Leí en el periódico este estudio que dice que la penetración debe durar entre 7 y 13 minutos para que sea placentera. Por supuesto que eso es sin contar el calentamiento. Yo me pregunto, según los doctores Eric Corty y Jenay Guardiani, ¿cuánto debe durar el calentamiento para que sea placentero? ¿Otros siete minutos? ¿De siete a diez? ¿Quince?

No entiendo esa manía que tienen los médicos desocupados de estar midiendo a todo el mundo con el mismo rasero. ¿Por qué ahora vienen a decirme cuánto tiempo necesito para sentir placer? ¿Qué carajos saben Eric y Jenay de eso? Seguro fue que se los comieron mal durante toda su vida y ahora están justificando su pereza sexual y su apatía con una cifra que todos van a creer y que ahora todos van a aplicar.

Me parece idiota el asunto este de la medición. Para empezar, yo no mido el tiempo de un polvo. No cronometro nada. Jamás digo: bueno, estoy empezando a tirar a las nueve y cuarenta y dos, vamos a ver a qué horas termino. No pienso, “uff, que no se vaya a pasar de 13 minutos porque, carajo, qué va a decir el doctor Eric”. Uno tiene que ser muy mal polvo para medir el placer por tiempo. Yo me guío más por los latidos de mi corazón, por el sudor, por lo lubricada que esté, por los orgasmos que haya tenido, por el ritmo, a veces lento a veces rápido con que nos movemos, mi pareja y yo.
Casi siempre me vengo por lo menos una vez, y eso es un polvo aceptable (con el tiempo y la experiencia me he vuelto mucho más exigente). En los buenos polvos me vengo dos y tres veces y, créanme, se necesitan más de 13 minutos para que eso pase.
Entiendo que haya gente que se cansa. Trece minutos de ejercicio intenso, de placer enorme, son suficientes para que uno termine agotado, pero la recompensa bien los vale.

Lo que no han entendido estos sexólogos elegantísimos, con sus teorías y sus publicaciones, es que el sexo no es sólo un mete y saca. Es mucho más. Es un cambio constante de ritmos, de posiciones, es un diálogo, hay risas, hay silencios… El sexo es imposible de medir, como es imposible de medir un calentamiento o como es imposible de medir el amor.

En esas cosas, cada cuerpo tiene la última palabra, o que lo digan los eyaculadores precoces, para quienes los siete minutos que pregonan los expertos son toda una meta a cumplir. O las mujeres frígidas, que ni con siete, ni con veinte ni con una hora de un polvo logran siquiera sentir placer.
A mí me gusta tirar. Y como me gusta tirar, me gusta hacerlo más de 13 minutos seguidos.

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