Andrés y yo salimos unas dos o tres veces. Luego de ir al cine, un viernes por la noche, llegamos a su casa, donde nos empezamos a desvestir y a darnos besos y luego nos acostamos y ya estuvo. Digo ya estuvo, porque no pasaron dos minutos tirando antes de que Andrés dijera algo así como: "ups" o "ay" o esas exclamaciones de los niños cuando hacen algo malo.

Yo no quedé ni siquiera iniciada. Quedé aburrida y frustrada y le pregunté si el problema era mío.

Para ser justos con Andrés, reconoció que no, que el problema era suyo, que cuando le gustaba mucho una nena no podía contenerse, entonces le di un consejo. Le pedí que se pajeara antes de ver a la nena que le gustaba y que así cuando se la comiera, ese sería en realidad su segundo polvo y sería sin duda muy bueno.

Quisiera pensar que el experimento funcionó, pero nunca pude comprobarlo porque no volví a salir con Andrés. Después de eso, creo que ya la situación era demasiado incómoda y no me gustaba tanto como para tratar de superarla.

Pero lo cierto es que le dije toda la verdad. A mí me gustan más los segundos polvos que los primeros. Los primeros casi siempre son más apasionados, eso es bonito. Pero al mismo tiempo son más cortos, y para una mujer multiorgásmica (que no todas lo son) es más rico el segundo, porque uno retoma donde dejó la cosa y sigue y sigue y sigue.

El segundo polvo tiene la ventaja del tiempo. Ya nos comimos, ya nos besamos, ya nos quedamos en la cama un rato y ahora sí podemos concentrarnos, fuera de arrancarnos la ropa, en el sexo puro, como instrumento de placer.

Tiene también la ventaja de las posiciones. Como es más largo y más tranquilo, siempre termina uno ensayando posiciones nuevas en un segundo polvo, a veces con manual en mano.

Y lo más importante es que es un polvo conversado. No hay nada más rico que hablar en los polvos. ¿Por qué será que casi todos se quedan callados? ¿Para concentrarse en no venirse? Bueno, el segundo polvo no tiene ese problema, entonces uno charla, no solo "métemelo así" o "siéntate aquí", sino que es capaz de decir frases más elaboradas, como "me gusta mucho cuando estás sentada encima porque puedo ver tus tetas" o "qué delicia que esté lloviendo y no tengamos que salir".

Pero así como me gustan los segundos polvos, me molestan los terceros. Bueno, hay machotes que quieren probar que pueden tres, cuatro o cinco por noche, pero eso ya es gula. Los terceros polvos, y de ahí en adelante, son generalmente demasiado largos, aburridos, dolorosos y, sobre todo, interrumpen un merecido descanso.

¿Por qué a veces resulta uno sometiéndose a eso? Por mil cosas. Porque uno es fácil de convencer, porque uno cree que puede venirse una o dos veces más, porque esa carita de "por favor" es irresistible… pero lo cierto es que casi nunca es una buena idea.

Yo no pienso que el tipo es más macho por querer comerme cuatro veces en una noche, tampoco pienso que es una fábrica de Viagra. Pienso en que el pobre no se acuesta con mucha frecuencia y quiere calmar fiebre, como adolescente. Y yo, bueno, creo que en cuanto al sexo, nunca voy a calmar fiebre, pero por lo menos sí sé cuándo estoy satisfecha.

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