plato fuerte, de los postres, del bajativo. Comen como un perdido cuando aparece. Y si tuvieran más método y terminaran lo que empiezan, serían diez veces mejor polvo de lo que hoy en día son. Creo más en el tipo que se ha comido a unas cinco o seis mujeres bien comidas -en todas las posiciones y situaciones-, que en el que tiene cincuenta mujeres en la lista y se cree un macho.
Una mujer saca todo lo que hay en ella si ustedes le dejan ver que existe cierta confianza, cierta intimidad. Y eso no se logra de una noche a la mañana. Las mujeres o al menos yo -no quisiera hablar por todo mi género porque sé que soy única-, necesitamos varias réplicas para ser y hacer todo eso que no somos en el primer polvo. Después de los one night stands viene lo bueno: las palabras sucias, las manos seguras que van a todas partes del cuerpo, los besos nunca imaginados -muy lejos de la boca- y, si el comensal hace méritos -muchos méritos-, hasta el sexo anal. Por ahí dicen que el que es caballero repite. Yo añadiría además que un caballero no tiene memoria, no hace cuentas y prefiere ganar una guerra completa a muchas batallas sueltas.
Coman variado, pero coman con apetito y disfrutándolo. Ya habrá tiempo para que se enteren de que un hombre puede tener a todas las mujeres en una sola y lograr, además, que sea la más puta de todas las putas en la cama. El problema es que ese tipo de amantes solo se compran con algo a lo que le temen quienes padecen del síndrome de Allen: el amor. Y como dicen los Beatles: Money can't buy me love.

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