Un día tomé la decisión de convertirme en una perra. No de las que cobran, sino en una mujer tan promiscua como cualquier hombre. Mejor aún, una mujer fatal, libre e indómita. Estaba cansada de desilusiones amorosas y me molestaba el papel pasivo que las niñas bien están obligadas a asumir. "Tengo madera", pensé. Mi apetito sexual es saludable y tengo un cuerpo envidiable. Para comprometerme con la resolución se la comenté a mis antiguas compañeras de colegio. Todas andaban al borde de una crisis nerviosa por culpa de diferentes hombres y no me juzgaron.
Ese viernes tenía una fiesta. Compré ropa interior nueva y me vestí para matar. Estuve mirando posibles candidatos para iniciarme en el mundo del sexo sin ataduras, pero ninguno me parecía medianamente atractivo. Después de varios tequilas reparé en los ojos bonitos de un flaco de pelo negro. Tuve que ponerme un freno mental para no caer en la mala maña de imaginarme a mis futuros hijos con esos ojos. Ahora era una perra, tenía que pensar en 'Ojitos' como un objeto sexual.
Me senté a su lado, establecí contacto físico, no hablé mucho. Por primera vez no tenía la estúpida pretensión de interesar a un hombre haciendo comentarios inteligentes. Busqué mil excusas para acercar mi pierna a la suya. Me reí de todo lo que dijo como cualquier tonta y al poco tiempo nos estábamos dando besos. El besuqueo se fue poniendo cada vez más intenso y terminamos en mi casa.
Voló ropa por todos lados. Él no tenía condones, pero yo estaba tomando anticonceptivos y ya estaba muy borracha y excitada para detenerme. Hicimos cosas de las que seguramente hablaré en otra oportunidad y 'Ojitos' entró como un cañonazo a mi top 10 de los mejores polvos. Cuando terminamos estábamos abrazados muy a gusto en la cama. Quería que 'Ojitos' se quedara a pasar la noche, pero entonces recordé la última vez que le había rogado a un tipo que se quedara, para luego sentir la humillación de verlo escabullirse en la oscuridad. Ahora era una perra y lo que dije fue: "¿Quieres que te pida un taxi?".
Al día siguiente me levanté feliz. Llamé a mi amiga Ángela apenas pude. "No te imaginas: anoche me comí a un tipo, no me sé su apellido, no le di mi teléfono y me siento poderosa", le dije. Angelita se rió de las crueles comparaciones anatómicas que hice entre 'Ojitos' y mi último novio, y al final me dijo: "Pues, mientras no te sientas mal, me parece chévere".
La sensación de poder duró exactamente seis horas. Empecé a obsesionarme con la idea de volver a ver a 'Ojitos' y a desear que me buscara. Hice un par de llamadas y logré averiguar su nombre completo. Me imaginaba que él llegaba a la puerta y me invitaba a tomar un café para que nos conociéramos mejor. Revivía las tres frases que habíamos intercambiado y entonces me parecía que había estado con el hombre más dulce y sensible del universo. A los tres días estaba enamorada, o creía que lo estaba. Pero eso tampoco duró mucho.
Estaba viendo un documental sobre África cuando empezó lo peor. "El sida afecta al 80 por ciento de la población y es la principal causa de mortalidad...", decía el narrador del programa. "¿Cómo pude haber sido tan irresponsable para tener relaciones con un desconocido sin condón?", se me ocurrió de pronto. Quería gritar de pavor. No sabía qué hacer. Hice el ademán de pararme para ir inmediatamente al médico, pero recordé que el virus no se puede detectar sino varios meses después. Me arrodillé y le recé a un Dios en el que no creo. Pedí perdón por mis culpas y tomé la firme decisión de convertirme en una santa.
Fueron los peores meses de mi vida. Me sentía tan arrepentida que dejé incluso de masturbarme. Estaba convencida de que me había contagiado y empecé a leer artículos sobre los nuevos tratamientos para enfermos de sida. Un informe de Scientist, que describía al VIH como una enfermedad crónica pero no mortal, me pareció particularmente esperanzador. Volví a leer Angels in America de Tony Kushner, y me convencí con algo de resignación de que había futuro después de la plaga.
Seis meses después me dirigí al laboratorio. Me hicieron firmar un papel donde aceptaba que en caso de estar infectada quedaría constancia en mi historia clínica y en unas estadísticas del ministerio. En un ataque de banalidad, lo único que se me ocurrió mientras esperaba el resultado fue que el asunto terminaría afectando mis posibilidades de conseguir visa para Estados Unidos.
Cuando todo pasó y supe que estaba sana ya no estaba tan segura de mi voto de castidad, pero tampoco quería ser perra. Lo primero que hice fue comprar una caja de condones. A la salida de la tienda un churro me sonrió. Yo, en el acto más atrevido de los últimos meses, le respondí la sonrisa.

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