Un libro de sexo que guardo como bibliografía de consulta para mis columnas cayó una vez en manos equivocadas. ?Huy, qué chimba, Ana, ¿tú puedes hacer todo esto? ¿Por qué no ensayamos la catapulta invertida??, me dijo con los ojos brillantes César, un niñito de 18 años con el que salía a escondidas de mis amigas. Estaba todavía descubriendo los placeres de la carne y creía que yo era el mejor polvo del universo. No podía responderle que no, que a pesar de dedicarme a dar cátedra de sexo y de tratar de ?perdedores? a todos los pobres sujetos que no cumplían con mis expectativas, yo no sabía hacer la catapulta invertida, la catapulta sin invertir ni la carretilla con giro. Le dije que podíamos intentarlo en unos días, pero cuando vi el dibujo supe que mi elasticidad iba a convertir el experimento en una tortura china.

Consulté a mi amiga Juana, que es bailarina, para que me diera unos tips para mejorar mi condición física. Ella conocía a César porque era el hermanito de una amiga en común. Sabía que terminaba todas las frases con un inentendible ?güevón?, y yo no estaba dispuesta a que se burlara de mí. Le dije que mi profesor de tenis me había recomendado que hiciera estiramientos para mejorar la elasticidad. No me creyó, pero resentida por mi falta de sinceridad, me hizo inscribir en una clase de yoga a la que tocaba ir en ayunas a las cinco de la mañana. Durante quince días saludé al sol en posturas extremas. Dejé de comer carne roja, medité y aprendí cánticos budistas que deberían llevarme en alguna vida al Nirvana.

Cuando ya estaba a punto de tocar el suelo con los codos y abrirme en split, le dije a César que ensayáramos la bendita catapulta. Tomé aire, calenté y medité un minuto antes de ponerme en la posición de la página 68. Para mi sorpresa, la maroma resultó más fácil y aburrida de lo que imaginaba. César también debió decepcionarse, porque a los pocos minutos de catapultarme cambió a una clásica posición de misionero. Me quitó un mechón de la cara, y suspiró enternecido mientras me perforaba los ojos con la mirada? Me sentí incómoda, volteé la cara y traté de hacer un chiste que salió flojo? Era el hermanito de mi amiga. ¿Qué hacía poniéndome esa cara amorosa si el mayor atractivo de toda la relación era su ?arrechera? pueril constante?

Mientras clavaba los ojos en el techo recordé la historia de la iluminación de Sidhartha. Y entendí. Resulta que las proezas sexuales más difíciles tienen que ver con inhibiciones mentales y no con falta de elasticidad. Hay varias cosas que solo después de mucho tiempo y trabajo he empezado a aprender. De estas, una de las más deliciosas y complicadas es mirar. Mirar unos ojos, mirar una penetración y gozarnos ese voyerismo, mirar la lengua que lame nuestro seno y mantenerle la mirada al que lame cuando busca la nuestra. Mirar pornografía en pareja y de pronto mirar al compañero o compañera y darle a entender que eso es lo que queremos. Otra prueba bien difícil es oler. Pero no la loción sino ese olor a semen que puede llegar a enloquecer. Es excitante, tendrá que ver con nuestros instintos animales. Pero abandonar siglos de civilización es más difícil que la catapulta invertida. También es toda una proeza usar el lenguaje del sexo, pedir algo en particular. Todavía me tiembla la voz para decir cosas como ?hazme cosquillas con la punta de tu pene en el clítoris?. Pero lo más difícil en la cama es expresar los sentimientos más íntimos. El sexo es fácil cuando es casual y ligero, pero se vuelve difícil cuando empezamos a sentirnos vulnerables. No es lo mismo ni tan sencillo reconocer que se está enamorado y proferir un cursi ?te amo? que agregar, al estilo de César: ?No vieja, usted me mueve el piso muy vasto, güevón?.

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